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‘Astor, Piazzolla eterno’: un musical lleva al Teatro Colón la vida del gran renovador del tango

Fue marginado por sus pares y señalado como el “asesino del tango”. Un espectáculo le rinde homenaje en el mismo escenario que lo consagró

Astor, Piazzolla eterno: un musical lleva al Teatro Colón la vida del gran renovador del tango

“En Argentina todo se puede cambiar. Todo, menos el tango”. Con esa sentencia abre Astor, Piazzolla eterno, el musical que en el emblemático Teatro Colón de Buenos Aires recupera la historia de un músico extravagante, acusado inicialmente de destruir la esencia del tango, pero reivindicado luego como un revolucionario del género, capaz de modernizarlo y devolverlo al llano. Piazzolla, recordado por piezas como Libertango, Adiós Nonino o Balada para un loco, liberó al tango de los confines de las milongas porteñas más tradicionales y lo llevó a la juventud, a las radios comerciales, a la tribuna de los estadios.

Desde que se corren las espesas cortinas del telón, cada elemento que aparece sobre el escenario del Colón, el mayor teatro lírico de América Latina, encarna al músico. El director de la obra, Emiliano Dionisi, quiso que todos fueran Astor: los seis intérpretes, los dos bailarines, los músicos, el espacio mismo. Todos hablan con su voz, hecha de acordes y de retazos de testimonios que él dio a lo largo de su vida en distintas entrevistas.

Astor Pantaleón Piazzolla nació en 1921 en la ciudad costera de Mar del Plata, a 400 kilómetros de Buenos Aires, pero muy pronto se mudó junto a su familia a Nueva York. Le pidió a su padre una armónica cromática, pero él, en cambio, le compró por 18 dólares un bandoneón en una casa de empeño de Nueva York. Sin posibilidad de encontrar un profesor para ese instrumento a orillas del río Hudson, Piazzolla se aventuró solo a descubrir sus sonidos. Más adelante, estudió música en las principales capitales del mundo —donde fue reconocido antes que en Argentina— y, alentado por la maestra francesa Nadia Boulanger, puso todas sus herramientas técnicas al servicio del tango. “Yo no lo cambio, lo hago crecer”, respondía a aquellos que decían que la suya era una blasfemia: alterar el tango era como cambiar de religión.

“Piazzolla incorporó otro tipo de lenguaje al tango, nuevas influencias que vienen desde la música clásica a la más contemporánea del siglo XX; incorporó el contrapunto y la fuga, la improvisación jazzera, instrumentos que no se usaban como la guitarra eléctrica, la batería, el saxo. Extendió las formas, porque los tangos generalmente duraban tres o cuatro minutos y él hizo obras completas: conciertos, suites, de todo”, se entusiasma Nicolás Guerschberg, director musical de la obra, que permanece al piano sobre el escenario durante los 85 minutos que dura. “Piazzolla extendió el tango, lo pateó para adelante, lo trajo hasta el siglo XXI y por eso sigue teniendo vigencia”, concluye.

En honor a su protagonista, los directores armaron una apuesta disruptiva, un poco escandalosa desde la forma de narrar, de sonar y de ser escenificada. Es un musical, un género atípico para el Colón, que transcurre envuelto en una escenografía virtual que se proyecta desde una pantalla gigante, algo también inusual para un teatro que todavía hoy fabrica en sus talleres subterráneos toda la materia necesaria para sus puestas en escena. Las piezas de Piazzolla suenan por momentos interpuestas, fragmentadas, modificadas. “La idea era meternos en la cabeza de un hombre que no iba con la tradición. Habrá alguno que nos diga ‘asesinos de Piazzolla’, pero, bueno, a él le decían ‘asesino del tango’, así que algo bien estaremos haciendo”, apunta Dionisi.

El público se sorprende con una puesta que hace foco en el personaje y excede el repaso de su obra más anquilosada. Arranca aplausos entre escena y escena, sobre todo tras las interpretaciones de Natalia Cociuffo, Belén Pasqualini y Alejandra Perlusky, que destacan el rol de las mujeres en la obra. Este protagonismo femenino no desentona con el repertorio de Piazzolla —una de sus obras emblemáticas es María de Buenos Aires y algunas de sus piezas más icónicas son recordadas por la interpretación de Amelita Baltar, por ejemplo—, pero tampoco es una intención premeditada del director. “Ahora que veo el resultado final, siento que es casi un acto de justicia. Creo que el tango de Piazzolla hoy tendría voz de mujer”, dice. El elenco se completa con otras figuras destacadas del musical argentino como Federico Llambí, Rodrigo Pedreira, Nacho Pérez Cortés y la pareja de bailarines Alejandro Andrian y Victoria Rosario Galoto.

Astor, Piazzolla eterno es una coproducción del Teatro Colón con RGB Entertainment que, además de la puesta en escena y dirección de Emiliano Dionisi y la dirección musical de Nicolás Guerschberg, cuenta con la dirección artística de Tato Fernández. El espectáculo superó las 40.000 entradas vendidas antes de su estreno y cerrará su temporada este domingo con un registro de funciones a sala llena.

“¿Qué te creés, que estás en el Colón?”, lo bufaban a Piazzolla desde las pistas de baile porteñas cuando tocaba en clubes y milongas. Por eso la sala misma en la que transcurre el espectáculo, con sus butacas de terciopelo rojo y su cúpula pintada al óleo por Raúl Soldi, es también protagonista. Piazzolla estuvo sentado allí tantas veces, oyendo extasiado los ensayos de orquestas a los que sus amigos músicos lo dejaban entrar. Muchos años después, el Teatro Colón fue también el lugar donde sintió que finalmente había llegado a la cima. Fue la noche del 11 de junio de 1982, en la que se presentó con su Conjunto Nueve y la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. De impecable frac, recibió una larga ovación de pie del público argentino. Lo dejó él mismo registrado de puño y letra en un programa de mano del concierto, sobre el que le escribió un mensaje a su nieto, Pipi Piazzolla: “No te olvides nunca de la noche que tu noni triunfó”.

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