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La clásica apuesta por la más nostálgica de las óperas en la ‘rentrée’ cultural de 2025

El Gran Teatre del Liceu abre su nueva temporada con ‘La zorrita astuta’ de Leoš Janáček, una ópera en la que conviven, mostrando comportamientos muy semejantes, animales y seres humanos

BABELIA WEB 30/08/2025 RENTRÉE MÚSICA CLÁSICA
Luis Gago

En puridad, el título debería ir entrecomillado, porque está tomado prestado del que eligió Milan Kundera para un texto sobre La zorrita astuta de Leoš Janáček que decidió incluir en su colección de ensayos Une rencontre (2009). Antes, en dos de las nueve partes de Les Testaments trahis (1993) se había referido también profusamente a la música y la personalidad de su compatriota. Al escritor checo le sobraba predicamento para ello, porque su padre, el musicólogo Ludvík Kundera, había sido el primer editor de la Misa glagolítica y en 1948 fue nombrado el primer rector de la recién fundada Academia Janáček de Música y Artes Escénicas de Brno. Aquí, en la capital morava, nació el escritor ocho meses después de la muerte del músico, que en las conversaciones domésticas debía de ser casi un miembro más de la familia.

la rentrée cultural de 2025

Kundera admira que Janáček no haga nada “para paliar la ausencia de intriga y suspense del original”, una novela de Rudolf Těsnohlídek publicada por entregas acompañada de dibujos en un periódico checo, ya que “el peligro consustancial al arte de la ópera es que su música pueda convertirse fácilmente en una simple ilustración; que el espectador demasiado concentrado en la evolución de una acción pueda dejar de ser oyente”. Pero el compositor invierte deliberadamente “la relación de fuerzas” en el interior de La zorrita astuta para “situar la música radicalmente en primer plano”. De este modo, es la música “la que cuenta, la que desvela la psicología de los personajes, la que emociona, sorprende, medita, hechiza e, incluso, la que organiza el todo y determina la arquitectura (muy trabajada y muy refinada, además) de la obra”.

Estrenada pocos meses después de cumplir 70 años, Janáček convirtió la leve fábula original en una honda reflexión sobre el envejecimiento y la muerte. En un discurso que dio en la celebración de aquel simbólico cumpleaños en 1924, explicó la clave de lo que, sin calificarlo de tal, hoy llamaríamos su “estilo tardío”: “Aunque estoy haciéndome viejo, tengo la sensación de que en mi obra está empezando a crecer una nueva vena; una nueva rama. Igual que les sucede a los árboles de Hukvaldy [su localidad natal] que tienen 400 o 500 años: los miras y te das cuenta de que hay una rama joven creciendo por un lado. Mi último período creativo es también un nuevo chorro de mi alma que ha hecho las paces con el mundo y busca únicamente estar cerca de los checos sencillos”. Su música es técnicamente muy compleja, pero está concebida para ser comprendida por todos.

En sus cuatro últimas óperas encontramos demasiadas concomitancias como para que puedan ser casuales. Sus protagonistas parecen estar atrapados, que es el caso literal de los reclusos en Desde la casa de los muertos, inspirada en la novela en que Dostoyevski novela su encarcelamiento en Siberia; la heroína de Kát’a Kabanová se encuentra presa en una existencia gis y sin sentido; Emilia Marty, en El caso Makropulos, ya no soporta más una vida desmesuradamente larga (337 años); la zorrita logra huir de la granja en que la han retenido, constreñida por sus cercados, pero acaba encontrando la muerte (un añadido del compositor). En sus finales –excepto en Kát’a Kabanová, donde lo impide el suicidio de la protagonista–, surge también una suerte de apoteosis o reflexión final: la liberación de Aleksandr Petrovič y del águila; la renuncia de Emilia Marty al documento que contiene el elixir de la longevidad sin fin; y, sobre todo, la visión del guardabosques, un trasunto de Janáček, que comprende que sólo la muerte puede traer consigo la renovación de la vida. De ahí que la brillante puesta en escena de Barrie Kosky de La zorrita astuta que podrá verse en Barcelona (estrenada en la Ópera Estatal de Baviera en 2022), que se mueve entre el color negro de los humanos y el amarillo chillón de las gallinas, comience en una pequeña tumba cavada en la tierra, mientras las campanas doblan a muerto, y termine en esa misma fosa, tras reconocer a la hija de la zorrita muerta (“el vivo retrato de su madre”), con el breve parlamento de una pequeña rana –nieta a su vez de la que había conocido el guardabosques– en lo que es una turbadora celebración de la vida. El Gran Teatre del Liceu lleva una buena temporada alicaído y quizás encuentre también alguna lección que hacer suya en el argumento de esta ópera.

Leoš Janáček fue un compositor único, de una originalidad casi inexplicable, sin antecedentes ni consecuentes, que destapó lo mejor de su creatividad en los últimos diez años de su vida, durante los cuales mantuvo siempre incandescente la pasión amorosa –no consumada ni correspondida– por una mujer casada mucho más joven que él, lo cual suele considerarse la espoleta de aquel desbordante estilo tardío, pero que bien pudo haber sido simplemente una más de sus consecuencias. En La zorrita astuta, humanos y animales se comportan de manera paradójicamente similar: de hecho, en un gesto sin duda simbólico, el compositor quiso que algunos de los cantantes doblaran personajes pertenecientes a uno y otro mundo. Al final, lo que Kundera llama la “nostalgia elegíaca” de esta tragicomedia acaba apoderándose también de nosotros, una nostalgia “terriblemente real”, que “se encuentra allí donde nadie la busca: en la conversación de dos viejos en la taberna; en la muerte de un pobre animal; en el amor de un maestro de escuela arrodillado ante un girasol”.

‘La zorrita astuta’. Leoš Janáček. Gran Teatre del Liceu. Barcelona. Del 20 al 30 de septiembre.

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Sobre la firma

Luis Gago
Luis Gago (Madrid, 1961) es crítico de música clásica de EL PAÍS. Con formación jurídica y musical, se decantó profesionalmente por la segunda. Además de tocarla, escribe, traduce y habla sobre música, intentando entenderla y ayudar a entenderla. Sus cuatro bes son Bach, Beethoven, Brahms y Britten, pero le gusta recorrer y agotar todo el alfabeto.
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