‘Pabellones lejanos’, nostalgia de la gran novela omnímoda en la India británica
Escrita por M. M. Kaye en 1978 como si fuera una inmaculada narración del siglo XIX, esta obra aúna lo mejor de la ficción de aventuras con una historia de amor a la vieja usanza

El mismo año de la primera edición de El mar, el mar (1978), de Iris Murdoch, Viking Press publica la tercera novela de Mollie Kaye, Pabellones lejanos. Con demasiada frecuencia, y sin la menor razón, se acostumbra a subestimar al escritor de género en beneficio de aquel que no ha querido encerrarse en modelo alguno, como si la calidad de un artista dependiese del tema y no de su dominio del lenguaje, como si escribir bien una carga de los lanceros de Bengala fuese menos meritorio que escribir bien el cargo de conciencia de un ser atribulado. En vertical se encuentra el fiel de la balanza que mide el valor artístico del realismo historicista epigonal de Kaye y de la posmodernidad reformuladora y filosófica de Murdoch, esto es, Murdoch y Kaye se sientan juntas en el parnaso.
Animada por el precedente de su primera novela, La sombra de la luna (1957), que le sirve de esbozo y de taller y trata asimismo del Motín de los Cipayos de 1857 contra la Compañía Británica, y por su agente literario Paul Scott, que gestionó también los derechos de Muriel Spark y escribió el célebre Cuarteto del Raj (1966-1975) que, de un modo u otro, está presente en el texto de Pabellones lejanos, y no solo porque ambas obras reconstruyen la India británica, Kaye concibió un gigantesco artefacto narrativo a lo largo de más de una década de documentación en archivos y a la vez de manejo sabio de la tradición oral heredada de una madre lingüista, de escuchar narraciones juglarescas en los bazares de Delhi y del testimonio de parientes militares que sirvieron al Imperio y de su propia memoria de mujer nacida en la India. Amalgama de las distintas modalidades de la gran novela decimonónica, del encendido romanticismo conflictivo de Charlotte Brontë al costumbrismo de Charles Dickens, con un tratamiento que habría que adscribir al naturalismo que indagó en las razones del medio social y de la raza, como muestran algunas novelas de George Moore o Thomas Hardy, relevantes en una trama asentada en la transculturalidad y el mestizaje colonial, y con la novela de aventuras de Verne y el influjo poderoso de la obra de Rudyard Kipling de fondo, Pabellones lejanos constituye una de las más acendradas novelas del XIX escritas en el XX.

Concebida antes de que triunfaran los presupuestos de la teoría poscolonial que tomó forma a partir de la aparición, ese mismo año 1978, del influyente estudio Orientalismo, de Edward W. Said, su mirada a la India nada tiene ya que ver con la de Edward M. Forster en Pasaje a la India, siendo la primera equidistante de dos culturas en inevitable conflicto, la británica encorsetada y ancestral la hindú, e incapaz la segunda de encubrir la preeminencia del imperialista europeo para con el territorio sometido.
Como le advierte al lector el entusiasta y rendido prólogo de Jacinto Antón, periodista de este diario, es ésta una novela que por encima de todo relata el legendario amor —que evoca el exotismo de aquella épica lírica de los romances fronterizos de nuestro siglo XV— entre un joven británico que devendrá valeroso oficial, Ash, y la princesa india Anjuli en el reino imaginario de Gulkote y bien envuelto por la seda áspera de las intrigas áulicas y del fragor de unas hostilidades militares que se dirían perpetuas como las montañas de la cordillera que da nombre a la novela, un amor que ejerce de melodía de esta sinfonía verbal en la que la delicada cuerda pertenece a la lírica del idilio y el vigoroso metal acompaña la épica de la guerra. No por azar dividida en Libros como el Ramayana hindú y, como en toda epopeya, dando inicio al relato con el mito del nacimiento del héroe (“Ashton Hilary Akbar Pelham-Martyn nació en un campamento, cerca de la cima más elevada de un paso de los montes Himalaya…”), del Amadís a la parodia de Tristram Shandy, de Sterne, y de Oliver Twist, de Dickens, novela con la que la de Kaye muestra analogías, a Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, Pabellones lejanos aúna lo mejor de la novela de aventuras con una historia de amor a la vieja usanza y un enciclopédico relato histórico, narrado con la precisión de la que se hubiese servido un cronista oficial de la mismísima reina Victoria, de la India británica desde su primer intento de independencia, el del mencionado Motín, hasta la segunda guerra afgana.
Kaye relata el legendario amor entre un valeroso oficial británico, Ash, y la princesa india Anjuli en el reino imaginario de Gulkote
La permeabilidad entre la biografía de Kaye y su ficción y los numerosos guiños a la vida real, entre ellos la aparición de personajes históricos, enriquecen la novela como lo hacen las referencias a otras novelas, como Kim, de Kipling, en relación con la infancia de Ash, similar a la de la propia autora, o Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, y su drama romántico en un momento convulso en el que el ruido de las armas silencia el susurro del amor. La plástica e hipnótica prosa de Kaye se permite incluso el lujo de ralentizar la trama para la paradójica complacencia de un lector que celebra la morosidad tanto como el bendito esfuerzo del editor rescatando esta joya de la corona.

Pabellones lejanos
Traducción de José Bellver
Edhasa, 2025
1.162 páginas. 49 euros
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