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Democratizar la música clásica: la misión que persigue la Sociedad Boliviana de Música de Cámara desde São Paulo

El proyecto congrega a intérpretes bolivianos repartidos por el mundo para despojar al género de su aire colonial y articularlo con la cultura del país andino

Camila Barrientos y Bruno Lourensetto, en la Sala São Paulo, en São Paulo, Brasil, el 29 de enero.Maira Erlich

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El objetivo es claro: acercar la música clásica a la comunidad. Que tu abuelo o tu tía, que jamás han oído de Tchaikovsky o Brahms, asistan a un concierto sin sentir que se está profanando un templo. Camila Barrientos y Bruno Lourensetto, pareja fundadora de la Sociedad Boliviana de Música de Cámara, creen que la música clásica debe dejar de pertenecer solo a una clase. Su partitura, así, se desenrolla por igual frente a clarinetes Buffet Crampon —los más reputados del mundo—, como ante pianos de una sola pata. Tanto en los grandes salones como en modestas instalaciones municipales. Incluso vía WhatsApp.

“Para que yo sea un músico exitoso en cualquier parte del mundo, tengo que estar tocando para el 5 % de la población. Es raro encontrar a alguien en el público que se parezca a mi familia”, dice el trompetista Lourensetto (Santo André, Brasil, 40 años), en un español andinizado.

La Sociedad Boliviana de Música de Cámara nació con esa reflexión doce años atrás, en Nueva York. La clarinetista Barrientos (Cochabamba, Bolivia, 40 años) era una estudiante en Estados Unidos cuando se dio cuenta de que muchos músicos bolivianos formados en instituciones extranjeras no tenían un espacio a donde regresar. Virtuosos con el pasaporte saturado de sellos, aquellos intérpretes colisionaban contra la falta de infraestructura y un desdén institucional capaz de triturar las teclas del piano del mismísimo Franz Liszt.

Así empezó una partitura del retorno por la que Barrientos y Lourensetto, desde São Paulo, ciudad donde residen y que alberga a la mayor cantidad de migrantes bolivianos en Brasil, congregan a músicos compatriotas repartidos en diferentes lugares del mundo para mover el sonido más allá de los ámbitos tradicionales. El espíritu flexible de la música de cámara encaja a la perfección con la identidad trashumante de los artistas: si muchas veces la orquesta sinfónica opera bajo la misma jerarquía rígida de una oficina, la cámara es un laboratorio de libertades. Al prescindir de un director, el ensamble se convierte en una democracia de intensidades donde el poder no se dicta desde un podio, sino que se negocia en cada mirada y en cada respiración compartida.

“No queríamos tener un jefe, un director. Queríamos ser dueños de nuestra música”, señala Barrientos, que también trabaja como primer clarinete en la Orquesta Sinfónica Municipal de São Paulo. “Siempre te preparas para entrar a una orquesta. Y eso es lindo. Pero a veces se vuelve como una rutina muy oficial, casi de oficina. Entonces, si la orquesta es la oficina, la música de cámara es algo así como la casa”, agrega Lourensetto con la experiencia que da haber tocado en México, Europa y Estados Unidos. Los músicos son escogidos dependiendo del proyecto. Las presentaciones alternan entre Bolivia y Brasil, en una suerte de coreografía fronteriza que, de tanto moverse, termina por fusionar los espacios.

Alentada por la “química fantástica” que surge en los ensayos y conciertos, Barrientos cuenta que algo que une a los músicos —que deben viajar desde lugares como Suecia, Alemania o Bolivia— son las luchas compartidas, que se nutren desde posturas políticas hasta experiencias relacionadas con la escasa infraestructura cultural de los países latinoamericanos. Esa hermandad se extiende incluso a los músicos invitados que no nacieron en Bolivia: “Contamos con Brusk Zanganeh, un músico kurdo que vive en Suecia. Cuando lo conocimos, él había viajado desde Gotemburgo hasta Bolivia en por lo menos cinco vuelos. Cuando aterrizó en Cochabamba, dijo: ‘Esto se parece a mis montañas’. Nos unen historias parecidas”.

Uno de sus proyectos más memorables fue Música para respirar, iniciado durante la pandemia de covid-19. Mediante videollamadas personalizadas, músicos de Bolivia y Brasil interpretaban miniconciertos gratuitos para pacientes en situación crítica y familiares en duelo. El proyecto alcanzó alrededor de 5.000 personas de más de cuarenta países en su primer año, lo que le valió el Alumni Enterprise Award, otorgado por la organización californiana Music Academy of the West.

La Sociedad también intenta articular la cultura boliviana dentro del espectro de la música clásica. Su ópera Matilde: En las ojeras de la noche, escrita por cinco guionistas bolivianas, homenajea a la poeta y cantautora boliviana Matilde Casazola, una figura central de la cultura contemporánea del país. Para Barrientos, rescatar lo boliviano es importante no solo por motivos musicales, sino también personales: “Yo tengo un hijo mitad boliviano y mitad brasileño. Por eso para mí es increíble que él pueda tener en el canon de la música una ópera escrita por mujeres bolivianas sobre un personaje fantástico con tantas complejidades como es Matilde”.

Esa búsqueda reivindicatoria también se manifiesta en el Festival Ecos Latinoamericanos, evento anual organizado por la Sociedad que, según Lourensetto, responde a la interrogante: “¿Por qué São Paulo, la mayor ciudad en América del Sur, no tiene un festival de música clásica latinoamericana?” El evento, que este año cumplirá su segunda edición, reunió en noviembre de 2025 a veintinueve músicos de nueve países, entre los que destacó la participación del charanguista boliviano Álvaro Quisbert y la cantautora peruana Susana Baca.

Según sus organizadores, el festival juega a despojar al género de su aire colonial, mezclando la precisión de los conservatorios con el pulso indomable de la geografía latinoamericana. Su intención es abrir la música clásica y llenarla de preguntas que acechan el mundo contemporáneo. “Para el festival también encomendamos una obra llamada Migraciones a la acordeonista brasileña Lívia Mattos. La idea era dialogar sobre lo que significa migrar ahora, qué significan las fronteras, por qué las vivimos de una forma tan divisiva”, agrega Bruno.

La Sociedad Boliviana de Música de Cámara funciona como un ecosistema donde la migración, la música clásica y la empatía cohabitan en un mismo plano. La obsesión por cuestionar las hegemonías musicales maniobra los instrumentos de Barrientos y Lourensetto, que cuando no se dedican al proyecto, están tocando en teatros de todo el mundo, y parecen no tener límites. “En nuestros festivales”, dice Barrientos, “ofrecemos conciertos para bebés de cero a tres años”. En estas sesiones, los niños exploran libremente sobre el escenario mientras se sumergen en un repertorio latinoamericano. La apuesta es política y sensorial: se busca que el primer contacto sonoro de un niño nacido en América Latina sea con compositores de la región antes que con el canon europeo de Mozart o Brahms.

“Cuarenta bebés en el piso con su acompañante. Los músicos también en el piso. Había una tensión y pensamos que no iba a funcionar”, dice Lourensetto emocionado. “Al final ha sido un éxito. Fue una construcción familiar cultural”.

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