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Un lugar para escapar de la muerte en los barrios con más homicidios de Ecuador

Un grupo de mujeres abre las puertas de sus casas en Guayaquil como espacios de resistencia y esperanza en medio del caos y la violencia

Marielisa Baque toma en sus manos un cuadro con la fotografía de un adolescente de tez morena, con una sonrisa amplia, en un traje azul y unas zapatillas blancas impecables. En el retrato luce radiante, con toda la vida por delante. “Él es Mauricio. Venía a esta casa desde los tres años. Pero el 22 de diciembre nos lo mataron”, cuenta la mujer. Baque, como otras mujeres de Guayaquil, una de las ciudades más peligrosas del planeta, tiene las puertas de su casa abiertas de par en par para que nadie sea asesinado. Con Mauricio no lo logró.

No sabe con certeza si fue captado por alguna de las bandas que se disputan el barrio Flor de Bastión, en Guayaquil, uno de los tantos sitios en la ciudad en los que se habita en estado de guerra permanente, con esa incertidumbre a cuestas de ser una víctima más de la violencia. “Su madre está destrozada. Estaban comprando unos zapatos para la Navidad cuando unos tipos en moto lo secuestraron. Antes de que todo se tornara violento, él les pidió despedirse de su madre. Se acercó, le dijo: ‘Te amo mucho, mamá’, y se subió a la moto”, relata Marielisa. El cuerpo de su hijo apareció en un terreno baldío.

El crimen ha marcado a la comunidad y Marielisa Baque, que ha sido durante más de 25 años una figura central para su comunidad, intenta contener las emociones de sus amigos del barrio. Su casa, inacabada pero llena de vida, es un refugio para sus vecinos contra la violencia de las calles y la soledad que anida en los hogares, como el de otras mujeres que se han dedicado a la misma tarea: evitar que maten a sus vecinos, sobre todo a los más jóvenes. “Es difícil explicarles la violencia a los niños porque lo saben todo. Escuchan un ruido y dicen ‘tía, eso es bala”, cuenta. Una niña se acerca al escuchar la historia y sostiene el retrato de Mauricio: “A él lo mataron”.

Estas mujeres hacen lo que pueden en Ecuador, un país que ha vivido un deterioro de seguridad sorprendente en apenas cinco años por el crecimiento del crimen organizado. Una resistencia de David contra Goliat. Los carteles de la droga han puesto en jaque al Estado, infiltrándose en la política, la policía y la justicia. En medio de este caos, hay personas como Marielisa enfrentándose a este gran monstruo. ¿Cuál es su escudo? Una casa que aún está lejos de estar acabada. Algunas paredes dejan al descubierto los ladrillos. El piso es de cemento, y solo una parte está cubierta con acrílico para que los niños no se lastimen durante las clases de danza. Dos mesones conforman la cocina, siempre desbordada por las donaciones de comida que ella reparte entre los vecinos. El resto de la casa es un espacio amplio, sin divisiones, donde los niños reciben clases de pintura, se sumergen en talleres de creatividad o toman refuerzo escolar.

En las tardes, grupos de madres se reúnen para recibir capacitación sobre crianza positiva. También se organizan charlas sobre regularización migratoria, especialmente para los venezolanos del barrio. En el piso superior el ambiente es similar; al fondo, dos pequeñas habitaciones apenas tienen espacio para una cama en cada una. Allí duermen Marielisa, su hija y su nieto. El resto del espacio se convierte, una vez más, en un refugio para los niños que necesitan refuerzo escolar o simplemente un lugar donde no estar solos.

“Han venido personas con intenciones de ayudar y convertirlo en aulas, y esa no es la idea, porque debe sentirse no solo como su casa, sino también su hogar”, añade. “La ansiedad, la depresión y el estrés son factores que están ganando territorio en las familias”, explica. La mayoría de los niños presenta las mismas historias: hogares disfuncionales, padres que trabajan largas jornadas o que han migrado. Muchas otras personas están solas por los asesinatos y no tienen un espacio seguro para los niños, pero al final, todos esos problemas son la que le dan razones para sostener su casa.

A unos kilómetros de allí, en el barrio Isla Trinitaria, Inés Santos, con su turbante amarillo que se enreda en su cabeza, dirige una batucada con un grupo de chicos. En un barrio donde las bandas criminales ya no solo intentan reclutar a los jóvenes, sino que los arrancan directamente de sus hogares o colegios, Inés ha logrado lo que muchos consideraban imposible. Su fundación, Nia Kali, creada hace cinco años, se ha convertido en un refugio donde cientos de niños y adolescentes han encontrado un camino alternativo, lejos del crimen. Para Inés, conocida como “la tía Inés” por los niños, de una presencia serena y rotunda, hablarles desde el corazón es la clave. “Nosotros les damos consejos sin golpes ni insultos. Se puede dar el mismo mensaje de una forma diferente”, dice, sabiendo que su propia historia de violencia desde la infancia le ha permitido conectar con los chicos de una manera única.

Su propósito es enseñar a la comunidad a involucrarse de manera activa en la vida de los jóvenes. “El mayor problema es la ausencia de los padres en casa. Esto deja a los chicos demasiado tiempo en la calle, convirtiéndolos en presa fácil para las bandas”, explica Inés, quien también trabaja en la prevención de la violencia y el embarazo adolescente, utilizando actividades como el arte y el deporte para cambiar actitudes machistas entre los jóvenes.

Sin embargo, no todas las historias de lucha son tranquilas. En el Guasmo Sur, Mariuxi Borja, otra de las mujeres que encarna la resistencia barrial, sabe que la violencia acecha en cada rincón. El día que hablamos con ella, las bandas se disputaban el control del barrio, obligándola a abandonar temporalmente su casa. Pero, a pesar del peligro inminente, Mariuxi regresó a su comunidad, porque, como ella misma dice, “cuando la violencia explota, tienes que ser el brazo que sostiene a la gente”.

Hace diez años, Mariuxi comenzó con un pequeño salón para dar refuerzo escolar a los niños del barrio. Sin embargo, su propia historia de vida la llevó a involucrarse con adolescentes embarazadas, un tema que le duele en lo más profundo. “Mi hija adolescente quedó embarazada, pero tenía una familia que la apoyó, y ahora está en la universidad. No todas las niñas tienen esa suerte”, lamenta.

A través de su trabajo, Mariuxi ha logrado que más de un centenar de adolescentes regresen al colegio tras convertirse en madres. Su proyecto no solo se enfoca en la prevención del embarazo adolescente, sino también en erradicar la violencia y en reconstruir los vínculos familiares rotos. Sin embargo, el mayor desafío sigue siendo la falta de apoyo estatal, un vacío que ella llena con recursos propios, apoyándose en la empresa privada y en universidades.

La violencia interrumpió temporalmente su espacio comunitario, pero lo que más le preocupa es el hambre de alrededor de 150 adultos mayores a los que atiende a diario. Al regresar, se encontró con que ninguno de ellos se atrevió a salir a recoger el pan con yogurt y fruta que les había preparado. Sólo 80 personas, arriesgando sus vidas, se atrevieron a salir de sus casas tras días de confinamiento, con el miedo de ser alcanzados por una bala perdida. “La mayoría de la gente en el Guasmo vive del trabajo informal, de lo que gana cada día, así que hay una enorme preocupación por cómo están sobreviviendo”, explica, con la angustia palpable en su voz. Porque, como ella misma señala, su trabajo es el que debería hacer el Estado, que, a pesar de contar con la infraestructura necesaria, permanece ausente, especialmente en las crisis más graves.

“A veces le pedimos al Ministerio de Salud que atienda a las adolescentes y a sus hijos, que sufren de desnutrición crónica, y la respuesta es que sí, pero solo si nosotros llevamos a las chicas y movemos todos los recursos que ellos deberían tener”, señala Mariuxi, quien mantiene una campaña permanente para recolectar insumos tan básicos como colchones, porque algunas adolescentes dormían en el piso con sus bebés.

El trabajo de estas tres mujeres es un testimonio de resistencia, de amor profundo por sus comunidades. Mientras el Estado sigue ausente en los barrios más peligrosos de Guayaquil, ellas han logrado construir una red de contención para los más vulnerables, creando espacios donde la violencia se enfrenta con educación, arte y, sobre todo, esperanza.

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