Detener el tiempo
El rato estival puede constituirse en un telón de fondo donde captamos postales que nos acompañan toda la vida. En el confluyen infinidad de colores, aromas y sabores, al tiempo que se despliegan, como un abanico, una pléyade de paisajes heterogéneos

“Tarde de verano, tarde de verano; para mí, esas han sido siempre las palabras más bellas de la lengua inglesa”, escribió Henry James. Para muchos, el verano es sinónimo de vacaciones. El margen de descanso que se introduce como una bisagra en el calendario. Una suerte de mudanza y oxigenación con la que buscamos renovarnos, marginarnos de una rutina y exiliarnos, aunque sea por pocos días, hacia otro escenario, idealmente desprovistos de la vorágine, el ritmo y la cadencia en la que solemos estar insertos el resto del año. El verano, decía Benedetti, “no es tiempo de fragor, sino de verde tregua”.
El estío también comprende una ralentización del paso, un salirse de la carretera que se ha venido transitando para, alzándose sobre una loma contigua al camino, observar lo recorrido con perspectiva. Una ventana desde donde nos preguntamos si estamos destinando nuestras energías hacia los objetivos correctos, o si es necesario introducir ajustes de cara a lo venidero. O, quizás, no es nada de esto, y simplemente comprende un espacio de tiempo en el que nos retiramos para disfrutar sin pensar mucho. Pero es, también, un tiempo para estar en familia, con amigos, para viajar o sencillamente para quedarnos en casa sin hacer mayores planes. El verano asume tantas caras como rostros tienen quienes lo viven.
Pero en él pareciera operar algo especial, una dimensión que emerge precisamente por su naturaleza rupturista. Es posible que parte importante de los recuerdos, imágenes o añoranzas que cobijamos con mayor agradecimiento o regocijo sean momentos vividos en algún verano de nuestras vidas. Por eso, pienso, es una bisagra tan deseada. En él se van depositando, como nenúfares de un pantano, aquellos instantes donde experimentamos dicha, belleza, amor, serenidad, agradecimiento, alegría, risa de infancia y felicidad inocente.
No margino a las demás estaciones de su potencial capacidad para ser baúles y depositarios de remembranza. Cada una, desde su propia fecundidad, guarda su particular encanto y maravilla. Pero el verano goza de esa peculiar capacidad de proveer a la vida de un aire de ligereza y de sosiego, como si en él la existencia se tornara más llevadera y menos aciaga, y el ser de las cosas asumiera su levedad sin tapujos ni vergüenzas.
El rato estival puede constituirse en un telón de fondo donde captamos postales que nos acompañan toda la vida. En el confluyen infinidad de colores, aromas y sabores, al tiempo que se despliegan, como un abanico, una pléyade de paisajes heterogéneos: banquetas y parques callados, rumor de ramas danzantes, de balcones abiertos y noches largas, de niños correteando en la orilla de una playa o de enamorados que contemplan la muerte del sol; el ascenso de una montaña, la inmersión en el mar, la extensión silente de un campo o la renovación que propicia el frío de un lago o el murmullo de un río: en el verano salimos a disfrutar de una naturaleza que nos colma y nos abraza, como si en ella buscáramos fundirnos en un grito cósmico.
Sosiego de cielo diáfano, en el verano el tiempo pareciera tornarse más benigno con nosotros, como si él mismo también descansara de su trabajo. Los días y las noches se extienden con bostezo de manto tendido, y por breves instantes, aunque fugaces, nos hacemos la idea de que sí, acaso puede ser posible el anhelo de Fausto, de que podemos detener el bello instante, de que la fugacidad y fragilidad de nuestras vidas puede redimirse en el abrazo del momento presente: sea leyendo un libro, escuchando música (¡o el propio silencio!), contemplando un paisaje o simplemente reposando bajo la sombra de un árbol ¡Verano, tierra de eternidades absolutas! ¡Cofre de consuelos! A ti habremos de recurrir, de tanto en cuanto, una vez retornada la monotonía, para reconocer todo aquello que provees: refugio y escape, paz y renovación, historia y amor.
A quienes hoy les toca disfrutar de sus frutos ¡no se olviden de vivir! A pesar de que la vida y sus arrugas pueda colmarnos con su caos y su incertidumbre, su abismo y sus injusticias, su dolor y sus desgracias. Pero ante ese desasosiego, que el verano suponga una inyección de pausa y dosis de ocio (que no es lo mismo que entretenimiento); de cultivar el jardín interno y de evitar que se propaguen las dunas que disecan el alma. Un detenerse en la luz del mediodía para volver a los viejos sitios donde amamos la vida.
A veces, basta permitirse el rendirse. Dejar, por un momento, de pretender que podemos controlar la vida y todo lo que en ella acontece, y aceptar que el mundo y su alma bailan su propio tambor. Y que ese es un ritmo que nos sobrepasa. Que el verano sea esto: un salirse del camino, subir la loma y tomar distancia, para intentar, desde allí, aunque fugaz y efímero, ver las cosas con ojos de asombro e inocencia de pies descalzos.
Sólo así, sin saberlo, habremos detenido el tiempo.
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