Maurizio Ferraris, filósofo: “La IA es el espejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser”
El prolífico autor turinés estuvo en el Congreso Futuro, donde defendió la idea de capitalizar los datos de los usuarios de la red para contribuir, por ejemplo, a los fondos de pensiones

Autor de más de 70 libros, entre ellos Historia de la hermenéutica, La imbecilidad es cosa seria y Posverdad y otros enigmas, Maurizio Enrico Vittorio Ferraris (Turín, 69 años) fue un alumno rebelde de su destacado compatriota Gianni Vattimo y discípulo del no menos notorio Jacques Derrida. Actualmente, aparte de escribir columnas para el Corriere della Sera, dirige Scienza Nuova, instituto de estudios avanzados que une a la universidad y al politécnico de Turín para diseñar un futuro sostenible en lo cultural y en lo político.
Hecha la presentación, debe agregarse que Ferraris se mueve a contracorriente de las modas intelectuales y de los recitativos progresistas, lo que no deja de ser para alguien que se definiría de buena gana como de izquierda.
Lo anterior quedó a la vista en su participación, el martes pasado, en el Congreso Futuro. En la ocasión, y sin abandonar las sutilezas del humor que lo caracterizan, ahondó en los conceptos vertidos en El Manifiesto del Webfare. De la guerra de los datos al bienestar de los datos (Materia Oscura, 2024). Juego de palabras entre la World Wide Web y el estado de bienestar —welfare state, en inglés—; este neologismo permite al filósofo hacer una propuesta: que los datos que los usuarios generamos al navegar por la red de redes se valoricen para fines sociales y no solo privados. Es decir, para capitalizar allí donde hasta ahora solo capitalizan grandes corporaciones.
Y no es solo una idea bienintencionada, dice Ferraris en medio de los sorbos que le da a una gaseosa cola en el lobby del hotel que lo alojó esta semana: la capitalización vía datos es ya una realidad, aunque debe explicarse a quienes la desconocen.
“Las plataformas estadounidenses se quedan con todo, pero nos dejan libres; las plataformas chinas redistribuyen, pero coartan la libertad. Esa es la situación actual”, explica Ferraris, en cuya visión “el resto del mundo se limita a producir valor sin capitalizarlo, aunque nadie prohíbe capitalizar ese valor”. A nadie le interesan los datos individuales, prosigue, “pero si juntas muchos, tienes una capitalización alternativa con la que puedes resolver problemas importantes”.
He ahí un valor potencial, eso sí, porque los datos no son como el agua: “El agua tiene un valor inmediato, mientras que los datos deben usarse [apropiadamente] para que tengan valor. Usarlos no es trivial, pero se puede hacer. Cada institución en Europa y en el mundo —bancos, hospitales, universidades— tiene una enorme cantidad de datos que no usan. Si los usaran, generarían valor”.
La iniciativa ya está andando en el sistema suizo de pensiones, cuenta Ferraris. “Las pensiones —explica— tienen el problema de que la gente vive demasiado tiempo y empieza demasiado tarde a cotizar. Por ello, normalmente no ha cotizado lo suficiente al momento de jubilar, lo que genera varios problemas: o te llega poco dinero, o el Estado entra en déficit. Entonces, si el fondo de pensiones le dice a la gente que me dé acceso a tus datos sociales, tomo estos datos -los de 4 millones de personas en el caso suizo-, los capitalizo y los transformo en valor. […] Así pagas pensiones y haces una diferencia con los datos”.
Ahora, si la idea es tan conveniente como suena, en medio del envejecimiento de la población y de la crisis de natalidad, ¿por qué no está más extendida? ¿Por qué los políticos con olfato no han aprovechado una oportunidad en la que parecería que solo pueden ganar?

Ahí es donde el turinés asume que el temor a que el Estado, una corporación o un delincuente acceda a datos personales es o puede ser un freno para muchos. Sin embargo, en torno a la privacidad habría un “gran malentendido”: pensar que la ignorancia es sinónimo de libertad es algo que surge en poblaciones dominadas que piensan que el Estado es malvado y voraz. Entonces, a menos que uno sea evasor de impuestos o tenga algo que ocultar, “solo puede beneficiarse del hecho de que sus datos se compartan y de que este intercambio de datos genere un bienestar”.
Dicho lo último, Ferraris espera que la política “sea cada vez más consciente” del asunto. Y cuenta que el próximo mes conversará sobre comunismo digital con uno de los principales representantes del Partido Democrático [de perfil progresista]. Espero que puedan ganar con esa idea”.
Lo dice con ganas, aunque asombrado de que la izquierda no tenga ya instalado el tema en el centro de su propuesta. Que no les diga a sus potenciales votantes “que hay cada vez menos necesidad de trabajo humano, pero que hay una enorme necesidad humana que hace que la máquina web avance: ‘Entonces, seré un garante para ustedes, voy a tomar estos recursos y negociaré sus derechos [digitales] con las grandes plataformas’. ¿Por qué la izquierda no hace eso? Solo se ocupa de los derechos, lo cual es muy loable, pero los derechos son de las minorías; eso no gana elecciones y el resultado es que gana la derecha”.
Tecnofilia, tecnofobia, tecnosofía
La versión en inglés de El Manifiesto del Webfare [Webfare. A Manifesto for Digital Well-Being, Transcript, 2024] es parte de una colección llamada Technosophy, lo que le viene bien a Ferraris: la tecnosofía, el saber o el conocimiento aplicados a la técnica, toma, por lo demás, marcada distancia de la tecnofilia y la tecnofobia, que distintos grupos han favorecido en distintos momentos de la historia. Y en esto, el autor también marcha a contramano.
Su generación, afirma Ferraris para aterrizar las cosas, “creyó que la tecnología lo resolvería todo, con alunizajes y tantas otras cosas. Más adelante, vino un gran desarrollo de lo digital, que se veía como una gran promesa, pero lo que terminó ocurriendo fue un gran miedo. Las expectativas pasadas han mutado en un miedo muy fuerte a que la tecnología nos domine, nos manipule, que la inteligencia artificial piense en nuestro lugar”.
Ahora bien, entre ambas posiciones, “paradójicamente, la tecnofilia ingenua es más razonable que la tecnofobia, porque al menos dice que tenemos un futuro y que tratamos de organizarlo, mientras que la tecnofobia dice que no tenemos futuro, que somos manipulados por la inteligencia artificial y que estamos destinados a ser esclavos”. Eso sí, “decir esto es absolverse de todos los pecados: no es culpa mía, es culpa del celular, de la IA. No olvidemos que este discurso sobre la tecnología como dispositivo de dominación fue muy extendido a partir de [Martin] Heidegger y ahora se repite de muchas maneras en todas partes”.
Un ejemplo de lo anterior sería el surcoreano Byung-Chul Han, superventas por títulos como La sociedad del cansancio. “Escribe un libro al mes —ironiza el italiano— diciendo lo mismo una y otra vez: que la tecnología nos ha quitado la felicidad, el bienestar, el sexo, la inteligencia, etc. Siempre existe esta idealización del pasado, así como la idea de que somos simples esclavos de la tecnología, del capital”.
Usuario de la IA como cualquier otro, Ferraris no piensa ni de lejos que esta nos superará o que superará a la inteligencia natural: “Intento hacer un uso inteligente y estoy seguro de que, si alguien hace un uso tonto, tendrá respuestas tontas. En el fondo, la inteligencia artificial es el espejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser”.
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