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El viaje de los libros hasta el Golfo de Urabá y Chocó: “También nosotros lo merecemos”

La fiesta de la lectura y la escritura del Chocó reivindica el derecho a los relatos, los encuentros y la imaginación

Feria del libro FLECHO 2026, en Chocó Colombia, el 20 de marzo.motete

La mañana arropa a Bocas del Atrato, un corregimiento de Turbo (Antioquia) enclavado a orillas del Golfo de Urabá, donde las aguas del mar Caribe se mezclan con las del río Atrato. Es el área del mapa del noroccidente de Colombia donde se enlazan Suramérica y Centroamérica, donde el Caribe se acerca al Pacífico y donde se tocan el departamento de Antioquia con el Chocó. Estudiantes del corregimiento corretean por las aulas de madera, con vista hacia la selva húmeda. Esperan los libros que llegan en lancha desde el otro lado del golfo. Es el noveno año de Flecho, la fiesta de la lectura y la escritura del Chocó, que rompe con la marginalización de comunidades históricamente excluidas y racializadas, utilizando el poder de la literatura.

Los alumnos de la institución etnoeducativa de Bocas del Atrato, como los de otras de la región, ansían los relatos. Se integran con mediadores de lectura que incorporan juegos y dinámicas como antesala a la entrega de la colección “Leer es mi cuento” de la Biblioteca Nacional de Colombia. Las manos curiosas pasan las páginas nuevas que se extienden como aves abriendo sus alas. La lectura en voz alta se convierte en calma en un mundo convulso: cuando hay confrontaciones políticas, misiles y bombardeos en otras latitudes, los niños de Turbo leen.

Esta zona del país, donde converge buena parte de la biodiversidad mundial, concentra tanta belleza como dolor. Fue un corredor por donde transportaban a esclavos desde el Caribe hacia el Chocó. De las paredes de la escuela cuelgan carteles que recuerdan la opresión que padecieron sus ancestros. Milton Durán, el rector, dice que los libros les permite reconocer su pasado. “Es importante para pensarnos otro mundo. La lectura nos da herramientas para decir ‘somos importantes’, y ver más allá del espacio donde vivimos”.

En territorios marcados por el racismo, la escasa presencia del Estado, derechos desatendidos e imposiciones de grupos armados, Flecho representa justicia social. Dos de sus actividades, llamadas marea de letras y champa de letras, recorren mares y ríos hasta comunidades distantes, donde reúnen a estudiantes, maestros y maestras, y autores locales y visitantes. Es lo que se vive esa mañana. El ganador del Premio Nacional de Poesía en 2025, Jhon F. Galindo, y la escritora afromexicana Jumko Ogata Aguilar se entregan a la lectura colectiva en Bocas del Atrato. Otros grupos visitan Marriaga, un poblado chocoano inmerso en el Tapón del Darién, y Puerto Girón, en Antioquia. Las fronteras se difuminan ante la llegada de los libros.

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Las mismas aguas del río Atrato acompañaron a la escritora y gestora cultural Velia Vidal (43 años) mientras intentaba hallar un propósito hace más de diez años. Tenía una carrera como periodista en Medellín y enfrentaba problemas de salud cuando regresó a instalarse en su natal Bahía Solano, un puerto chocoano sobre el Pacífico. Desempacando las cajas que resumían su vida reencontró un libro de Federico García Lorca que le removió un recuerdo de infancia: un señor recorría los barrios, narrando pasajes de la Biblia con personajes que adhería con misterio a un tablero de imanes. Entonces encontró la certeza que buscaba: quería llevar libros a los barrios y narrar historias.

“Yo soltaba la cuchara del almuerzo, cogía el canasto con los libros y una bolsa de mandarinas para los niños. Iba en bus al barrio Futuro II”, rememora en la lancha que ahora cruza el golfo. Fundó la corporación cultural Motete –el nombre de un canasto tradicional tejido a mano–, organizó clubes de lectura y creó la fiesta de la lectura y la escritura del Chocó. “Lo que hay detrás es la convicción de que también nosotros lo merecemos, de que los niños de la ruralidad, maestros, afros e indígenas se merecen lo mismo que en las zonas urbanas, se merecen estos libros”, defiende.

Flecho exige entrega, construcción de confianza y la terquedad inquebrantable de su creadora. También es unión, como los tejidos del canasto. Rogelio, el esposo de Vidal, es el productor y lleva la contabilidad; Anis, docente de Turbo, es la coordinadora general; Diego, un carismático mediador de lectura; Christian, el coordinador de una programación donde el protagonismo es comunitario. Junto a ellos hay voluntarios y voluntarias, toda una red de personas que trabajan con consagración. Para la escritora, son días de resolver dificultades sobre la marcha, de buscar recursos mientras llegan los aportes de las organizaciones aliadas, de viajes por aire, tierra y agua; de lágrimas de alegría y de cansancio.

El resultado es un despliegue cultural y literario que trasciende espacios tradicionales. Llega a escuelas, universidades, parques públicos y malecones de Quibdó, Bahía Solano, Istmina y Turbo. “Es un esfuerzo consciente por atender específicamente a estas poblaciones. Parte de la violencia estructural que vivimos en América Latina es que somos excluidos sistemáticamente de tener una educación de calidad. Este festival cubre esas brechas”, apunta Ogata, que ha querido conocer la experiencia para replicarla en Veracruz (México).

Este año se realizan cerca de un centenar de conversaciones, talleres y presentaciones musicales que tienen como tema principal las reparaciones: la palabra, la fiesta, los liderazgos, la naturaleza como reparación; trece días de programación en tres semanas. “Si me preguntas, no sé cómo diablos lo hemos logrado”, sonríe Vidal.

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La tarde cae en el parque de La Iguana en Turbo, donde se instalan el escenario principal, espacios de café, artesanías y libros. Es el lugar donde todo confluye. Natalia Rueda, librera de Apartadó –el municipio más poblado del Urabá, a 40 minutos por carretera– ha conseguido que lleguen nuevos títulos para la feria, pese a las complejidades. “El autor o autora que nos visita también escucha al que narra desde acá su territorio. No solo viene a vender libros, sino a relacionarse con lo local”, destaca sobre el evento.

A pocos metros están Ceiba Matiz y Nuss Azar. De cada lugar que visitan hay una promesa de un libro, ella como ilustradora y él como escritor. Después de conocer Flecho hace un año, recorrieron parte del golfo y ahora lanzan “Aguas entreveradas”. “El título no solo está en las aguas. Hay peces de mar que van a los estuarios de río a desovar y regresan al mar. Tienen una dinámica migrante como los seres humanos”, cuenta Azar. En Flecho también se entrecruzan experiencias. Andrea Doria, especialista en educación ambiental, es voluntaria desde los inicios del festival. De niña, repetía la lectura de los pocos libros que encontraba en Arboletes (Antioquia). “La reparación también es reencontrarte con la lectura. Flecho llena ese vacío. Traer nuevos libros y conectar con otra gente”, señala.

El festival literario es, en sí mismo, una reparación. “Poco se piensa en las noches de luna llena que dejamos de vivir en la calle, cantando o conversando, en los encuentros que se acabaron por no poder salir. Flecho nos permite ejercer el derecho a la palabra”, remarca Vidal.

“…Una luz renuente inunda el interior de esta nueva casa que se ha ordenado sola, donde flotan en suspensión los artefactos con los que cocinabas y el ruido que hacen las ratas que se comen los zapatos y el agujero en el corazón que se ha abierto por donde el eje de lo que nos mueve pierde fuerza y se hace lluvia…”

La voz de Galindo se escucha en un recital mientras anochece. Es un fragmento del poema La muerte es un asunto de funciones, de su libro La segunda vida de las cosas. Flecho abre espacio a nuevas utopías, opina. “Nos hemos dedicado a transitar escenarios dolorosos, a habitar la distopía y ver el futuro catastrófico en el que habitamos. Pero, así como hemos imaginado esos escenarios, es momento de pensar otros futuros desde la imaginación y el intercambio de saberes”, repara el escritor.

Ese mismo día, una imagen selló la mañana en la escuela de Bocas del Atrato. Un estudiante recostado en una banca rústica tenía un libro abierto frente al rostro. Dos amigos le acompañaban atentos a la lectura, bajo la sombra de los árboles, con el río de fondo.

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