Democracia
La democracia exige una ciudadanía que crea que vale la pena discutir, y hoy discutimos como si odiáramos. Y quizá esa sea la señal más inquietante de todas; ya no queremos convencer al otro, queremos humillarlo

A pesar de lo que está ocurriendo en el mundo a la vista de todos, la democracia parece seguir viva, al menos como un concepto ideal, como una palabra que todavía conserva prestigio y que aún se pronuncia con respeto en los discursos oficiales. Hay elecciones periódicas, parlamentos que continúan sesionando, tribunales que siguen dictando sentencias. Las ceremonias se cumplen, el sistema conserva sus ritos, sus formularios, su gramática institucional. Pero hace tiempo sabemos que la vitalidad de una democracia no se mide tanto por la persistencia de sus procedimientos, sino que, por su capacidad de representar un proyecto común, por su aptitud para asegurar un futuro compartido. Y ahí, precisamente, es donde comienzan a verse las grietas.
Durante décadas nos habituamos a pensar la democracia como una arquitectura institucional: una suma de reglas claras, contrapesos y mecanismos de alternancia. Su solidez parecía depender, sobre todo, de la buena ingeniería constitucional y del equilibrio entre poderes. Sin embargo, la democracia es algo más complejo. No es solo un sistema de Gobierno; es también una cultura política, un modo de convivir con la diferencia, una disposición colectiva a aceptar límites. Es una forma de reconocernos como adversarios legítimos, no como enemigos absolutos. Cuando esa cultura se erosiona, las instituciones sobreviven, pero como edificios sin habitantes: estructuras intactas, pero vacías. Lo que estamos presenciando en muchas latitudes es exactamente eso: democracias que conservan el sello en el envoltorio mientras pierden su alma.
La creciente pérdida de sentido de la democracia como una forma de Gobierno legítima no ocurre por accidente. Es el producto de una acumulación lenta, casi geológica, de frustraciones ciudadanas. Primero, la política se vuelve incapaz de traducir los malestares en decisiones reales: promete, administra, improvisa, pero no transforma. Luego, la desigualdad se normaliza al punto de convertirse en paisaje; se vuelve invisible, como la contaminación que ya nadie percibe porque forma parte del aire cotidiano. Después se instala la idea corrosiva de los políticos inútiles, desconectados, protegidos por privilegios e inmunes a las consecuencias de sus actos. Finalmente, la ciudadanía deja de demandar un futuro y se concentra en sobrevivir al presente. Cuando una sociedad se instala en la supervivencia, la democracia deja de ser promesa y se convierte en trámite. La democracia, entonces, enfrenta un dilema estructural: requiere paciencia, deliberación, complejidad; pero la sociedad contemporánea, saturada de estímulos y ansiedad, demanda inmediatez, simplificación y certezas. La democracia es lenta por diseño. Su fuerza radica en que obliga a escuchar, negociar, conceder. Pero en tiempos de malestar, esa parsimonia se interpreta como debilidad. Los autoritarismos, ya sean abiertos o camuflados, ofrecen exactamente lo contrario: velocidad, decisión, espectáculo. Prometen eficacia sin debate, orden sin fricción, soluciones sin costos. Sus líderes venden una ficción peligrosa: la idea de que gobernar es imponer.
No se trata de idealizar el pasado. La democracia siempre ha sido conflictiva, imperfecta, atravesada por élites, exclusiones y contradicciones. Pero había una idea básica que la sostenía, la convicción de que el futuro podía ser mejor para más gente. Esa fe, de carácter secular y político, parecía ser el motor invisible de la legitimidad democrática, pero hoy esa fe está seriamente dañada. La democracia exige una ciudadanía que crea que vale la pena discutir, y hoy discutimos como si odiáramos. Y quizá esa sea la señal más inquietante de todas; ya no queremos convencer al otro, queremos humillarlo. Así, la humillación como método político aparece como un síntoma inequívoco de decadencia democrática. Una sociedad que se acostumbra a que el debate sea una competencia de insultos y no una confrontación de argumentos es una sociedad que ha empezado a renunciar a su propia libertad. Porque el odio no busca acuerdos; busca rendiciones. Y cuando la política se convierte en un campo de rendiciones, lo que queda disponible como solución es la fuerza. No necesariamente la fuerza militar, sino la fuerza del líder providencial, la fuerza del control, la fuerza autoritaria. Si la democracia no recupera su capacidad de ofrecer futuro, es decir, si no vuelve a ser un pacto que proteja la dignidad y no solo un mecanismo que distribuya votos, lo que vendrá no será necesariamente un golpe estridente ni un régimen abiertamente autoritario. Lo que vendrá será algo más silencioso, una lenta normalización de vivir sin democracia, tristemente convencidos de que nunca la merecimos.
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