De playa en playa por la cornisa cantábrica
Arenoso, refrescante y cromático itinerario por la España verde, desde Lugo hasta Gipuzkoa

Conforme arden los termómetros en verano y asciende la temperatura del océano, los 2.434 kilómetros de costa cantábrica se van consolidando como alternativa de ocio estival. Ello sin contar, todo el año, con los largos y mullidos paseos de desintoxicación que ofrecen estos microcosmos ideales con su combinación de colores verdiazules, su humedad yodada y salitrosa, y su dependencia de las mareas bajo un oleaje digno de respeto. La apuesta hostelera está cada año más consolidada.
Hacia la Mariña Lucense
A la vista del cabo de Estaca de Bares arranca la Mariña Lucense con una geografía litoral que se impone. Y de qué manera. En O Vicedo, tras la caminata obligada por la punta de O Fuciño do Porco (en Semana Santa y verano solo se permiten, bajo reserva, 70 personas cada 45 minutos) llega el momento de reposar en la playa de Abrela. No solo por sus pinares y eucaliptos y su sensación de naturaleza preservada y abrigada del viento de suroeste; también por el chiringuito Abrela, regentado por el conocido pescadero de Viveiro José Luis Chaves, Choco. Imprescindible reservar.
Junto a la playa, en Porto do Val, cabe la posibilidad de dormir en la antigua fábrica de salazón que gestiona The Cliffs of Loiba. De reciente apertura son las cabañas Hórreos de Abrela.
Desconocida, en un entorno muy poco urbanizado (pero reconocida con bandera azul), con verde de praderío y blanco de arena fina, y señalada por sus atardeceres, se presenta en Xove la cala de Esteiro. Aquí se celebra cada año el Open Surf de Esteiro, por lo que es habitual ver a los riders departiendo desenfadadamente en el Esteiro Surf Café. Si se quiere dormir escuchando las olas, nada como las burbujas del glamping Luzada Skylight Bubbles.
Una vez en Foz, los nudistas están de enhorabuena con la cala de Área Brava, apodada De los Alemanes, en alusión a los trabajadores germanos de la cercana mina de caolín. El mar Cantábrico en modo alguno resulta traicionero y se disfruta mejor con marea vaciante; rompe una ola exigente, muy valorada por los surfistas, de nombre La Machacona. En un descampado junto a la playa de Areoura comienza la bajada a pie, no sencilla para personas con problemas de movilidad.

Asturias, naturaleza viva
El astur es el litoral español con menor porcentaje de superficie urbanizada, o cultivada, en la franja correspondiente a los primeros 500 metros: apenas un 9%. Que esté declarada monumento natural no obsta para que la playa de Frexulfe (Navia) ostente la bandera azul en un bello escenario de 820 metros de extensión, eucaliptal incluido; bravo y surfero playazo en cuyo chiringuito La Mar de Fondo sirven pescado fresco y desde donde se contemplan atardeceres memorables. Otro de los alicientes de Frexulfe es su cercanía a Puerto de Vega, villa marinera donde abre el acogedor hotel Pleamar, cuyo desayuno se elabora con repostería casera. Una última recomendación: ir andando al filo del acantilado —lleva unos 45 minutos— desde Frexulfe hasta Puerto de Vega.
Donde sin duda habría que colocar un escaparate es en la cala del Silencio (Cudillero), a la que se accede por un circuito de un solo sentido. Tampoco es mala idea bajar a pie desde Castañeras para gozar de este xogarral (caleta de cantos rodados) de aguas lagunales, profundas. La extensa panorámica de la peña Cogolla, trufada de fábulas de corsarios y tesoros, y punto de anidamiento de una colonia de cormoranes moñudos, no deja entrever apenas huella humana, si acaso algunas barracas de pescadores. Cerca se halla el hotel-restaurante El Fornón.
En la zona central de Asturias, después de caminar el cabo Peñas, resulta recomendable relajarse en la trinidad de playas —la de Tenrero, claramente dunar— de Verdicio (Gozón); Aguilera y Aguilerina, separadas por una roca, son foco de peregrinación para los amantes del naturismo, antes de degustar el arroz con pitu de caleya (criado en libertad) de Casa Belarmino.
Erosiones cársticas a cual más fotogénica, colchones arenosos de grano fino y brisa húmeda, y el constante respaldo de los Picos de Europa son sobrados alicientes para justificar el desplazamiento a las playas de Llanes. De este ingente patrimonio paisajístico cabe destacar la playa verde por excelencia en España, Torimbia, monumento natural que conserva una amplísima concha de arena blanca rodeada de verdes escarpaduras. Las dimensiones de este prodigio tiene su explicación: se trata de un predio comunal con el que los vecinos de Niembro se ganaban la vida recolectando ocle, alga nutricia con la que se abonaban campos y encamaban establos; hoy el ocle alimenta la industria cosmética y farmacéutica. En su chiringuito, muy bien camuflado, se siguen preparando paellas de marisco por encargo.
El catálogo de playas llaniscas contiene curiosidades como El Canal de Pría, que parece tallado en la roca por la mano del hombre y de solo 12 metros de anchura. Se llega a pie en 10 minutos desde la localidad de Villanueva de Pría, donde es imposible sustraerse a los quesos ahumados y tres leches que elabora Quesos de Pría muy cerca, en La Pesa de Pría. Los 10 apartamentos rurales Playa del Canal acaban de cumplir 34 años.

Cantabria bien playera
Las playas que sirven de linderos entre municipios, en general distantes de núcleos importantes de población, suelen deparar sorpresas en lo referido a belleza y tranquilidad. Es el caso de la playa de Fuentes, donde se dan la mano, en un marco de naturaleza prístina, Val de San Vicente y San Vicente de la Barquera. En este rincón apartado del parque natural de Oyambre, que en un tris estuvo de alojar una central nuclear, deberemos esperar a que baje la marea si lo que queremos es pisar arena; podemos aprovechar ese tiempo en la punta del Fraile, de acantilados vírgenes muy sugerentes. Aparte de acomodo, la Posada Punta Liñera brinda excelente información de toda la zona. Luego podremos sorprendernos, aprovechando la bajamar, con las erosiones cársticas de la playa de Berellín, en Val de San Vicente.
Cuanto más avanza el cemento a lo largo de los 283 kilómetros de costa cántabra, mayor es el valor medioambiental acumulado en arenales como el de Oyambre, que comparte el casi desconocido pueblo de Valdáliga con San Vicente de la Barquera. Su confín occidental lo cierra el cabo de Gerra, multitudinario por los muchos que desean ser testigos de la caída del sol con un mojito en la mano.
La declaración en 2025 de Costa Quebrada como geoparque mundial de la Unesco anima a conocer dos de sus espectaculares calas, Somocuevas y La Arnía, pertenecientes al municipio de Piélagos. La primera, de tradición nudista y accesible por una escalera de 139 escalones; la segunda, con su línea de cuchillones pétreos, bien visibles desde la cristalera del bar El Cazurro. Bordeando el acantilado 200 metros se puede fotografiar en bajamar la playa de Covachos. Otro momento ¡guau! en el reciente geoparque.
En el oriente de Cantabria optamos por San Julián, playa natural escondida en el pueblo de Liendo, a la sombra del monte Candina, célebre por su colonia de buitres leonados. Muchos bajan a San Julián cargados con los sándwiches del foodtruck Qué Como. Un bar a tener en cuenta es Con V de Liendo.

Con sabor vasco
Los 252 kilómetros de costa vasca ejercen una absorbente fascinación. Estamos ante un destino eminentemente acantilado y, precisamente por ello, no desdibujado por el turismo alienante. Mientras la costa de Gipuzkoa muestra mayor desarrollo turístico por mor de la autopista litoral, la vizcaína conserva la naturaleza de la reserva de la biosfera de Urdaibai. La renuncia en 2025 a la instalación de una sede del Museo Guggenheim en Urdaibai podremos celebrarla en la playa de Laida (Ibarrangelu), arenal situado en la desembocadura de la ría de Oka y en el que desembarcan surfistas empujados por la mundialmente famosa ola izquierda de Mundaka. Si las dunas forman parte del pasado, no se puede decir lo mismo de la terraza y los pintxos de la cafetería Atxarre, famosa también desde hace más de 20 años por su carta de rones. Tres kilómetros nos separan de la playa quizá más bella de Euskadi, Laga, acostada bajo el monte Ogoño y en la que abre el restaurante Toki Alai Laga. Si llueve, no existe mejor estímulo que su chocolate con pan tostado.
Una vez en Gipuzkoa, fuera de temporada, se impone dar un paseo por la playa de Saturrarán (Mutriku) hasta las peñas de Atxeku, que reclaman para sí todas las miradas junto al caserío del conde de Motrico (no es fácil encontrar caseríos vascos tan cerca de la rompiente). Después descenderemos por una escalera al sector nudista situado a mar abierto, recomendable en bajamar. Si no está aparcado el Vasque Truck, siempre tendremos un plan B en la alta cocina del restaurante Piper.
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