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‘El Hijo del Hombre’: el nuevo salto al abismo de Juan Esteban Constaín por descubrir y narrar la historia del niño que con su luz nos salvaría

Un 25 de diciembre, el escritor colombiano Juan Esteban Constaín decidió sentarse a escribir un ensayo de no más de veinte páginas. Sin embargo, cuando lo acabó se dio cuenta de que su texto se había convertido en un libro de 539. La historia del nacimiento del Cristianismo no podía ocupar menos

Juan Esteban Constaín en Madrid, el 25 de marzo de 2026. Candela Ordóñez

Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979) explica que, después de años confinado por la pandemia y liberado con un viaje a Roma, voltearía su mirada hacia atrás, fascinado por la figura del bardo y semidiós del paganismo, Orfeo, quien lo cautivaría y obsesionaría por la fuerza con la que fue representado en las catacumbas romanas. La historia también cuenta que Orfeo se enamoró de una mujer bellísima llamada Eurídice quien le prometió fidelidad y que, al cumplirla, fue atacada por una serpiente. Para salvarla, Orfeo se adentra en el inframundo bajo una condición: no mirar atrás o Eurídice volverá a morir.

En El Hijo del Hombre (Penguin Random House, 2026) se intenta responder de manera poética, profunda y reflexiva cómo es la historia de Jesucristo y encontrar y enumerar las razones que hacen que quien mire su imagen encuentre su propio rostro. Como lo afirma el mismo Constaín, esta búsqueda y todas las preguntas que suscita no es una sola porque ninguna pregunta relevante, a menos de que se sea un imbécil, como asevera el autor, puede responderse con facilidad.

Es por esta misma dificultad, que es parte inherente de las indagaciones que se plantea Constaín, que su libro vale la pena. El Hijo del Hombre: Grecia, Roma y el Nacimiento del Cristianismo no es un libro fácil; al contrario, es un libro cuyo peso no es solo metafórico sino físico pues su autor logra, como afirmaba Aristóteles que debían hacer los poetas, no solo contar la historia como fue sino como debería haber sido. Para esto, entrelaza los hechos históricos con los hechos literarios porque afirma que la literatura siempre suele ser más profética que la misma profecía.

De ahí que se detenga en la Cuarta Égloga de Virgilio, el poeta oficial del emperador Augusto, poema en el que se expone que hay unos textos oraculares, de la Sibila de Cumas del sur de Italia, en los que se vaticina la venida de un niño quien con su luz iba a salvar al mundo. Niño y Luz que el apologista Lactancio sostuvo que todos comprendían ya a quién se refería. Por eso, Constaín también se arropa con el canto XXII del Purgatorio de la Divina Comedia en el que otro poeta latino, Estacio, le dice a Virgilio que por él y su escrito se hizo cristiano. Asimismo, visita y se arropa con las letras de escritores del siglo XIX que contaban historias sobre señoras que, inspiradas por la humildad de sus sirvientas cristianas, se transformaban también.

“Pero la historia, por lo menos el relato histórico, también es un acto de fe: contamos lo que más o menos creemos que pasó”, asevera Constaín en la página 96, a la que le sigue una anécdota del navegante sir Walter Raleigh quien, por no poder encontrar la razón de una disputa debajo de su celda, decidió borrar la historia que había escrito de la humanidad. Al contrario de este navegante que en la duda encontró la razón para desconfiar y parar, desde la primera página de sus 539, Constaín se refuerza entre el amor que siente por la oscilación entre la razón y la fe para dudar con sus lectores. Porque sí, esta es una muy larga carta de amor a un misterio que comenzó en Roma, como también comienza este libro, pero que se ha expandido hasta, como con orgullo lo defiende Constaín, un viaje de un escritor desde Bogotá a Popayán y viceversa.

Cuando Orfeo, ese bardo semidiós que fascinó a Constaín, ha recuperado a Eurídice, mira hacia atrás y con su mirada condena por su segunda y definitiva vez a su amada. En el inicio de El Hijo del Hombre se explica que Tertuliano, el padre de la Iglesia, en el siglo II después de Cristo explicó que, antes de la llegada de ese niño que con su luz nos salvaría, los héroes después de su victoria iban acompañados por un “don nadie” que les decía: “Mira hacia atrás, recuerda que eres mortal…”. Como amorosamente lo explica Constaín, en la muy bien curada edición de Penguin Random House, desde el misterio que sigue siendo el Nacimiento del Cristianismo, con independencia de la fe, ya podemos mirar hacia atrás.

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