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Brasil enfila un año electoral con Lula como favorito y la derecha desnortada sin Bolsonaro padre

El presidente izquierdista busca un cuarto mandato en octubre mientras proliferan los aspirantes en la oposición, que no ha decidido si irá unida o dividida

Elecciones Brasil

Hasta el pasado 3 de enero, el día que Estados Unidos decapitó al chavismo en una acción relámpago en Venezuela, un rosario de buenas noticias acompañaba al veterano Luiz Inácio Lula da Silva en la recta final de su tercer mandato como presidente de Brasil. Su estrategia de firmeza y diálogo ante el órdago arancelario de Donald Trump parecía funcionar. Mercosur y la Unión Europea por fin han alcanzado el acuerdo comercial por el que tan fuerte apostó. Los jueces castigaron con la cárcel la aventura golpista liderada por su principal rival, el ultra Jair Messias Bolsonaro, para sabotear el extraordinario regreso al poder del antiguo sindicalista. El país abandonó el Mapa del Hambre de la ONU. Y la pobreza, la desigualdad y el desempleo cayeron a mínimos históricos.

Brasil calienta motores para elegir en octubre presidente, los 27 gobernadores y renovar toda la Cámara de Diputados y parte del Senado. El líder del Partido de los Trabajadores parte, a sus 80 años, como favorito en las encuestas para conquistar un cuarto mandato ante una derecha totalmente desnortada.

Pero el ataque militar de Trump contra la vecina Venezuela trae el recuerdo infausto de anteriores injerencias y tutelas, dispara la incertidumbre y probablemente reverberará en los comicios brasileños. Por ahora, la reacción de los políticos brasileños ha seguido las líneas ideológicas. Lula y la izquierda condenan el asalto a la soberanía, mientras la derecha aplaude a Washington.

La principal incógnita de las presidenciales es si la oposición a Lula concurrirá unida en torno al bolsonarismo o dividida. El expresidente ultra, que cumple una larga pena por golpismo, ha designado precandidato a su primogénito, el senador Flávio Bolsonaro, de 44 años.

Bolsonaro hijo mediría en las urnas a Lula, que a los 80 años anhela prolongar su vida política con otra reelección. Ya gobernó entre 2003 y 2009 y, de nuevo, a partir de 2023. Aquellas declaraciones de que el regreso sería para un único mandato han quedado enterradas. La operación de emergencia por una hemorragia cerebral que sufrió al final de 2024 parece olvidada y cualquier temor a acabar como el estadounidense Joe Biden ha sido aparcado.

Solo un inesperado problema de salud lo apartaría de la carrera electoral. Por eso, controla con mano férrea su imagen pública, obra de su fotógrafo personal, siempre atento a mostrarlo activo y vigoroso. Ganar los comicios sería el regalo perfecto para su 81 cumpleaños, el 27 de octubre, dos días después de la segunda vuelta.

Lula apareció exultante en el mensaje navideño a sus compatriotas: “Fue un año difícil, con muchos desafíos. Pero todos los que animaron y jugaron contra Brasil acabaron perdiendo. El pueblo brasileño salió como gran vencedor”, proclamó en un símil futbolístico. “Tuvimos un desafío inédito: el tarifazo contra Brasil. Pero demostramos que estamos por el diálogo y que no huimos de la lucha”. Días después, exhibió su buena forma física con un vídeo en bañador desde una playa de Río de Janeiro, que gestiona la Marina, donde pasó la Nochevieja.

A Trump le salió el tiro por la culata con la campaña de presión contra Brasil para salvar a Bolsonaro, una de las peores crisis bilaterales en 200 años entre las dos democracias más pobladas de América. Las instituciones brasileñas no se amilanaron. “La democracia brasileña ganó el pulso con la superpotencia”, escribió el columnista Celso Rocha de Barros en Folha de S.Paulo. Todo eso fue antes de que EE UU interviniera en Venezuela para tutelar una transición chavista y lucrarse con el petróleo venezolano.

Lula hábilmente convirtió la injerencia de Estados Unidos en Brasil, instigada por el clan Bolsonaro, en la ocasión de envolverse en la bandera y defender la soberanía nacional mientras acusaba a los Bolsonaro de traición a la patria. Gracias al efecto bumerán de la maniobra de Trump, el izquierdista logró dar la vuelta a la odisea que afrontaba hace un año, cuando sufría lo indecible para gobernar y su popularidad era más baja que nunca.

Los sondeos de los últimos meses sitúan invariablemente a Lula como vencedor de las elecciones, pero también apuntan a que no será un paseo. La carrera se antoja reñida o muy reñida. En estos tiempos de volatilidad extrema, conviene no descartar sorpresas.

Pese a la hostilidad del Congreso, dominado por el bolsonarismo y la derecha clásica, Lula ha logrado sacar adelante su promesa estrella: la ley que elimina o reduce el impuesto de la renta a millones de brasileños de clase media, que tendrán más dinero para gastar. También ha resucitado o ampliado los programas sociales de su primera etapa en el poder, aunque a costa de un aumento del déficit público (8,1% del PIB) y la deuda (79%).

Mientras, Bolsonaro, recién trasladado a una prisión desde la comisaría donde estaba preso y aquejado de diversos problemas de salud, ejerce su poder político. Un poder menguante, pero que le mantiene como el líder de la derecha brasileña. El día de Navidad, el expresidente divulgó desde el hospital una carta manuscrita en la que, en tono mesiánico, daba el relevo a su hijo mayor. “Ante este escenario de injusticia, (…) Entrego lo más importante en la vida de un padre: mi propio hijo a la misión de rescatar nuestro Brasil”.

Las primeras encuestas tras el anuncio indican que Flávio Bolsonaro, de 44 años, hereda el grueso de los votos de su padre, pero Lula sigue victorioso. Nunca ha habido dudas de que Bolsonaro padre designaría al candidato de la derecha. Lo inesperado es que lo hiciera tan pronto. En cualquier caso, es la primera vez en tres décadas que a estas alturas no está completamente decidido quién se medirá en las urnas con el presidente en ejercicio.

Las élites económicas y la derecha incómoda con el bolsonarismo más reaccionario preferirían apartar a la familia Bolsonaro y que el candidato fuera el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, un antiguo ministro y militar de 50 años. La duda ahora es si Bolsonaro hijo, que se presenta como una versión moderada del patriarca, logrará consolidar una candidatura que una a la derecha o si la derecha clásica lanzará a algún gobernador como alternativa. La incógnita quedará resuelta para abril, cuando vence el plazo.

“Si el candidato fuera Tarcísio [el gobernador paulista], no se sabe qué ropa vestirá, si abrazará un discurso tecnócrata o un discurso bolsonarista”, apunta Lara Mesquita, politóloga de la Fundación Getúlio Vargas. Añade que “el centrão [el gran centro, una constelación de partidos sin ideología] tiene suficiente tamaño para decidir la elección”.

El gobernador de São Paulo no tiene prisa. Se deja querer por la derecha moderada, públicamente habla de buscar la reelección en el motor económico de Brasil y reafirma su lealtad absoluta a su mentor Bolsonaro. Su mensaje de Año Nuevo es de lo más elocuente: vestido con una camiseta de la Canarinha, explica de manera gráfica y simple el camino para tener un buen año. “¡La fórmula es simple! Feliz 2026 = Fora PT”.

Con un antipetismo bien arraigado, los brasileños que rechazan el trabajo del presidente (48%) casi igualan a los que lo apoyan (49%), según el último Datafolha.

Lula y el PT (el Partido de los Trabajadores) quisieran que la campaña girara en torno a la economía para presumir de bajar los impuestos al pueblo (con la contrapartida de subírselos a los ultrarricos) y convertir la justicia tributaria en su gran bandera junto al derecho a más tiempo de descanso con el mismo sueldo, los programas sociales y las obras de infraestructura.

Pero la derecha, que apoyó esa gran exención de impuestos, prefiere centrar el debate en la seguridad pública para vender su receta de mano dura frente a crimen organizado y la violencia. Mientras los gobernadores derechistas (y una mayoría de brasileños) celebran operaciones sangrientas como la desplegada en Río en noviembre contra el Comando Vermelho, que acabó con más de 120 muertos, el Gobierno de Lula defiende la estrategia de asfixiar económicamente al crimen organizado. Su modelo es la última gran operación contra el Primeiro Comando de la Capital (PCC), que desmanteló sin un solo tiro negocios lícitos con los que blanquea el dineral que gana con el narcotráfico.

La del Senado será una batalla clave. El bolsonarismo quiere asegurarse una mayoría suficiente en la Cámara alta para, desde allí, parar los pies al Tribunal Supremo —objeto de renovadas críticas por sus excesos, ahora que ha cerrado el capítulo del juicio contra Bolsonaro— e incluso destituir al juez Alexandre de Moraes.

Lula ya está en modo campaña electoral. Arenga a sus compatriotas diciendo que Brasil no puede permitir que “la extrema derecha fascista, negacionista, responsable de la muerte de 700.000 personas, vuelva a gobernar gracias a mentiras difundidas por Internet”.

Su avanzada edad posiblemente sobrevuele la campaña, pero la politóloga Mesquita pronostica que no tendrá un peso enorme para el electorado. Los brasileños ven a su presidente en forma, muchos le ponen menos años de los que tiene. Y él cultiva esa imagen mientras repite que se siente como un chaval de 30 años y confía en vivir hasta los 120. En caso de ganar de nuevo, “sería un presidente con menos energía y tendría que priorizar más”, apunta la politóloga.

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Sobre la firma

Naiara Galarraga Gortázar
Es corresponsal de EL PAÍS en Brasil. Antes fue subjefa de la sección de Internacional, corresponsal de Migraciones, y enviada especial. Trabajó en las redacciones de Madrid, Bilbao y México. En un intervalo de su carrera en el diario, fue corresponsal en Jerusalén para Cuatro/CNN+. Es licenciada y máster en Periodismo (EL PAÍS/UAM).
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