Venezuela se abre al mundo
Tras años de choques y rupturas, el chavismo busca recomponer relaciones con decenas de países

Hace apenas unas semanas, la escena habría sido impensable. El embajador alemán, Völker Pellet, estrechaba la mano del ministro del Interior, Diosdado Cabello, en el palacio presidencial de Miraflores. Un mes antes, Cabello, uno de los hombres fuertes del chavismo, había dedicado al diplomático alemán parte de su programa de televisión, donde suele ridiculizar y amenazar a quienes considera adversarios. Dijo haberlo visto “tranquilazo” por Caracas y mostró fotos de sus redes sociales paseando por el Waraira Repano, el cerro Ávila que domina la ciudad, para burlarse de la advertencia de Alemania sobre los riesgos de viajar a Venezuela en plena escalada con Washington. Hoy, ese mismo embajador es recibido oficialmente en el corazón del poder chavista.
Hace apenas un año, Venezuela expulsaba diplomáticos. Hoy, los recibe en el palacio presidencial. Algo se ha movido desde el ataque del 3 de enero y la captura de Nicolás Maduro. Después de años de relaciones rotas, acusaciones de injerencia y choques con medio mundo, el chavismo mira hacia fuera. “Venezuela se abre a un nuevo momento político, que permita el entendimiento desde la divergencia y desde la diversidad política ideológica”, dijo la nueva presidenta del país, Delcy Rodríguez.
La velocidad ha sorprendido. En apenas unos días, Rodríguez activó una agenda que nadie esperaba tan pronto: llamadas a líderes internacionales, promesas de viajes oficiales, reuniones con embajadores y mensajes de reapertura. “Hay mucha esperanza en que esta nueva etapa cambie el paradigma y se abra al mundo”, dice una alta fuente diplomática europea. “Por eso, y pese a todo, seguimos hablando”.
Apenas nueve días después del ataque que terminó con Maduro y su esposa, Cilia Flores, en una prisión de Nueva York, representantes de la Unión Europea, del Reino Unido y de Suiza acudieron a Caracas a una reunión convocada por Rodríguez. Tras el encuentro, la presidenta escribió en Instagram que Venezuela tenía “la firme voluntad de avanzar en una agenda de relacionamiento internacional”. En paralelo, el Gobierno venezolano empezó a preparar la reapertura de su embajada en Estados Unidos y a explorar la vuelta de la misión estadounidense a Caracas, cerrada desde 2019. Enviados de ambos países han ido y venido estos días entre Washington y Caracas, un movimiento impensable hasta hace muy poco.
Durante años, cada crisis política interna acababa traduciéndose en un choque diplomático. Europa, América Latina y Estados Unidos fueron, en distintos momentos, el adversario. Hubo expulsiones, retiradas de embajadores y hasta restricción de movimientos a los diplomáticos. El aislamiento dejó de ser excepcional. “Venimos de un enfriamiento generalizado”, explica una fuente diplomática de un país europeo que retiró a su embajador en Caracas. “La UE no reconoció las últimas elecciones ni la victoria de Maduro y existía un gran enfado por la represión política. Y nosotros siempre hemos sido coherentes: no simpatizamos con ninguna dictadura”.

La hemeroteca está llena de referencias a crisis diplomáticas, más o menos graves. En 2019, cuando más de 50 países reconocieron a Juan Guaidó como presidente encargado, varios Estados enfriaron relaciones o cerraron sus sedes. Estados Unidos clausuró su embajada y cientos de miles de venezolanos en el exilio quedaron en un limbo sin representación consular en los países a los que emigraron. La diplomacia dejó de acudir a actos oficiales. El chavismo dejó de asistir a recepciones de Estado. Los canales directos se cortaron. El mundo se volvió estrecho para Venezuela.
Para muchos embajadores, el trato cotidiano con el poder se convirtió en una pared. Incluso la mediación para liberar a ciudadanos extranjeros detenidos o prestar asistencia consular básica pasó a depender de una diplomacia fina, por canales no oficiales. Al mismo tiempo, varias legaciones escribieron parte de la historia reciente del país. Desde 2017, algunas residencias diplomáticas sirvieron de refugio para dirigentes opositores. En la del embajador de Chile llegaron a resguardarse hasta seis, entre ellos Freddy Guevara, que pasó tres años allí antes de abandonar el país tras una negociación con el Gobierno.
El episodio más delicado se vivió en la embajada de España. En abril de 2019, el dirigente opositor Leopoldo López escapó de su arresto domiciliario y se refugió en la residencia del embajador, Jesús Silva —fallecido el año pasado—, que durante su misión intentó ejercer como mediador entre el chavismo y la oposición. López permaneció allí más de un año y se convirtió en el elefante en la habitación de las relaciones bilaterales. Los servicios de inteligencia vigilaban de forma permanente la quinta del Country Club caraqueño. Aun así, logró huir al exilio en España con la colaboración directa del embajador y su familia.
Con el paso del tiempo, y tras varias crisis de estabilidad que pusieron a prueba al chavismo, la diplomacia europea empezó a buscar fórmulas para moverse dentro del atrincheramiento de Maduro. La decisión de los 27 de mantener solo encargados de negocios —una forma de rebajar el reconocimiento político— comenzó a agotarse hacia 2022, cuando la oposición volvió a quedar descabezada por la represión. Para entonces, Maduro ya había expulsado a la embajadora de la Unión Europea con un ultimátum de 72 horas. Aun así, Portugal dio el primer paso y presentó cartas credenciales. Hubo un apretón de manos tras años de evitarlos. Luego vinieron España, Francia, Alemania. Esta misma semana, Italia anunció que haría lo mismo tras la excarcelación de varios de sus ciudadanos.

El ostracismo tuvo un precio alto para decenas de detenidos extranjeros. Sin diálogo con el régimen, muchos países tuvieron dificultades para sacar a los suyos de las cárceles venezolanas. Y no eran pocos. Durante el último año, las detenciones arbitrarias de ciudadanos extranjeros se convirtieron en una palanca de presión diplomática. El Gobierno venezolano veía conspiraciones internacionales, mientras que las organizaciones de derechos humanos denunciaron un patrón: arrestos utilizados como fichas de cambio en negociaciones bilaterales.
Venezuela despliega ahora su diplomacia, pero el régimen sigue cercado por las sanciones. Y sus relaciones con el mundo siguen condicionadas por el entramado de restricciones que Estados Unidos mantiene sobre el sistema financiero y petrolero, diseñado para aislar al núcleo del poder chavista y limitar su acceso a divisas. La Unión Europea también conserva medidas selectivas contra 69 dirigentes del chavismo, entre ellos la propia Delcy Rodríguez, además de congelaciones de activos, prohibiciones de viaje y un embargo de armas.
España ha sido uno de los países que más ha impulsado ese régimen de sanciones, aunque ahora abre la puerta a revisarlo. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha defendido en una entrevista con EL PAÍS que, si Caracas da pasos hacia una salida democrática, “lo lógico” sería que esas medidas empiecen a desaparecer. Albares ha señalado incluso que la situación de Rodríguez merece una “reflexión casi automática”, dado que la Unión Europea evita sancionar a quien ejerce la jefatura del Estado para no romper la interlocución. La idea de una nueva etapa empieza a tomar forma.
Los movimientos actuales han llamado la atención. “Me sorprendió ver a Delcy Rodríguez reunida con los embajadores”, dice desde Lisboa Isabel Santos, exeurodiputada portuguesa y jefa de la misión de observación electoral de la UE en 2021. “La Venezuela chavista que yo conocí podía ser muy volátil. Todo dependía de qué sectores tenían más peso. Cuando los más radicales ganaban terreno, todo se cerraba”.
Otros miran la escena con más distancia. “Yo mantendría la cautela”, advierte un exembajador europeo que estuvo destinado varios años en Caracas. A su juicio, reuniones como la de estos días no son inéditas. “Delcy quiere mandar un mensaje. Insiste en la idea de normalidad. En que no hay vacío de poder. En que el chavismo ha cerrado filas y que ella está exhibiendo ese control. Le está diciendo al mundo que quiere buenas relaciones con todos, pero está por ver qué nueva etapa se abre realmente”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.








































