‘Las jefas’, sablazo en Villajoyosa
La novela de Esther García Llovet dibuja una realidad de deformidad hilarante a través de unas extravagantes mujeres ricas de nacimiento con problemas económicos

“Escribir es de tristes”, afirma una de las chicas que protagonizan Las jefas y planea hacer un libro de autoayuda para encontrarse mal —“la guía del antiwellness”— y así hacerse millonaria. Por el contrario, para Esther García Llovet escribir debe de ser lo más parecido a un ejercicio dominado por la risa y el juego, si consideramos las impresiones y reacciones que nos provocan la lectura de su novela.
De Las jefas se nos dice que allí “todo empieza con una partida de cartas, como en las pelis fundacionales del Oeste, y todo acabará como una partida de mus, con sus órdagos y giros de trama y eliminaciones: un thriller de verano, una novelita tramposa, un relato del que controlas muy mal el final; un final de derrota melancólica, es decir, a la española”. Y por seguir con el símil cinematográfico, añadiré que en esta historia enseguida percibí también la atmósfera y la huella de El ángel exterminador, de Luis Buñuel, aunque aquí los personajes no estén encerrados y vayan y vengan de un lado a otro del peculiar recinto en que se han recluido, y el ritmo o el tiempo del relato sea casi vertiginoso. Por momentos, cruza nuestra cabeza el recuerdo de imágenes y escenas propias de un reality show al uso.
Estamos en el Zen Gardens de Villajoyosa (Alicante), un lujoso resort venido a menos donde, ya fuera de temporada, siguen instalados algunos clientes asiduos —Romana Romano, las hermanas Petit y Gran Navarro o Mónico Molinari—, a los que atienden el Primo —chófer, asistente y manitas—, el barman y cocinero Oliver, más otros tipos del servicio. Ellas son ricas de nacimiento y expertas en dar sablazos a la parentela porque tienen problemas económicos, y nadan en la vacuidad, el tedio y la postración, atiborradas de comida basura y pastillas, o empapadas en alcohol. Los currantes quieren cambiar de vida en cuanto sea posible. Esporádicamente, ellas tienen ocurrencias y les da por hacer algo para distraerse o fastidiar: exploran los alrededores —la selva, la isla, el bosque—, van de compras, visitan el mercado o un Museo de Arte Moderno, recorren el polígono industrial o se acercan a la playa. Incluso en ocasiones nos cuentan historias. Pero sobre todo, merodean. Y un día se deciden a husmear en Villa Serra, un recinto cercano de estilo brutalista donde se está filmando un anuncio publicitario.
En este peculiar microcosmos todo rezuma absurdo: personajes, anécdotas, ritos o costumbres y espacios. Todo rebosa humor: escudo o antídoto ante la sinrazón, el estupor e incluso la fealdad física y moral. Hay en la novela un despliegue casi lujurioso de imágenes desplazadas y son incontables las referencias —con predominio de las cinematográficas— que atraviesan sus páginas como un vendaval. Y hay también aquí el fenomenal trabajo de lenguaje que habitualmente lleva a cabo Esther García Llovet y que caracteriza su escritura: juegos de palabras, alusiones, neologismos, anglicismos, frases comunes o tópicos pero à l’envers. El propósito es distorsionar la realidad, quizás para inquietarnos o al menos sobrecogernos. También para ofrecernos la risa. Porque aunque en Las jefas la realidad parece extravagante y colosal —“sobredimensionada”— resulta perfectamente reconocible. Y en la deformidad hilarante que la envuelve, percibimos un sentido.

Las jefas
Anagrama, 2026
160 páginas. 18,90 euros
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