Caracas y Minneapolis
El mensaje es idéntico y brutal: quien desafía el monopolio del poder deja de ser sujeto político y pasa a ser un problema que resolver


Menudo carrusel. En una semana, Donald Trump bombardea Caracas, secuestra un jefe de Estado, amenaza con anexionarse Groenlandia y entrar en Cuba, Colombia e Irán. Su policía política asesina a una mujer, ciudadana estadounidense, en Minneapolis. No es caos, es un sistema, el de un poder que muere si se detiene y solo conoce dos estados: avanzar o colapsar. Mientras la democracia se sostiene en la pausa institucional, el poder del autócrata lo hace en el movimiento. En la tradición liberal, el poder es un mal necesario: se limita, se canaliza, se justifica por el procedimiento y se ejerce para algo. Aquí el poder no gobierna: irrumpe. No administra: se impone. Es músculo en tensión permanente. Y un poder que solo existe para sí mismo necesita algo contra lo que existir: enemigos fuera para unificar, enemigos dentro para disciplinar. Los primeros legitiman la expansión; los segundos garantizan el silencio. Por eso Caracas y Minneapolis son estaciones de un mismo trayecto. Fuera, el autócrata con petróleo que estorba. Dentro, la ciudadana que observa y documenta. El mensaje es idéntico y brutal: quien desafía el monopolio del poder deja de ser sujeto político y pasa a ser un problema a resolver.
La guerra empieza fuera y se completa dentro. Por eso el asesinato de Renée Good no es algo aislado, sino una categoría política propia. Good tenía 37 años, tres hijos, escribía poesía. El miércoles dejó a su hija de seis años en el colegio y horas después caía muerta, tiroteada por agentes del ICE en una calle de Minneapolis. ¿Su delito? Documentar una operación migratoria. Los vídeos muestran que el agente que disparó no estaba en la trayectoria del coche, pero la administración Trump la llamó “terrorista doméstica” por pertenecer a un grupo que graba lo que hace el ICE, algo, por cierto, legal. La lógica es conocida: el enemigo interior se construye invirtiendo papeles. El agresor es la víctima; la víctima, una amenaza. Good fue abatida por un agente del Estado. ¿El relato oficial? Intentó atropellarlo. Pasó así a ser, por decreto verbal, una enemiga interna. Pero el enemigo interior no es solo quien muere, es el mensaje que queda: te puede pasar a ti. Y funciona, por eso los donantes se retiran, los bufetes abandonan a opositores, los medios suavizan titulares. No hace falta encarcelar a todos, basta con que algunos caigan para que aprendamos la lección. El poder no necesita convencer: le basta con demostrar. El miedo es más barato que la cárcel, más eficaz.
El sistema necesita enemigos. Cuando liquida uno, fabrica el siguiente. Venezuela el lunes, Groenlandia el martes… No puede detenerse: sin enemigos, pierde su razón de ser. Es la lógica de la autoexpansión permanente del poder totalitario: no puede detenerse porque el reposo lo desnuda. Eso explica la velocidad. Curtis Yarvin, ideólogo trumpista, lo dice sin rodeos: si pierden las elecciones de noviembre, no podrán acabar con la democracia. El tiempo no es neutral, corre a favor de quien actúa sin frenos. Pero el reloj también corre en sentido contrario. El Senado ha votado frenar a Trump en Venezuela y cinco republicanos se desmarcaron. En Minneapolis, cientos de personas levantan barricadas, declaran su barrio “libre de ICE” y obligan a la agencia a retirarse. El autoritarismo competitivo nunca clausura todos los canales: hay grietas, instituciones que resisten, calles que se llenan. Y también urnas que todavía cuentan. El juego no ha terminado, pero no se juega solo en noviembre. Lo hace cada día que el poder avanza sin encontrar límite.
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