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soledad masculina
Opinión

La epidemia de los hombres solos

Este tema en particular, este de la epidemia de los hombres solos, es un asunto donde se combinan la misoginia y los efectos de la digitalización

Casi que a diario el algoritmo digital, los medios y el debate público parecen producir nuevos términos asociados a este tema. Yo llevo unos años —desde 2017 más o menos— intentando, desde una peculiar contracorriente, poner la mirada sobre el tema de “las masculinidades”. Porque soy una mujer heterosexual. Porque algunos de mis amigos más amados son varones. Porque mi contracorriente está, sobre todo, en ese movedizo terreno desde donde observar patrones, recurrencias, mirar las estructuras y aun así no caer en narrativas totalizantes que obstruyan un panorama crítico, pensativo y complejo. ¿Qué está pasando con los hombres en este mundo? ¿Qué significa “ser hombre”? ¿Quiénes son los hombres?

La epidemia de los que están desahuciadamente solos. The male loneliness epidemic. Este término —una maña también característica de tiempos hiperdigitales— es uno más dentro de un esquema mayor.

Porque está, como se sabe, el asunto de los incel. Jóvenes involuntariamente célibes que, en redes, sobre todo, se juntan a descargar sus agravios. Se sienten discriminados y rechazados. Muchos no conocen el contacto físico o han hablado con una chica en vivo y en directo. Las versiones más pavorosas de su descontento son violentas, y generan una iracunda descarga contra las mujeres. En Francia se reportó ya un crimen movilizado por esta ideología concreta. Tuvo que surgir la serie de Netflix Adolescence para que el tema, al fin, se pusiera sobre el amplio radar.

Las comunidades incel, llevan pronto a otro término: la manosfera. Los circuitos virtuales donde han incubado liderazgos de personajes como Andrew Tate, Nick Fuentes, Temach o Agustín Laje. A falta de modelos visibles que permitan a hombres jóvenes y en general tramitar los desasosiegos de esta época —una marcada por exceso de digitalidad, precarización laboral, falta de comunidad y de sentido, explicaciones arraigadas en la materialidad política de la vida— han surgido personajes cuyo mensaje para los chicos es que el mundo de antes, donde muchas personas no tenían los derechos de hoy, era mucho mejor. El conejillo de indias para estos sujetos han sido el feminismo y lo woke. Es culpa de esto, les dicen a los hombres, es culpa de los cambios históricos de las últimas décadas, es culpa de haber alterado el binario de género y las jerarquías del poder que pertenecían al hombre blanco.

Se dice que los varones jóvenes están volviendo a las iglesias. Que están girando más hacia la ultraderecha. Se habla también de los red pill. Se habla de mankeeping. Se habla de heterofatalismo. Y todos estos temas terminan bordeándose, pero me temo que el debate cotidiano, la noticia de Instagram, el mercado del clic y el like, todos obstruyen el panorama estructural que estos temas requieren. A grandes rasgos, esta es una de las consecuencias de los sismos culturales y sociales que han traído los feminismos en los últimos años. Mientras que muchas mujeres, todo lo “femenino” atravesó un cuestionamiento por muchos frentes, las masculinidades parecen haberse relegado. En la ecuación de lo “masculino” revisarse, hacerse preguntas, hablar de sentimientos o incomodidades no es sinónimo de virilidad. Lo que ha surgido, en cambio, parece ser una ansiedad exteriorizada que busca culpabilizar a fuerzas ajenas de sus males.

En días recientes, el académico, escritor y empresario Scott Galloway ha hecho múltiples apariciones con motivo de su libro Notes On Being A Man. Ha intentado señalar a qué se debe la crisis de las masculinidades actuales. Muchas personas brincan de manera veloz a acusarlo de que su discurso y sus preguntas o consideraciones lo que buscan es hacer que las mujeres “se hagan cargo”. Si bien no todas las perspectivas de Galloway son acertadas porque a veces naturaliza ciertos rasgos de lo ‘masculino’ que necesitan verse a la luz de lo que ha sido socialmente fabricado, su intención irrumpe en un momento en el que

Una vida modelada por la pantalla como realidad, una ausencia de sentido y comunidad —que hacen parte del espíritu de la época que habitamos— han exacerbado la misoginia, la desconexión y la soledad de los hombres. Si las mujeres hablan sobre heterofatalismo, los varones se reportan que no saben relacionarse con las mujeres. (El joven de extrema derecha Nick Fuentes, odiador empedernido del feminismo y de las mujeres, ha admitido en público que es virgen).

La epidemia de la soledad se debe a la desmaterialización de la vida. Las redes no nos muestran la experiencia de clase o la precarización laboral que atraviesan las juventudes y muchos hombres que no son blancos, herederos, adinerados. Es más fácil culpar a la idea abstracta del feminismo de todos los males. Nadie les dice a los muchachos que muchos de sus problemas son estructurales. En el fondo, este tema en particular, este de la epidemia de los hombres solos, es un asunto donde se combinan la misoginia y los efectos de la digitalización. A los hombres no se les enseña a sentirse identificados con las mujeres. La misoginia es un problema añejo, de fondo, que lleva siglos y que, pese a los cambios que hemos tenido, persiste de muchas maneras. Porque la masculinidad aprende que la mujer es mujer, no un ser humano, no un igual. La extranjería fundamental que trae esto crea una brecha que solo ha empeorado en un mundo donde millones de almas deslizan sus dedos por una pantalla, creyendo que el mundo es eso, ese control ilusorio, esa saturación de información que no permite vivir, hacer sentido de la realidad. La tragedia de esto es inconmensurable.

Porque en realidad la epidemia de la soledad no ha incubado solo en los hombres. La desmaterialización general de la vida, el exceso de información, el clic, el like, la vida aparentemente experimentada en la lisura de un smartphone está haciendo que muchas, miles, millones de personas se calcinen en una soledad insular, apabullante. Las mujeres heterosexuales se muestran fatalistas ante el prospecto del amor porque la desconexión entre ambos sexos es brutal. Lo recrudece la tecnología avasallante que experimentamos. Lo que estamos viendo, estos estallidos, estos brotes, con nombres semejantes —hombres solos, heterofatalistas— son síntomas de tres grandes movidas estructurales. La primera, la misoginia como cimiento histórico. La brecha entre hombres y mujeres. La segunda, los efectos de la tecnología que ha avizorado la falta de contacto, de sentido, de comunidad. La tercera, la manera en que el género actúa en la soledad.

Para los hombres, es la tragedia de no saber cómo relacionarse, cómo interactuar. Para las mujeres, es la devastadora pérdida de esperanza en el amor heterosexual. En el fondo, lo que esto nos muestra es el espejo terrible de cómo el género, cuando es prescripción, no nos permite encontrarnos. Solos y solas, frente a pantallas blancas, mientras los señores del feudo acumulan riqueza de manera obscena, tomando nuestros datos, creando algoritmos que alimenten nuestra carencia, que capitalizan el temor, la necesidad fundamental de encuentro humano. La epidemia de los hombres solos es una señal más de todo lo que nos necesita resistiendo el mercado del algoritmo, las narrativas totalizantes, los maniqueísmos, las reacciones por encima de las reflexiones. Seguimos necesitando debates y miradas que promuevan la comprensión de fondo, y sobre todo eso: la posibilidad de encuentro con el otro.

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