La (in)consciencia histórica de las izquierdas
Las izquierdas chilenas deben emprender algún tipo de revisionismo en el que se pongan en cuestión asuntos fundamentales: de no hacerlo y permanecer en la crítica a los 30 años a partir de una superioridad moral insensata, quedarán pegadas en el primer quinto del siglo XXI

Las izquierdas chilenas (un plural que nunca había sido tan necesario emplear) necesitan salir de modo urgente del perímetro de la derrota presidencial. Mientras más permanezcan en esa elección fallida y sus antecedentes inmediatos, más difícil les será salir adelante: no hay nada más equivocado que afirmar -como lo hacía Patricio Manns en su canción Vuelvo- que “la derrota es siempre breve”. Las derrotas pueden ser muy duraderas, eventualmente definitivas: ese es el riesgo que enfrentan hoy en día todo tipo de izquierdas en todas partes, incluyendo a Chile. He llamado a esto una amenaza por “evento de extinción”, en donde la reacción de las izquierdas a menudo se asemeja al negacionismo de lo que se observa en la película Don’t Look Up. Esto no exime de la responsabilidad de explicar la derrota electoral sin precedentes (por su magnitud) de la candidata de todas las izquierdas Jeannette Jara (58%-42% ante el candidato de todas las derechas José Antonio Kast). Sin embargo, hay una trampa en todo esto: las izquierdas necesitan evaluar no solo una derrota electoral, sino las razones que condujeron a ella, esto es varios años de actuación en la historia de Chile. En mi opinión, necesitan hacer un acto reflexivo sobre la actuación propia y sus efectos desde el estallido social hasta hoy (otras izquierdas verán la necesidad de estudiar los últimos 30 años, otras el periodo que comenzó en 2011-2012 con las movilizaciones estudiantiles, otras más lo que se inició con la transición a la democracia en 1990, en una retrodicción sin método y hasta el infinito). Pero el ejercicio es inevitable: si no se separa el análisis estricto de la derrota (el que tenderá a basarse en razones fundamentalmente electorales, de corto plazo) y la explicación más larga (la que realmente importa), lo que prevalecerá es la explicación basada en una historia corta (por definición más cómoda), lo que se traducirá en una interminable convalecencia a punta de remedios paliativos.
Lo paradojal es que, siendo necesarios estos dos ejercicios de política local, son insuficientes: el origen de la tragedia de izquierdas desborda completamente las razones domésticas.
En alguna parte Nietzche y Husserl sostuvieron, cada uno a su manera y en su propio tiempo, algo así como que “el tiempo en el que será necesario pensar de otro modo se aproxima”.
Pues bien, ese tiempo ya está aquí.
Lo que se necesita hacer es progresar hacia una conciencia histórica no solo del periodo, sino del lugar que las izquierdas ocupan en el capitalismo de hoy. Dotarse de una conciencia histórica implica, ciertamente, una renovación socialista (también algún tipo de renovación comunista, aunque no es difícil convenir que no es allí en donde hay futuro en las izquierdas). Sin embargo, esto no es todo. La evidente degradación de la condición de izquierdas, o de lo que la izquierda quiere decir por estos días, también implica revisiones, lo que no es lo mismo que renovaciones. Renovarse conlleva una búsqueda de continuidades, una ontología de la permanencia. Un revisionismo de izquierdas implica someter a escrutinio histórico y a un juicio de verosimilitud aserciones y supuestos originarios: si lo que se pudo pensar en el origen del socialismo carece de verosimilitud en el presente, no por razones puntuales o de contingencia, sino porque no cuaja con la operación dóxica del capitalismo en el presente y aun menos con lo que grandes mayorías “piensan” sobre su lugar en el mundo, lo que cabe hacer es revisar, y eventualmente renunciar a lo que se pudo pensar. Eso fue lo que ocurrió en el congreso del SPD alemán de Bad Godesberg en 1959, un momento en el cual se renunció al marxismo como base ideológica primordial, se desechó la dictadura del proletariado, se rechazó el comunismo, se asumió la economía de mercado y, por consiguiente, se aceptó que el marco de las luchas socialdemócratas y socialistas se dan dentro de los límites del capitalismo. Este ejemplo de revisionismo fue tan profundo como radical, y me parece que llegó demasiado lejos a los ojos de hoy al no clarificar la relevancia de la base trabajadora (que hoy llamaré “salarial”).
Mutatis mutandis, las izquierdas chilenas deben emprender algún tipo de revisionismo en el que se pongan en cuestión asuntos fundamentales: de no hacerlo y permanecer en la crítica a los 30 años a partir de una superioridad moral insensata, las izquierdas quedarán pegadas en el primer quinto del siglo XXI. La izquierda intelectual más radical, encarnada por Rodrigo Karmy, pudo ver a un progresismo chileno que mutó en neofascismo (en una crítica destemplada a un artículo de José Joaquín Brunner): no veo muchas diferencias entre esta afirmación y el lavado de manos de comunistas y frenteamplistas, incluyendo al presidente Gabriel Boric, cuando renegaron hace un puñado de días de la ley Naín-Retamal, enrostrando al Socialismo Democrático el haber aprobado una norma que entregaba mayores protecciones y facultades a las policías al momento de reprimir protestas violentas. Este caso sirve para revelar todo lo que separa a la izquierda comunista y frenteamplista de los partidos del socialismo democrático: una (in) consciencia histórica sobre lo que mueve al mundo por estos días, móviles societales absolutamente ajenos para izquierdas y progresistas, y que además ponen en jaque la idea misma de “izquierda”.
Dotarse de una consciencia histórica supone, en sentido psicoanalítico, tomar consciencia de lo que se está jugando en estos tiempos y de qué fuerzas y dinámicas se encuentran comprometidas: esa conciencia histórica debe conectar con diversos tipos de subjetividades de un pueblo de Chile diverso (de no haber habido una nefasta propuesta de nueva Constitución en 2022, hablaría de buena gana de “los pueblos” de Chile, algo innombrable por estos días y lo seguirá siendo durante mucho tiempo). Pero esa conciencia histórica también supone escrutar la continuidad de las izquierdas: no solo de los partidos que la encarnan, sino sobre todo de sus propios imaginarios y fantasías. Aun pienso que la utopía socialista, ese mundo hecho de coordinaciones y fraternidad universal, describe una vida buena por la cual vale la pena luchar.
Solo falta no perder de vista la gran utopía.
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