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Sociedad
Tribuna

Encapsulados

El debate público oscila con pasmosa regularidad entre la indignación permanente y el agotamiento cívico. Se critica al sistema, pero se teme el vacío que dejaría su colapso. Se demanda orden, pero se sospecha de la autoridad

Un hombre lee un periódico mientras está sentado en un banco de la Plaza de Armas, en Santiago, Chile, el sábado 22 de abril de 2023

En Chile todos hablan de confianza, pero pocos están disponibles a otorgarla. Se la invoca como un bien escaso, como una reliquia republicana extraviada en algún punto entre la transición democrática y la inflación del discurso moral. Sin embargo, el problema no es solo que la confianza esté declinando; es que ha cambiado de forma, de escala y de destinatarios. El reciente informe 2026 del Barómetro de Confianza Edelman, uno de los estudios globales más influyentes sobre legitimidad institucional, ofrece varias claves sugerentes para entender este fenómeno. Su diagnóstico central no habla únicamente de polarización ni de crisis de liderazgo, sino de algo más profundo, un proceso de encapsulamiento social, donde las sociedades contemporáneas no solo están divididas; están replegadas sobre sí mismas, en una especie de insularidad marcada por el aislamiento.

Se trata de un fenómeno conocido. Cuando los sistemas políticos dejan de ofrecer certezas compartidas, los individuos reducen su radio de confianza. Se confía menos en abstracciones, tales como el Estado, el mercado, la política, las instituciones en general, y más en lo inmediato; la familia, los amigos, el entorno laboral cercano. Se trata de una respuesta racional a un entorno percibido como incierto, distante o derechamente hostil, donde se profundizan las brechas de clase y se deteriora el optimismo en el futuro. Chile encaja con inquietante precisión en esta descripción. Durante décadas nos hemos sostenido sobre una promesa tácita, paciencia, aguante, resiliencia a cambio de estabilidad; pero cuando la estabilidad en la vida cotidiana empieza a parecer privilegio de pocos, la confianza deja de operar como un elemento de cohesión social y se transforma en sospecha estructural. No importa quién gobierne; la desconfianza ya es sistémica.

En la actualidad vemos una erosión sostenida a nivel global de la confianza en las autoridades tradicionales, tales como gobiernos, partidos, grandes medios, liderazgos nacionales; al mismo tiempo que crece la valoración de figuras técnicas, científicas o directamente cercanas; es decir, se confía menos en quienes mandan y más en quienes parecen saber. Pero aquí es donde aparece una paradoja digna de tesis postdoctoral. Nunca antes las élites políticas y económicas hablaron tanto de empatía, inclusión y escucha activa. Y nunca antes parecieron tan lejanas. La política se volvió intensamente performativa, cargada de símbolos, relatos y gestos morales, pero escasa en algo elemental; la previsibilidad, algo que al menos permita reducir la incertidumbre.

En ese contexto, el encapsulamiento no es ideológico, sino experiencial. No se trata únicamente de izquierdas y derechas, sino de mundos que ya no se tocan. El lenguaje público se fragmenta, los códigos se especializan, las causas se vuelven identidades cerradas. Cada grupo habla para los suyos, convencido de que el problema está siempre afuera, en la élite, en el pueblo, en los técnicos, en los ignorantes, en los radicales, en los moderados. La confianza, mientras tanto, se diluye entre diagnósticos cruzados.

El estudio advierte otra tendencia inquietante, la creciente desconfianza hacia los otros, hacia quienes piensan distinto, viven distinto o simplemente no pertenecen al mismo circuito cultural. De manera que esta insularidad no solo reduce la confianza vertical, entre ciudadanía e instituciones, sino también la horizontal, entre distintos grupos sociales. El resultado es una sociedad hipersensible, donde la diferencia se vive como amenaza y toda discrepancia como agresión. Chile conoce bien este clima. El debate público oscila con pasmosa regularidad entre la indignación permanente y el agotamiento cívico. Se exige transformación, pero se desconfía de quienes la proponen. Se critica al sistema, pero se teme el vacío que dejaría su colapso. Se demanda orden, pero se sospecha de la autoridad. Un equilibrio incómodo, sostenido más por la inercia que por la convicción. Otro hallazgo relevante es el repliegue nacionalista de la confianza. En un mundo incierto, lo propio parece más confiable que lo externo. Las empresas locales, los liderazgos nacionales, las soluciones “caseras” ganan terreno frente a actores globales percibidos como distantes, ajenos. Para un país como Chile, históricamente abierto al mundo, esta tendencia plantea un tremendo dilema, el de cómo sostener una economía integrada sin profundizar la sensación de desprotección social.

La confianza también aparece en el diagnóstico global como un factor productivo: no es solo un asunto moral o político, sino también económico y organizacional. Donde falta, suben los costos, cae la cooperación y se erosionan los vínculos laborales. El trabajo, curiosamente, se vuelve uno de los pocos espacios donde todavía es posible tender puentes entre personas distintas. Tal vez porque allí la convivencia es menos abstracta y más concreta, menos discursiva y más cotidiana. La pregunta incómoda es si la política chilena está dispuesta a aprender algo de esto. Porque reconstruir confianza no se logra con campañas comunicacionales ni con declaraciones bien intencionadas. Exige asumir que la autoridad ya no se hereda ni se presume; que la legitimidad es frágil; y que la ciudadanía no quiere ser persuadida, sino ser tratada como una persona adulta.

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