A Coruña y el Caribe: el pasado esclavista y silenciado de la ciudad gallega se convierte en exposición
La muestra, exhibida en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, recuerda que hay registradas 84 expediciones de explotación vinculadas a este puerto. Entrevista con sus creadoras
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“A Coruña mira al Atlántico desde hace siglos. En esa geografía —el puerto, la aduana, las rutas comerciales, los apellidos inscritos en calles y placas— se asentó buena parte de su prosperidad. Pero ese relato urbano, repetido como orgullo patrimonial, ha silenciado una conexión decisiva: la participación de élites gallegas en la trata transatlántica de personas esclavizadas no blancas y su impacto material en la ciudad”, explican Cristina Botana (de 41 años) y Zinthia Álvarez Palomino (de 38 saños) conversando con América Futura. “Esta es la tesis central que atraviesa su exposición A Coruña: Porto Negreiro, inaugurada el 18 de diciembre en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología (MUNCYT) y abierta hasta el 28 de febrero de 2026. El montaje es el cierre de la iniciativa A Coruña entre memorias: Historia, colonialismo e identidad, una propuesta realizada en 2025 y financiada mediante un premio a proyectos singulares de la Diputación de la ciudad española que busca analizar críticamente la memoria colectiva de la ciudad, abordando las interdependencias entre Galicia y el mundo colonial y poscolonial”
Lejos de una revisión académica encapsulada, el proyecto sitúa el vínculo de la ciudad con África y las antiguas colonias españolas en las Américas, en el espacio urbano y en el presente. Así las conecta con debates internacionales sobre museos, reparación y continuidad del racismo estructural. Sus creadoras, Botana, gallega, y Álvarez, que vive en A Coruña, pero es originaria de Maracaibo, Venezuela, recuerdan que “Galicia y España no son espacios homogéneos ni blancos”.
Pregunta. ¿Cómo nace este proyecto y desde dónde se encuentran sus miradas?
Botana: Yo vengo de la arquitectura y el urbanismo, pero trabajo desde hace años sobre memoria y ciudad. Me interesa analizar cómo el espacio no es neutro: como consolida jerarquías de poder, raciales y de género. Conocí a Zinthia desde lo personal, pero compartíamos muchas afinidades políticas e intelectuales. Cuando surgió la oportunidad de presentar este proyecto, vimos que tenía sentido hacerlo juntas.
Álvarez: Mi trayectoria es la investigación social y el activismo antirracista, desde una perspectiva decolonial y feminista. Durante mucho tiempo trabajé sobre representación y referentes afrodescendientes, pero quise ir más allá. Preguntarme por la historia de la ciudad en la que vivo desde hace 15 años fue inevitable: qué relación tuvo —y tiene— con los cuerpos no blancos. Ahí fue donde la mirada de Cristina y la mía se unieron para complementarse.
P. La exposición A Coruña: Porto Negreiro se inauguró el 18 de diciembre, Día Internacional de las Personas Migrantes. ¿Por qué esa elección?
Álvarez: Porque esta fecha suele conmemorarse de forma muy superficial y nosotras queríamos resignificarla desde una posición crítica. Es importante recordar que la migración no es un fenómeno reciente ni excepcional, sino estructural. Galicia y España no son espacios homogéneos ni blancos. La migración ha sido parte constitutiva de su historia económica y social, y queríamos subrayar que las personas que migran forman parte de esta sociedad, no desde la subordinación, sino desde la historia compartida. En ese día, solo en el momento de la inauguración y a pesar de la fuerte lluvia, había más de 100 personas, confirmando que el tema levanta mucho interés en la ciudad.
P. ¿Cómo se manifiesta la memoria colonial en el espacio urbano de A Coruña? ¿Y qué ocurre cuando esa conexión se hace visible públicamente?
Álvarez: En la toponimia, en los monumentos, en los relatos sobre familias “benefactoras”. Parte de los capitales obtenidos mediante la trata de seres humanos se tradujeron en banca, en poder político, en crecimiento urbano, lo que construyó identidad local. Sin embargo, rara vez se cuestiona que esas figuras admiradas a nivel local y nacional fueran también esclavistas: la ciudad celebra el beneficio y silencia la violencia que lo hizo posible. Cuando esa conexión se hace visible públicamente aparece incomodidad y se nos dice que estamos “retorciendo la historia”. Pero los datos que mostramos están documentados desde hace décadas y forman parte de investigaciones académicas a las que hacemos referencia. Lo que ocurre es que el relato dominante ha ocultado cómo se llegó a esta posición de privilegio. Desde España no queremos mirar ese pasado, pero sí seguir disfrutando de sus beneficios: una contradicción que, frente a un proyecto como el nuestro, genera resistencias muy claras.
P. Su labor incluyó investigación, recorridos urbanos y cartografías. ¿Qué aporta esa combinación para el público?
Álvarez: Accesibilidad y vínculo con la vida cotidiana, algo que hemos conseguido gracias a la labor de un equipo multidisciplinario muy capaz y profesional. Por otro lado, quiero subrayar que no hemos descubierto nada nuevo: nos apoyamos en investigaciones previas y las reordenamos para hacerlas legibles. Los recorridos por la ciudad, las cartografías digitales y la exposición permiten que la gente vea cómo esa historia está inscrita en el espacio que habita. No es algo lejano ni abstracto, no está en el pasado, está en el presente que habitamos.
P. Hay cifras que desmontan la idea de un fenómeno marginal. ¿Cuáles son las más significativas?
Álvarez: Con todas las cautelas, porque detrás de las cifras hay vidas, los datos ayudan a dimensionar. Hay registradas 84 expediciones esclavistas vinculadas a este puerto y se estima que más de 23.000 personas africanas fueron esclavizadas en el siglo XIX con relación directa con estas redes. Esto nos dice que no fue algo puntual: fue un sistema económico y político que se lucró durante años de la trata de personas no blancas esclavizadas.
P. ¿Qué vínculos existieron entre A Coruña y las colonias de América dentro de ese circuito?
Botana: Era un circuito triangular. Los barcos salían de Galicia, pasaban por puertos africanos donde se producía el secuestro de personas y llegaban principalmente al Caribe, sobre todo a Cuba, Puerto Rico y a República Dominicana, islas muy ligadas a la industria azucarera. En algunos casos hubo retornos de personas esclavizadas que acabaron viviendo en A Coruña. Sin embargo, de esas vidas hoy sabemos muy poco. Cuando dejaban de ser mercancía, desaparecían de los archivos.
P. ¿Cómo dialoga este proyecto con iniciativas internacionales sobre memoria colonial como el Museo Internacional de la Esclavitud de Liverpool o el proyecto Salvador Capital Afro en Salvador de Bahía en Brasil?
Álvarez: Lo hace directamente porque, aunque entre investigadores e investigadoras de diversas latitudes no nos conozcamos personalmente, nos mueven las mismas inquietudes. Lo que ocurre en A Coruña no es una excepción: puertos europeos como Liverpool o ciudades industriales como Manchester han empezado a revisar su pasado esclavista. Compartimos una memoria atlántica y una demanda común: la reparación. Y esta no puede ser solo simbólica, porque las desigualdades actuales tienen raíces materiales en ese pasado y es preciso hablar también de reparaciones económicas.
Botana: Aquí solo estamos empezando. Hay iniciativas impulsadas por colectivos antirracistas y migrantes, pero como sociedad aún no hemos hecho este ejercicio en profundidad. Este proyecto es una pieza más que nos demuestra que, si en una ciudad como A Coruña hay tanto por revisar en términos de memoria, imaginemos la magnitud de la labor de investigación urgente y necesaria a escala europea.
P. El proyecto cuenta con financiación pública y se expone en un museo nacional. ¿Qué implica eso?
Álvarez: Que todavía sorprenda lo que acabas de preguntar ya dice mucho. El trabajo antirracista suele hacerse desde la precariedad y por eso es importante que estos proyectos tengan recursos y reconocimiento institucional y político. Posicionar estos discursos en espacios de legitimidad social también es parte de la reparación y aquí el compromiso del MUNCYT ha destacado en positivo.
P. ¿Qué continuidad imaginan para A Coruña entre memorias?
Álvarez: Que la exposición circule, que no se quede en A Coruña como si fuera una historia local y que siga dialogando a nivel nacional e internacional, para seguir tejiendo memoria y reparación.
Botana: Nunca quisimos cerrar nada, sino abrir un debate colectivo. Que otras personas investiguen, produzcan, continúen este proceso, que es largo, incómodo, pero muy necesario.
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