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tribuna
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Traiciones a las tradiciones

Si quienes reivindican el glorioso pasado occidental leyeran a los clásicos se encontrarían con un arsenal de ideas éticas audaces y llamamientos a los corazones sin coraza

Cada época elige sus metáforas favoritas. Hoy triunfa en occidente la imagen de la fortaleza asediada. En tiempos convulsos, el mundo privilegiado sueña con alambradas, puentes levadizos y fosos con cocodrilos. Cuando la inquietud por lo impredecible es demasiado agotadora, deseamos refugios inexpugnables. Si poseer una vivienda está fuera del alcance de la mayoría, al menos podemos construirle un castillo a la identidad.

Quienes reivindican el glorioso pasado occidental suelen presentarse como adalides de la riqueza, mientras arrojan sombras de sospecha sobre pobres y migrantes, equiparados con parásitos y delincuentes. En sus discursos nostálgicos, las promesas de seguridad y prosperidad se presentan ataviadas con las galas de los valores tradicionales y las raíces cristianas. Sin embargo, si abrieran las páginas de esos clásicos a quienes tanta devoción proclaman, encontrarían paisajes sorprendentes: un arsenal de ideas éticas audaces y llamamientos a los corazones sin coraza.

Las listas de fin de año son un compendio de nuestros ideales. Reflejan sin pudor cómo nos fascinan las personas más ricas, mejor vestidas o más deseadas. Entre los griegos nunca existió una clasificación de grandes fortunas; en cambio, el listado más célebre era el de los Siete Sabios. Lejos de la obsesión consumista, los pensadores antiguos más admirados defendían una vida austera sin despilfarro, hoy diríamos el decrecimiento. Cierta vez Sócrates sufrió burlas por su ropa gastada, ridiculizado con el apodo “profesor de miseria”. Respondió: “Crees que la felicidad es lujo y derroche. En cambio, yo pienso que necesitar lo menos posible es algo divino”. Los estoicos, cuyas frases de motivación tanto nos gusta citar, dejaron advertencias —mucho menos publicitadas en redes sociales— contra la esclavizadora sed de ganar cada vez más dinero. Epicteto enseñaba: “Si ambicionas amontonar riquezas, perderás totalmente los medios para granjearte la libertad y la felicidad”. Séneca, dueño de una gran fortuna, opinó: “Quien necesita un gran patrimonio, mientras piensa en su incremento, se olvida de su uso: de señor se convierte en servidor”.

En el Sermón de la Montaña, Jesús utilizó, como Séneca, la metáfora de la servidumbre, y afirmó: “No podéis servir a la vez a Dios y a las riqueza”. Aunque hoy nos presentan el dinero —mucho dinero— como la llave que abre todas las cerraduras y el cómplice de todos los deseos, nuestros clásicos solían definirlo en términos de compulsión: el amo más exigente y el mayor ladrón de nuestra libertad. Cuando un joven rico se acercó a Jesús, este le dijo: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo; después ven, y sígueme”. Al escuchar estas palabras, cuenta san Mateo, el joven se alejó entristecido, porque tenía muchas riquezas. Una sombra melancólica quedó gravitando sobre los discípulos, y entonces Jesús pronunció esa máxima rotunda: es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico cruzar el umbral de los cielos. Aquellos primeros cristianos considerarían un disparate que magnates multimillonarios se proclamen, milenios después, profetas del camino —siempre estrecho— de la salvación.

Otro pilar del imaginario occidental, el filósofo Platón, preocupado por el desgarro social que produce la desigualdad, escribió en Las Leyes que ningún ciudadano debería conocer ni una extrema pobreza ni una excesiva riqueza. Propuso fijar por ley un límite en ambos sentidos, impidiendo que las propiedades de cada persona disminuyan por debajo de un mínimo, y autorizando llegar como máximo al cuádruple de ese límite. “Si las adquisiciones de alguien sobrepasan esta medida, sea por donación o por haber tenido suerte en los negocios, deberá ceder a la ciudad y a los dioses todo lo que exceda”. Ciertos paladines de la identidad cultural leerían con rechinar de dientes esta inaudita defensa —no por accidente, muy occidental— del estado distributivo y la solidaridad ciudadana.

Entre nuestros clásicos incontestables, la Eneida, el gran poema épico del Imperio Romano, debe su nombre a un exiliado en fuga y derrota, un náufrago oriental que buscó una vida mejor en Europa. Eneas se parece más a los emigrantes que mueren en las pateras del Mediterráneo que a los poderosos que hoy les cierran puertos y puertas. Los romanos creían que su gloriosa historia provenía del mestizaje entre los pueblos del Lacio y los perdedores de la guerra de Troya. El emperador Augusto presumía de ser descendiente de Eneas —un inmigrante—, y encargó al poeta Virgilio un canto a la acogida del extranjero. Según el mito fundacional de Roma, esos a quienes llamamos parias son, en realidad, quienes construyen las patrias.

No es el único refugiado célebre en nuestras tradiciones: la familia de Jesús huyó a Egipto para salvar su vida de la furia asesina de Herodes. El Evangelio de Mateo cuenta que permanecieron en el país del Nilo hasta la muerte del rey. Nunca sabremos si a José le dieron empleo, si fue acusado de robar el trabajo a los egipcios o si los cuerpos de seguridad faraónicos lo hostigaron como criminal. Ignoramos las penurias que soportaron o las amistades que tal vez forjaron. Pero reconocemos la emoción que impregna las palabras de Jesús sobre los extranjeros: “Tuve hambre, y me disteis de comer; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. En verdad os digo que cuanto hagáis a estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis”. Aquellos que hostigan a los migrantes o los arrojan al frío, quienes arrancan la atención sanitaria y los programas de alimentos a los desamparados, quienes cercan las prisiones con crueldad, traicionan la tradición y atacan el corazón de nuestras raíces. Queridos guardianes de las esencias: conviene no usar el nombre de Jesús en vano.

La diversidad, hoy tan denostada, no asustó a la civilización romana. No exigían a los emperadores haber nacido en Italia. Trajano, Adriano y Teodosio eran hispanos; Septimio Severo, oriundo de la provincia de África; Macrino, de Mauritania Cesariense; Heliogábalo, Alejandro Severo y Filipo el Árabe, de Siria; Gordiano, de Asia Menor. La lista continúa. Marco Aurelio, que se enorgullecía de su abuelo cordobés, describió en sus Meditaciones —otro clásico imprescindible— cómo debía comportarse el gobernante más poderoso: “¡Cuidado! No te conviertas en un César. Mantente sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable. Respeta a los dioses, ayuda a salvar a los hombres”.

La tradición cultural es un campo de batalla donde se juega el futuro. Allí pugnan voces que invocan a los clásicos a conveniencia, sin profundizar demasiado, sin animar a leerlos, ausentes la crítica y el criterio. Los colocan en altos pedestales donde solo reciben la visita de las palomas. Hay algo paradójico en ese estatus solemne y marmóreo: mitifica a los padres fundadores y, a la vez, anestesia sus mensajes más rompedores y exigentes. Muchos líderes de nuestros imperios políticos y emporios económicos utilizan la antigüedad imperial para cubrir de prestigio su propaganda y amurallar el fortín de la identidad, pero poco les interesa debatir acerca del pasado —sobre los logros y las sombras—. Cuando afirman defender nuestras tradiciones, están protegiendo su poder, sus intereses y su dinero, no a las personas: tal vez les importa más el posesivo que el sustantivo.

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