Trump convierte el espacio aéreo de Venezuela en otro campo de batalla
Apenas un puñado de aeronaves salpica el cielo venezolano, donde Washington ha creado de facto una zona de exclusión. El aislamiento alimenta así la presión política

El cielo de Venezuela se ha convertido en otro frente de guerra. Una guerra aún no declarada formalmente por Estados Unidos. Desde hace una semana, lo que parecía un elemento más de la ofensiva híbrida de Washington contra Caracas se ha transformado en un campo de batalla inmenso y silencioso que aísla al país. El espacio aéreo venezolano es ahora escenario de amenazas, advertencias, vuelos cancelados y maniobras militares que alimentan un pulso de desenlace incierto entre los dos países.
Al filo de las 13.00 del domingo, hora local, los rastreadores de tráfico aéreo mostraban una imagen inusual: solo siete aeronaves cruzaban el cielo de Venezuela: un puñado de avionetas civiles, algún vuelo comercial que todavía mantiene su ruta y un avión de la Fuerza Aérea bolivariana. En esos mapas saturados de diminutas aeronaves de colores, Venezuela destaca como un enorme agujero negro. Por primera vez en mucho tiempo, un cielo antes cuajado de conexiones internacionales aparece estos días convertido en un territorio vedado. El mensaje de Donald Trump —que el sábado se arrogó el derecho a declarar el “cierre total” del espacio aéreo venezolano— es claro: Caracas se queda sola también en el cielo.
La estrategia de Washington apunta precisamente a ese vacío: convertir el aislamiento aéreo en un instrumento más de presión política. Menos mercancías, menos movilidad, más incertidumbre. Imponer una zona de exclusión no parece una medida que Trump pueda ejecutar desde el Despacho Oval, pero funciona como advertencia. Para todos. Induce a las aerolíneas a evitar la ruta, alimenta la percepción de riesgo y reduce el cerco simbólico al que tiene sometido al Gobierno de Nicolás Maduro.
Estados Unidos ha usado el espacio aéreo como instrumento de coerción en otras crisis internacionales —desde las restricciones de vuelo sobre Irak en los noventa hasta la presión aérea sobre Libia o Siria en fases de mayor tensión—, pero rara vez de forma tan unilateral y tan directamente vinculada a una disputa hemisférica. “El hemisferio occidental es la vecindad de Estados Unidos, y la protegeremos”, dijo hace unas semanas Pete Hegseth, secretario de Defensa de Donald Trump, al anunciar el comienzo de la operación militar Lanza del Sur, que tiene en la mira al narcotráfico pero, sobre todo, a Venezuela.

La ofensiva norteamericana, con un despliegue militar inédito en el Caribe y meses de bombardeos a supuestas narcolanchas que han dejado más de 80 muertos, mantiene al régimen chavista en alerta. Con demostraciones de fuerza constantes. Con mensajes de unidad. Y con advertencias de que se defenderán hasta las últimas consecuencias.
El jueves, el ministro de Defensa de Nicolás Maduro, Vladimir Padrino, publicaba un vídeo en Instagram en el que mostraba maniobras de aeronaves militares. Era una publicación con motivo del Día de la Aviación Militar Bolivariana, pero contenía un mensaje contundente de Padrino: “Estamos dispuestos a defender nuestro cielo patrio. Estamos listos para dar respuesta a cualquier agresión contra el pueblo de Venezuela, contra su soberanía y contra su integridad territorial. La aviación militar bolivariana sabe que tiene que golpear duro donde tenga que golpear. ¡Golpear y vencer!”.
El anuncio de Trump el sábado fue calificado por parte del chavismo como “acto hostil”, como “una amenaza explícita de uso de la fuerza”. Mientras tanto, Estados Unidos ha continuado sus sobrevuelos cerca de la costa venezolana. Aviones caza F18 se vieron el mismo sábado cerca del Estado de Falcón, en el occidente del país. A lo que la Fuerza Armada Bolivariana respondió desplegando un nuevo sistema de defensa antiaérea en la ciudad de Lecherías, en el oriente venezolano.
La región observa con inquietud el giro que ha tomado la crisis. Los mandatarios latinoamericanos temen una escalada, un conflicto bélico y, en consecuencia, una nueva crisis humanitaria que empuje —otra vez— a cientos de miles de venezolanos hacia sus fronteras. Desde México hasta Buenos Aires, los gobiernos siguen con atención la deriva del conflicto con el temor y la incertidumbre de que en cualquier momento —y por cualquier circunstancia— puede tensarse un escenario ya inflamable.
“Basta un tiro para empezar una guerra, pero nadie sabe cómo acaba”, avisó el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva. Al mismo tiempo, no se descarta la posibilidad de que nada pase, de que las cosas se resuelvan —no se sabe de qué manera— por la vía diplomática.
En Bogotá, el presidente Gustavo Petro se ha convertido en el principal crítico de la estrategia de Trump de ganar hegemonía en el continente. El mandatario colombiano cuestionó públicamente este domingo el anuncio del republicano sobre el cierre de facto del espacio aéreo de Venezuela. Petro pidió la intervención urgente de la Organización de Aviación Civil Internacional y de la Unión Europea. “Si un presidente extranjero puede cerrar el espacio aéreo de otro país sin norma que lo avale, entonces la soberanía nacional deja de existir”, advirtió.
“El cierre del espacio aéreo de Venezuela es completamente ilegal”, sentenció el presidente colombiano en su cuenta de X, su plataforma favorita para opinar de cualquier asunto. Colombia tiene razones para preocuparse: comparte más de mil kilómetros de frontera con Venezuela y cuatro millones de venezolanos han emigrado al país buscando refugio. La relación de Petro con Trump, además, ha alcanzado cotas de hostilidad inéditas.

En apenas una semana, el tablero aéreo ha cambiado de forma vertiginosa. La crisis del cielo venezolano se remonta al 21 de noviembre, cuando la Administración Federal de la Aviación de Estados Unidos (FAA) emitió una advertencia de peligro por el incremento de operaciones militares en el espacio aéreo de Venezuela. Desde entonces, la tensión entre ambos países volvió a dispararse.
Las autoridades aeronáuticas de Colombia fueron las primeras en recomendar a sus aerolíneas no volar hacia o desde Caracas, aunque Bogotá se mantiene como la ruta preferencial para sacar del país a turistas varados. A la advertencia norteamericana se sumó la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (AESA) española, que recomendó suspender rutas hasta, al menos, este lunes 1 de diciembre. Las alertas provocaron una cascada de cancelaciones de las compañías Air Europa, Plus Ultra, Iberia, Turkish Airlines, Avianca, LAN, Gol y TAP.
La precaución de las aerolíneas fue tomada por Venezuela como un apoyo a “acciones de terrorismo de Estado promovidas por el gobierno de Estados Unidos”. Y, en respuesta, revocó las licencias de todas las compañías que suspendieron sus vuelos. Así las cosas, la crisis de conectividad aérea que enfrenta el país desde hace varios años gana un nuevo y grave episodio. En la actualidad, Venezuela solo tiene conexión con Bogotá, Ciudad de Panamá y algunas Antillas.
El aislamiento aéreo también está desfigurando la vida cotidiana en vísperas de las fechas navideñas. La suspensión de vuelos internacionales ha dejado a cientos de pasajeros varados dentro y fuera del país. En el aeropuerto madrileño de Barajas, decenas de venezolanos han dormido en los pasillos a la espera de encontrar una forma de regresar a su país. La panameña Copa Airlines es la principal compañía que mantiene conexión con Venezuela, pero en atención al mensaje de Trump del sábado ha extremado sus protocolos de seguridad y solo está sirviendo vuelos diurnos.
Los operadores turísticos rusos, que mantienen vuelos chárter regulares de Moscú a la isla Margarita, también han suspendido su programación. “La reanudación del programa de vuelos a Venezuela está prevista después de que la situación se normalice”, señala una nota de prensa en el portal de la Asociación de Operadores Turísticos de Rusia. A los viajeros que habían comprado paquetes para el 1 de diciembre se les ha ofrecido ahora como destino Varadero (Cuba). Los turistas rusos que están actualmente en la isla venezolana, señala la organización, regresarán a Moscú en las fechas previstas inicialmente.
La crisis aérea ha requerido del chavismo algo más que retórica y simbolismo. La vicepresidenta Delcy Rodríguez informó el sábado de que activarán “un plan especial” para el retorno de venezolanos varados y la salida de quienes deban viajar, pero no dio detalles de cómo se implementará. Los dos vuelos semanales de migrantes repatriados desde Estados Unidos también han sido suspendidos. Rodríguez responsabilizó a la líder opositora y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, de haber solicitado el bloqueo del espacio aéreo y a Washington de “complacerla”.
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