Un recetario para la resistencia: los pueblos originarios politizan sus luchas desde la cocina
Un libro que recoge la recuperación de recetas ancestrales de América -de Canadá a la Amazonia- mapea las estrategias frente al cambio climático y la agroindustria

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Para poder cocinar chipa de pescado con yuca asada, la comunidad indígena de asháninka de Perú, tuvo que haber recogido antes las hojas de bijao para envolver el pescado sin escamas en una hoja que servirá de plato. Este pueblo también tuvo que haber pescado boquichico o chupadora en la cuenca del río Pichis; todo un reto desde que se empezó a extender el uso de explosivos y mallas que apenas los dejan crecer. Del mismo modo, para componer la sopa de trigo retostado, típica del pueblo quechua en Bolivia, es preciso moler en un batán de piedra ajo, comino y ají rojo, que ellos mismos cosechan con mimo. La historia detrás de estas recetas ancestrales empieza mucho antes de encender la leña. Tiene que ver con la selección de las semillas, la forma de cultivar y de pescar, cómo y con quién se toman los alimentos y de qué forma se sirven. En un mundo en que las dietas occidentales se ven reducidas cada vez a menos grupos alimentarios, mantener esta gastronomía diversa y colorida viva es todo un acto de resistencia.
Hace un año, un grupo de 10 comunidades indígenas del continente (asháninka, aymara, kayambi, cree, inuit, náhuatl, maya q’eqchi’, métis, misak y wolastoquey) se reunieron en los bosques nublados de Yunguilla, Ecuador. Personas de Canadá, Ecuador, Perú o Bolivia, articularon durante varios días conversaciones alrededor de la transformación de los sistemas alimentarios indígenas, las similitudes de sus platillos típicos, la necesidad de incluir la tecnología en sus procesos diarios y la importancia de tener soberanía sobre sus semillas. Las conversaciones daban para un libro. Así que lo publicaron. Fruto de esas largas charlas y el acompañamiento de Rimisp, el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, lanzaron a finales de 2025 Cultura alimentaria indígena: Territorio, tradición y transformación, una obra que conecta a pueblos lejanos con luchas similares.

Rodrigo Yáñez, director de Rimisp y editor del libro, recuerda estos intercambios, cómo empezaron siendo un reto por el propio idioma y acabaron con una agenda compartida con más puntos en común que diferencias. “Las palabras que más se repetían eran soberanía y resistencia. Son dos reclamos que van mucho más allá de los alimentos que se sirven en la comida”, explica el doctor en sociología. Tiene que ver, cuenta en entrevista con América Futura, con la propiedad de las tierras, el derecho al agua, la incursión de ultraprocesados, los efectos del cambio climático en las cosechas… “Los pueblos indígenas saben que forman parte de sociedades globales, con retos muy similares. Su forma de buscar estrategias políticas desde la comida puede dar respuestas también globales”.
Los platos tradicionales no sólo son el resultado de la alquimia de lo que las mujeres cosechan en las chagras, acompañan los hitos de la comunidad. Igual que el mole es sinónimo de fiesta para los náhuatl de México, el kaq ik se cocina cuando los maya q’eqchi’ de Guatemala están por sembrar el maíz y los misak suelen comer sango de la misma olla después de un largo día. “Los platos originarios son los más autóctonos, los que se consumen desde centenares de años en mi comunidad, porque tienen un valor no solo nutricional, sino también espiritual. Tienen también una riqueza de biodiversidad, pues vienen de cultivos que son propios de nosotros”, explica Kelly Ulcuango, kichwa kayambi, de Ecuador, en el libro.

Todos los involucrados en el libro coinciden en algo: la revolución también se hace en las ollas. Hay algo muy político detrás de lo que uno consume, tanto en la Amazonia como en cualquier capital latinoamericana. Es por ello que en estas 73 páginas se recoge la mirada política de estos pueblos, su posición frente al acceso a alimentos, la soberanía alimentaria, el análisis sobre las transformaciones de los sistemas alimentarios a través del tiempo, entrevistas y anotaciones de cada una de las recetas detalladas por quienes aún recuerdan a sus abuelas revolviendo la cacerola o intuían el menú por el aroma.
Otra de las preocupaciones que rondan la cabeza de estos pueblos es cómo poner en valor sus cultivos sin que esto se les vuelva en contra. Son muchos los ejemplos de alimentos ancestrales americanos que se vuelven populares en Occidente -e incluso en la alta cocina- y acaban deteriorando los lazos en la comunidad, creando mantos de monocultivos o modificando las dietas de las comunidades. El açaí en Brasil, la quinoa en Bolivia, el café colombiano, los huevos hormigas en México o el cacao en Centroamérica.

Por ello, Yáñez trata de poner en el centro el término de la soberanía alimentaria. “Los pueblos indígenas están muy conscientes de que forman parte de una sociedad global, pero la soberanía implica tener algo de poder de decisión sobre lo que se produce, se consume y cómo se accede a los alimentos”, narra. “Cuando aparecen casos como estos, pienso en cómo hacer para que lo que se produce no se acabe desarraigando del territorio simplemente porque produce un buen rédito económico”. Más que nada, explica, porque si no se le pone coto a estas exportaciones, la pérdida de soberanía alimentaria se acaba traduciendo en inseguridad alimentaria.
Pero en este libro hay poco espacio para el catastrofismo y el alarmismo. Las páginas muestran con luminosidad el espacio para el cambio y la transformación a modelos más conscientes. Esta investigación reivindica la alimentación como una práctica colectiva y territorial capaz de empezar una revolución. “La riqueza de los territorios es que defienden el derecho a la diferencia”, zanja el sociólogo. “Se habla de resistencia porque saben que las dietas diversas que conserven las tradiciones también están en disputa. Los pueblos originarios también están sometidos a la homogeneización de las dietas”, lamenta. Sin embargo, el experto se agarra al orgullo con el que cada persona indígena a quien visita en su casa, muestra su chagra, lo mucho que crecieron las acelgas, el ají o el cilantro. “Ese orgullo por la diversidad es lo que pueden aportar a occidente”.
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