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crítica literaria
Crítica

Un ‘thriller’ en la meseta castellana: drogas, violencia y un mundo condenado

Israel Merino traza en ‘Epifanía’ una fábula polvorienta plagada de fealdad grotesca, estallidos de sangre y masculinidad depredadora

Paisaje de la meseta castellana. Maria Galan ST (Stockimo / Alamy / Cordon Press)

Con Epifanía, Israel Merino (Toledo, 2000) nos lleva a una localidad castellana de atmósfera densa, sucia, fatalista. Es un pueblo, sí, pero uno grande, que ha crecido en barrios y urbanizaciones, y cuyas autoridades se inventaron incluso un polígono que iba a convertirlo en ciudad, ¡nada menos!, hasta que el tiempo demostró que los pelotazos urbanísticos no sirven para construir nada real. La sociedad del lugar funciona como un sistema de castas que tiene como valor definitivo, como pasaporte diplomático a la respetabilidad, un solo requisito: ser de ahí desde siempre. Bueno, y no cagarla, por supuesto: una caída en el estatus económico te condena al margen, ahí donde habitan por decreto no escrito los moros, los latinos, las prostitutas.

Las drogas circulan y la violencia estalla con frecuencia golosa en el pueblo mientras sus habitantes y sus autoridades se conjuran para fingir que nada cambia, que nada puede cambiar, y lo cierto es que casi todo el tiempo parecen arreglárselas muy bien para lograr que así sea. Hay mujeres descarnadas, y alguna de ellas recuerda al tópico de la mujer-mayor-terrorífica que el cine reciente ha puesto en circulación, pero los hombres son los verdaderamente terribles, con sus códigos de sociabilidad descarnados y su sexualidad depredadora como salvoconducto frente a la manada. En la sociedad que retrata Epifanía, y que reconocemos, la masculinidad es un barracón de marines beodos que asfixian al diferente cegándole cualquier salida.

En este tablero de juego o superficie terrosa de pinball, Merino pone a rodar una bola en forma de accidente trágico en la carretera, y esa bola choca con otras que chocarán con otras, las vidas cruzadas de un concejal, un narcotraficante de pelo en pecho, unos chavales desorientados, muchas familias sórdidas, guardias civiles corrompidos o un chaval que pudo escapar y al final no lo logró. De hecho, en general, Epifanía nos cuenta que escapar es imposible, como si aquel municipio perdido en la meseta fuese un revival cochambroso del ángel exterminador, un espacio-tótem con hambre de chivos expiatorios y una divisa gótica que el narrador resume así, hablando de uno de sus personajes: “Le gustaba que en el pueblo no importara el trabajo, sino el sufrimiento.”

Merino es muy bueno construyendo ese tejido, esa estructura de vasos comunicantes. Artesanía fina con un ritmo exacto. Por decirlo con un tópico, la novela te arrastra, pero tengan en cuenta hacia dónde: un pozo de lo más turbio. De todos los mecanismos narrativos clásicos que se activan en la novela, el que funciona mejor es el quiebre inesperado de las expectativas que el narrador ha ido sembrando. Sin entrar en detalles, para no destapar más de la cuenta, pienso en una escena que anuncia una violencia liberadora que, en cambio, culmina con una humillación vulgar y clasista. Merino ha tirado de truco, sí, pero justificadísimo: se trata de demostrar que las cartas del juego están marcadas. No puedes ser un-hombre-de-bien cuando nadie quiere que seas un hombre de bien.

La contraportada compara Epifanía con Galdós y Chirbes. Para ser sincero, le veo más sentido al segundo referente que el primero. Sin embargo, tanto el aura de thriller polvoriento como los estallidos de sangre y la fealdad grotesca me sugieren cierta tradición norteamericana, eso sí, trasplantada con acierto al mundo español de fe espesa e inmobiliarias en quiebra. Me acordé de Harry Crews (hay una multitud de noche frente al portal de una casa embrujada que es purito gótico sureño macarra) o del Knockemstiff de Donald Ray Pollock, ese autor cuyos libros apestan a miseria, a mierda y a sangre. Sea como sea, el tremendismo es un género delicado, con él es fácil caer en el ridículo, lo gratuito o lo obvio. Merino se arriesga para salir indemne (a veces está en el filo, pero al final compro cada puticlub, paliza, pulgada de mugre, vaharada de halitosis) y clavarla en dos o tres escenas. La mejor gira en torno al desmembramiento de una liebre viva y conecta de forma explícita con el título de la novela. Poca broma.

Estilísticamente, Merino es directo y seco: acciones que dibujan personajes y apuntalan atmósferas. Prosa visual, de apuntes en crudo y ecos de cine. Eso sí, le gustan las metáforas rápidas, como de novela negra, y ahí el tono se le va un poco de las manos puntualmente (¿“hienas esquoizoides”? ¿“la resistencia gazatí”? Hum…), quizá el precio a pagar a cambio de obtener muchos hallazgos tan cenagosos como la historia merece (¡“medias color prepucio”! ¡“Ojos envueltos en una tela de amianto!”).

La trampa que el destino le depara al personaje cuya historia cierra Epifanía viene a ser un saludo final que reivindica la habilidad del autor para las estructuras narrativas, pero lo más valioso ahí es que su sarcasmo terrible remacha la coherencia del libro como cuento moral acerca de un mundo condenado.

Epifanía

Israel Merino
Temas de hoy, 2026
240 páginas, 19,90 euros

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