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CHILE
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Chile en tres preguntas

Temo que las izquierdas estén más interesadas en corregirse a sí mismas sin cuestionar los fundamentos de su existencia

Año nuevo, ¿vida nueva? Todo indica que así será, aunque no sabemos si será para bien, para mal o si navegaremos en la intrascendencia. En tiempos mundiales tan aciagos como los de hoy, iliberales, navegar de modo intrascendente no necesariamente es una mala cosa: lo desafiante es navegar hacia alguna parte, con algún punto de orientación, idealmente democrático, pluralista y representativo, lo que supone hacerse cargo de las debilidades del liberalismo político que lo están hundiendo. De allí que en esta columna formule tres preguntas, todas ellas políticas en un sentido más bien estrecho, dado que estoy convencido que es en la política de partidos en donde se juega el futuro de Chile (como siempre ha sido así), y no en factores que pudiesen desafiar al sistema de partidos (por su superación por liderazgos carismáticos, por inanición o por fenómenos evolutivos que transforman a los partidos del sistema en partidos hidropónicos, sin raíces, lo que en Chile llamamos en modo terrorífico la “peruanización”).

La primera pregunta se refiere a ese conjunto de mundos de izquierdas que fueron derrotados en la última elección presidencial por el candidato republicano José Antonio Kast. Todas esas izquierdas de las cuales se ha afirmado, con mucha exageración, que conformaron la coalición más amplia de partidos de izquierdas y centroizquierda en la historia de Chile, ¿sobrevivirán a su propia fragmentación o se continuará con la lógica del archipiélago? La pregunta es relevante ya que no es lo mismo bregar por ser mayoría a partir de un archipiélago de partidos pequeños (en donde el más grande apenas alcanza el 7% de los votos) que en base a un puñado de partidos de tamaño mediano, con mayor poder gravitacional en comparación con el actual estatus grupuscular de todos los partidos.

De ser pertinente la pregunta por la continuidad del archipiélago, como creo que lo es, ¿de qué forma se llega a una izquierda más simple en su composición y más clara en su orientación? El sociólogo Mauro Basaure ha abogado recientemente por abandonar la idea de una sola izquierda y avanzar con claridad hacia dos izquierdas cooperativas a partir de una forma idealmente concordada de división del trabajo: por una parte, una izquierda materialista preocupada por las condiciones materiales de existencia de los grupos sociales más desfavorecidos (suponemos que se trata de “clases sociales”, un término abandonado y que bien describe el extravío), y por otra parte una izquierda “post-materialista” legítimamente preocupada por las causas que agobian a las clases medias más educadas (desde las identidades de género hasta las luchas por el reconocimiento de identidades dominadas desde siempre). Otros abogan por una rápida convergencia en formas federativas de izquierdas. En todos los casos, la pregunta es si existe voluntad y coraje para interrogarse en clave existencial sobre el propio devenir, aceptando la posibilidad de que las izquierdas comiencen a extinguirse. Temo que las izquierdas estén más interesadas en corregirse a sí mismas sin cuestionar los fundamentos de su existencia: hay en ellas demasiada cobardía y muy poco profundidad intelectual para formularse preguntas sobre verdades incómodas.

La segunda pregunta se refiere a las derechas que, lentamente, abandonan el plural que las nombra para converger en algún tipo de apodo que se enuncia al singular. ¿Sobrevivirá la

centroderecha chilena a su propio declive, resistirá la demolición estructural originada en la nueva derecha republicana y libertaria o será absorbida en una sola derecha por el Partido Republicano del presidente electo José Antonio Kast? De modo más profundo, y tomando en serio que el entorno del presidente Kast es generacional y gremialista (trascendiendo las fronteras de la UDI y del Partido Republicano, en el sentido en que esa separación nunca se tradujo en un cismo ideológico, tampoco personal), ¿significa esto que el horizonte insuperable de la derecha es el gremialismo de Jaime Guzmán, restaurado y actualizado? ¿Hay democracia en el gremialismo originario cuando Jaime Guzmán escribía muy en serio, allá por el año 1979 en la revista Realidad, que el voto universal no era necesario, afirmando que “no todos los ciudadanos se encuentran igualmente calificados” para tomar decisiones sobre quienes nos debiesen gobernar, que el sufragio universal “está sujeto a las distorsiones propias de lo masivo”, en donde “la emoción se exacerba hasta la irracionalidad”, lo que deriva en una vanagloriada voluntad del pueblo que “no es otra cosa que la suma de muchas voluntades manifestadas con toda la distorsión potencial de lo colectivo”? ¿No hay en estas ideas de origen una base doctrinaria para socavar la democracia del sufragio universal y, entonces, a la democracia tout court?

Estas preguntas plantean serias dudas sobre si verdad existe una derecha liberal: esta es una pregunta clásica que se viene formulando desde hace décadas, pues bien, hoy es de naturaleza existencial. Tan existencial como la pregunta referida a la propia existencia de un socialismo democrático, o de algún tipo de socialdemocracia.

La tercera pregunta es la más inquietante de todas. ¿Experimentará Chile pulsiones iliberales, de esas que están inundando a buena parte del mundo? Si uno considera las recientes tomas de posición del presidente electo Kast, la respuesta es aparentemente negativa: su tono de moderación ha sorprendido a muchos. Habrá que esperarlo, una vez que haya tomado posesión del mando. Pero la pregunta es relevante: la inmensa mayoría de los países del mundo que han sucumbido a liderazgos de derecha radical o de extrema derecha han experimentado estas pulsiones iliberales, las que consisten en pasar por encima de otros poderes, desafiar y amenazar a la prensa libre, adorar la idea de libertad que (como bien lo recuerda el tech bro Peter Thiel, muy en boga en la galaxia NRx que no es desconocida para Kast) no es compatible con la idea de democracia.

Es posible que Kast sorprenda a muchos y gobierne sin amenazar las fundaciones de la democracia liberal. Pero tampoco sería una sorpresa si Kast, victorioso con el 58% de los votos, busque explotar esta enorme mayoría presidencial (sin correlato legislativo) para llevar a cabo el proyecto “real” de derecha sobre el cual el presidente electo ha especulado.

En estas tres preguntas, irrumpen nuevas coordenadas mundiales, especialmente después de la restauración de la doctrina Monroe por Trump al secuestrar al dictador venezolano Maduro. Ese dictador caribeño le hizo un daño inconmensurable a cualquier izquierda: la asociación popular de ideas entre la izquierda y Maduro es de una gran letalidad, tan letal como la presentación de la captura del dictador por Trump en nombre de los intereses económicos y de seguridad nacional de los Estados Unidos.

El futuro dirá en qué se traducen, localmente, las coordenadas de la captura de Maduro y la confesión de que esto no era otra cosa que un acto imperial, económicamente interesado.

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