‘Grito, boda y sangre’: García Lorca permanece ojo avizor y oído al parche
Esta producción del Centro Dramático Nacional, que acerca el teatro en lengua de signos a todo tipo de audiencias, supone el debut como directora escénica de Ángela Ibáñez, una actriz (sorda) excelente


Estos días en los que nadie escucha, deberíamos tomar ejemplo de la atención plena que se prestan los hablantes de lengua de signos. Bodas de sangre, obra de la que el Centro Dramático Nacional ofrece una versión para dos actrices sordas (Grito, boda y sangre), simboliza la división de la humanidad en dos bandos. García Lorca, su autor, la alumbró como segunda parte de una trilogía atávica, cuyos temas nos atraviesan: Yerma anticipó de manera alegórica el invierno demográfico europeo y Bernarda Alba es fiel reflejo del sometimiento femenino en ciertos regímenes y comunidades.
Iker Azkoitia, autor de esta adaptación, envuelve el argumento fatalista original con una trama metateatral sencilla y esperanzada. Sus protagonistas, dos colegialas adolescentes sordas, ensayan el original lorquiano para matar el tiempo, pues sus compañeras de clase se fueron a ver una función cuyo lenguaje oral les resulta inaccesible. Y su alegre retozar a dúo por el poderoso imaginario poético del autor granadino, las lleva a soñar con llegar a ser un buen día actrices profesionales, a pesar de su hándicap sensorial.
En la obra de Azkoitia confluyen, pues, el sentido trágico de la vida y el optimismo de un equipo artístico comandado por Ángela Ibáñez, una soberana actriz sorda, que debuta felizmente como directora. Su montaje se articula en torno a la lengua de signos española, con la voluntad de hacerla accesible también a quienes la desconocemos. Los primeros quince o veinte minutos de la escenificación son radiantes, por la organicidad de María José López y Emma Vallejo, sus intérpretes; por las sorpresas que ofrecen y por su claridad expositiva. Aunque no entendamos el detalle de la conversación de signos que mantienen las dos niñas, podemos seguirla en líneas generales gracias al diálogo oral que una de ellas entabla con su profesor.
La divertida irrupción en la platea de un intérprete decidido a traducirnos el código gestual (Diego Illán), sorprende y se agradece: podrían seguirse a gusto todos los diálogos signados a través de su voz en off. Este recurso, utilizado en ciertos espectáculos en lenguas extranjeras como una alternativa a los sobretítulos, resulta óptimo cuando el traductor tiene maestría. Illán desempeña esta labor intermediaria con mayor eficacia que los sobretítulos faltos de luminosidad proyectados posteriormente, pero Ibáñez ha preferido utilizarlo solo en tres escenas, para probar a resolver las restantes mediante un abanico de soluciones alternativas.
Durante el presagio de la madre del novio (María José López), muñeca en manos del destino, Emma Vallejo le presta su voz a su compañera de reparto, como un ventrílocuo se la prestaría a su muñeco. Transmutada luego en Leonardo, disparador de la tragedia, López cabalga hasta reventar el caballo montado por su personaje, utilizando una mezcla de pantomima con lengua de signos conocida como ‘técnica visual vernacular’, inteligible a medias para el público no familiarizado. En otro pasaje, López usa el español signado y Vallejo el hablado, de modo que de las respuestas de esta puede inferirse lo referido por aquella.
Ibáñez aborda ciertas escenas mediante sombras chinescas, títeres corporales y un extenso catálogo de lenguajes. Bien está que en su debut en la dirección muestre la diversidad de códigos que maneja, pero, de cara a una nueva aproximación al teatro signado, quizá sería preferible que escogiese una línea de desarrollo dramático, para profundizar en ella. Grito, boda y sangre se sigue más de cerca cuando se lleva recién leída la obra original. La escenografía, los dibujos proyectados y la selección musical son excelentes.
Grito, boda y sangre
Dramaturgia: Iker Azkoitia (basada en Bodas de sangre de Federico García Lorca). Dirección Ángela Ibáñez Castaño
Reparto: Mari López y Emma Vallejo.
Teatro María Guerrero. Madrid. Hasta el 1 de marzo
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