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Ataque Estados Unidos a Venezuela
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Resistir en tiempos del miedo

Podemos crear y cuidar puntos de encuentro donde el desacuerdo no destruya la convivencia, fortalecer el pensamiento crítico y reconstruir amistades cívicas que nos permitan reconocernos como parte de un mismo espacio democrático

Hay momentos en la historia en que el miedo parece estar en las miradas y en las paredes. Cada generación enfrenta su propio punto de inflexión, y el nuestro es decidir qué hacemos ante la polarización y el miedo.

Cuando el miedo se instala y se queda, tiene un efecto perverso porque erosiona nuestra capacidad de confiar, de escuchar y también de resistir, para no convertirnos en aquello que tememos. ¿Hemos pasado antes por cosas como estas? ¿Qué hicimos en ese entonces? En América Latina y el Caribe no somos ajenos a estos momentos. Tenemos mucha experiencia con los distintos matones del barrio de antaño. Durante mucho tiempo, varios países de nuestra región vivieron intervenciones, dictaduras, violencias terribles que produjeron fracturas profundas.

Esas experiencias nos dejaron heridas y traumas. Algunos países han logrado construir y gozar de la democracia y la paz, pero para otros el camino ha sido más largo, con todos los sufrimientos que eso implica. Tampoco ha sido fácil para quienes han logrado la democracia, porque los desafíos no desaparecen, pero es posible decirnos las cosas como son y aunque a veces nos cuesta, podemos escucharnos incluso cuando estamos en desacuerdo.

No es parte de nuestra cultura quedarnos en el miedo, sino persistir en la esperanza. En América Latina y el Caribe somos más de 660 millones de personas, y tenemos mucho que decir. Somos una voz que puede aportar algo muy importante en este nuevo y desafiante panorama regional y global. Cuando el miedo se pretende instalar como una herramienta política, no podemos ceder; toca resistir. Porque el miedo simplifica la realidad, divide a las sociedades en bandos irreconciliables y presenta la fuerza, simbólica o real, como la única respuesta posible.

El miedo no puede ser la única brújula para encontrar el camino hacia el futuro. La historia nos muestra que las cosas empiezan a cambiar cuando al miedo lo miramos de frente. La resistencia pacífica no es solo una actitud personal, sino una necesidad cívica. Es una decisión disciplinada de defender la democracia, la dignidad y la convivencia sin rendirse a la lógica de la deshumanización. Resistir las lógicas que impone el miedo exige claridad, paciencia y valentía. Implica negarse a que la rabia o la desesperanza marquen nuestras acciones, y también implica negarse a guardar silencio frente a posibles abusos y humillaciones.

Esta forma de resistencia pacífica se construye sobre la confianza, que permite construir cuando es posible y estar en desacuerdo cuando es necesario. La confianza no es un valor abstracto, sino que es una infraestructura crítica, porque, así como los puentes y los caminos permiten conectarnos, la confianza posibilita que exista la convivencia democrática. Sin ella, las instituciones no funcionan y las comunidades se fragmentan y se distancian. Una sociedad dominada por el miedo puede sobrevivir por un tiempo, pero tiene dificultades para reparar sus heridas o solucionar aquellos problemas que requieren de amplia colaboración.

El diálogo es un espacio para que las personas puedan traer la complejidad de sus realidades, donde sean escuchadas sin humillación y se reconozcan mutuamente. Tal vez el diálogo no elimina los conflictos, pero sí evita que se conviertan en muros impenetrables. Puede tomar tiempo y algunas veces puede ser incómodo, pero es una de las pocas herramientas capaces de reconstruir relaciones entre pueblos divididos.

¿Por dónde empezar? Primero, hay que reconocer que podemos construir espacios para escuchar qué nos pasa. ¿Quiénes deben actuar? Esta es una tarea para todas y todos, porque es tanto una decisión personal como un desafío cultural. No podemos delegar la defensa de la democracia. Y aunque no existe una receta exacta para transformar una sociedad agobiada por temores antiguos y nuevos, hay algunas cosas que sí se pueden hacer.

Podemos empezar por pasos sencillos, por ejemplo, crear y cuidar puntos de encuentro donde el desacuerdo no destruya la convivencia; fortalecer el pensamiento crítico, evitando replicar noticias falsas, buscando fuentes y rechazando el lenguaje de odio; y reconstruir amistades cívicas que nos permitan reconocernos como parte de un mismo espacio democrático, aunque pensemos distinto.

Cuando se rompen las confianzas, es natural sentir dolor e incertidumbre. Los tiempos de hoy no son para menos. El dolor afecta, pero si tenemos comunidad y un sentido, no debe paralizarnos. No estamos disponibles para vivir con miedo. Esa es la primera línea de defensa de la democracia.

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