Ir al contenido
_
_
_
_
En colaboración conCAF

El Darién busca sustituir a los migrantes por turistas

Un año después de que la ruta entre Colombia y Panamá quedara inactiva, los pueblos que vivían de la venta de insumos y el traslado de migrantes promocionan sus playas y su exuberante selva

Bañistas en Capurganá, Chocó, Colombia.

EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.

La primera vez que Gabriel Pimentel cruzó el Darién lo hizo descalzo. Salió desde Falcón, Venezuela, hace tres años. Llevaba un pequeño bulto a cuestas, varias mudas, dos pares de zapatos, un bolsillo impermeable donde guardaba menos de 300 dólares y un título universitario como docente por el que recibía un sueldo mensual inferior a seis dólares. Las deportivas que llevaba al principio de la travesía por la selva que une Colombia con Panamá se las regaló a un papá que viajaba con tres niños, al que se le perdieron las botas. “Siempre había alguien que iba peor que uno”, cuenta. Nunca imaginó que poco después de llegar a Estados Unidos daría media vuelta y volvería a atravesar la inhóspita jungla para regresar a una Venezuela mucho más incierta de la que salió.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca lo cambió todo. El endurecimiento de las solicitudes de asilo, las restricciones fronterizas y la ‘cacería de migrantes’ por parte del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) desincentivaron a prácticamente al 99% de los migrantes que, hace poco más de un año, llegaban por cientos de miles. En 2023, esta mortal ruta vio pasar a más de medio millón de inmigrantes de 70 nacionalidades distintas. “Hoy, los poquitos que vienen son retornados”, cuenta Maxibel Sánchez, una mototaxista venezolana afincada en el extremo norte de Colombia. “Pero lo que queremos que lleguen son turistas”.

El principal reto de Capurganá y de Necoclí (al otro lado del Golfo de Urabá) es cambiar el imaginario colectivo del Darién y sustituir las imágenes de miles de personas aterrorizadas, con barro hasta las rodillas, los pies destrozados, por el de sus exuberantes playas y montañas. “La dinámica migratoria cambió y nos estamos ganando la confianza del turista. Este territorio tiene mucho más que aportar, tenemos gran facilidad en mostrarle al mundo nuestra belleza y las experiencias alrededor de la naturaleza y la identidad”, explica Yimy Leiter Aguilar Mosquera, secretario de desarrollo económico y recursos naturales del departamento del Chocó. La frondosa selva también olvidó a los migrantes. Muchos de los senderos antes delimitados a machetazos están ahora cubiertos por infinitos tonos de verde. Apenas alguna linterna enlodada, paquetes de azúcar vacíos y cobijas de bebés recuerdan que esta fue una vez la travesía más peligrosa de América Latina. Acandí atrajo 6.500 turistas mensuales en temporada alta de 2025 y mantuvo su ocupación hotelera cerca del 85%.

Pimentel, de 25 años, no reconoce a la Capurganá actual. Cuando migró en 2023, este pequeño pueblo de menos de 2.000 habitantes era un río de “personas de todos los colores” que acampaban en las orillas o se apelotonaban en las humildes habitaciones de hotel. Recuerda cómo los vendedores ambulantes que ahora ofrecen jugos de mango y zapote, anunciaban botas de caucho y pastillas para potabilizar el agua. “El negocio de todo esto éramos nosotros”, zanja. Detrás de él, dos turistas enrojecidas por el sol posan para un selfie frente a gigantes letras blancas con el nombre de la comunidad. “¡Cheese!”, dice una de ellas, con trenzas y crocs de colores.

Rafael Méndez recorre el pueblo en un destartalado tuktuk. En este vehículo cargaba el equipaje de decenas de inmigrantes que necesitaban que los acercara hasta el principio de la ruta. Ganaba alrededor de 700.000 pesos por persona, unos 180 dólares. Como él, don Elber usaba sus caballos para llevar a mujeres a La Miel o El Paraíso —a escasos pasos de Panamá—, don Rafael Bello tenía su posada repleta de familias y don Carlos llenaba las lanchas en cada trayecto. Los aportes que cada uno hacía a la junta de acción comunal subvencionaron la única vía asfaltada de Capurganá y la construcción del parque.

Muchos de estos recursos también salían de precios abusivos de quienes se aprovechaban de la situación de vulnerabilidad de los migrantes. Las habitaciones que costaban 90.000 pesos la noche, empezaron a rondar los 200.000 (de 25 a casi 50 dólares) y los almuerzos no bajaban de 50.000 pesos (unos 12 dólares). “Sí, es cierto que algunos subían el precio, pero dígame si a esta comunidad no le hace falta la plata también. A nosotros también nos abandonó nuestro Estado”, se defiende Rafael, vecino y representante del colectivo de empresarios. “Los migrantes dejaban plata, los retornados no dejan sino basura”.

La bonanza duró poco. La política migratoria de Trump también frenó en seco el motor económico de Capurganá y Necoclí. Sólo quedan los ahorros de quienes guardaron algo de dinero y los carteles desteñidos por el sol de la Organización Internacional de las Migraciones, que en su momento fueron útiles. “Proteja sus documentos de identidad del agua y la humedad (...) No los entregue a desconocidos”, se lee en uno.

“Ya no quiero ningún sueño americano”

En esta mañana de finales de noviembre, en la oficina de migración de Capurganá, solo está el vigilante pegado a un ventilador. Casi a mediodía, la de Necoclí sigue cerrada, con las fregonas y las escobas adentro. Nada que ver con las filas interminables de quienes solicitaban asilo antes. Freymar Figueroa, 30 años, espera a que se termine de cargar su celular en una tienda de ropa. También está volviendo a Venezuela tras dos años en Estados Unidos. “Ya no quiero ningún sueño americano. Sólo quiero abrazar a mi madre”, dice entre lágrimas. Su paso por México, cuenta, fue peor que atravesar la selva. “Me hicieron de todo”, dice con la mirada puesta en el mar.

Este territorio pertenece al Chocó biogeográfico, una región que los académicos presumen que atesora el 10% de la biodiversidad del mundo. Su riqueza tiene que ver con una cadena de motivos únicos: el acceso al Océano Pacífico y al mar Caribe, ser un puente de conexión entre el norte y el sur del continente, el aislamiento que proporcionó la Cordillera Occidental de los Andes, la confluencia de vientos alisios que lo convirtieron en una de las zonas más lluviosas del mundo. El Darién es para los biólogos un sueño donde explorar y registrar decenas de especies nuevas, por lo poco que se le conoce. “Es un gran destino de turismo científico”, narra en una expedición Saúl Hoyos, biólogo colombiano. Jaguares, tucanes, coloridas ranas y monos aulladores ponen banda sonora a una selva que culmina en las playas cristalinas de Capurganá.

El Chocó no es el único departamento de Colombia que está apostando por el turismo. El país se ha posicionado como el más visitado de Sudamérica (con 5,3 millones de turistas extranjeros), un crecimiento del 56% durante los primeros nueve meses de 2025, lo que muestra que los visitantes también se están zafando del recuerdo del conflicto armado que azotó el país por más de 60 años.

La lancha de mediodía está a punto de zarpar en Capurganá. Un puñado de locales juegan parqués (parchís) frente al puerto, ajenos al afán de los turistas. Estos, embadurnados en crema de sol, confirman en qué bote están guardando su equipaje. Van subiendo atropelladamente, se colocan los chalecos salvavidas y toman las últimas fotos frente a las majestuosas playas. “Esperemos que todos hayan encontrado en Capurganá lo que andaban buscando; algo de descanso”, dice el guía mientras se llena el barco.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_