Martín y Blue: los delfines rescatados que ayudan a limpiar las aguas del Caribe colombiano
Los animales cuidados por el Centro de Vida Marina de Santa Marta se han convertido en recolectores de basura en el mar y en maestros silenciosos de la conservación ambiental

Como quien busca resolver un acertijo, Martín se acerca cauteloso a una botella de plástico que flota sobre el mar. Le da vueltas, la sostiene sobre su trompa y avisa, con un llamado inaudible para los humanos, a su amigo Blue. Se detienen frente al envase y lo picotean, pero el recipiente está atravesado por una cuerda que delimita el paso de las embarcaciones. No es basura, pero si lo fuera, estos dos delfines nariz de botella lo habrían entregado a sus cuidadores casi como una ofrenda, para sacarlo de un ecosistema al que no pertenece. La búsqueda de residuos en el agua forma parte de la rutina de esta pareja de delfines del Centro de Vida Marina de Santa Marta, en una de las bahías más transitadas del Caribe colombiano.
Martín y Blue, 2 de los 15 delfines adultos del programa A Mar Abierto, sonríen a la cámara como si supieran que su historia será contada. Cada uno nada a un lado de la lancha, y por turnos abren la trompa para recibir un trozo de comida. Hacen trucos, saltan en forma de tornillo, nadan a velocidades difíciles de rastrear y se escapan a cazar algún pez en las aguas cristalinas que rodean las playas de El Rodadero.
Los animales marinos de este programa han sido rescatados tras ser heridos en el mar por embarcaciones, pescadores u otros animales. Para su recuperación, a modo de terapia, salen diariamente al mar abierto con sus cuidadores a hacer actividades de enriquecimiento ambiental. El objetivo: que un día se sientan tan seguros que decidan abandonar a sus humanos para regresar a una manada de su especie.
El comportamiento de Martín y Blue no es una rareza ni un truco. Los delfines, mamíferos acuáticos con una de las capacidades cognitivas más elevadas del reino animal, son de las pocas especies capaces de reconocerse a sí mismas en un espejo, una habilidad asociada a la autoconciencia. Desde que nacen, las madres asignan a cada cría un “nombre”, expresado en silbidos únicos. Bajo una lógica de aprendizaje social, incorporan conductas observando a otros y las transmiten de generación en generación, en un proceso que los científicos describen como cultura animal. Así es como Martín y Blue han aprendido a recoger basura del mar. No por alguna recompensa, sino por replicar una conducta, comprender su finalidad e integrarla a su comportamiento de forma voluntaria. Han sacado costales, botellas, bolsas plásticas, tapas y paquetes que están flotando o que han caído en la profundidad del mar y solo ellos pueden detectar.
Ángela Dávila, la veterinaria a cargo de A Mar Abierto, acompaña el recorrido con los delfines al timón de la lancha. Mientras Martín y Blue juegan como niños, ella recuerda que fueron rescatados en 2020, luego de que un grupo de pescadores los alertara de que habían quedado atrapados en una red fantasma, lanzada al mar durante una faena. Hasta allí llegó el equipo del Centro de Vida Marina para rescatarlos y atenderlos médicamente. “Sabemos que en cualquier momento se pueden ir”, dice con una sonrisa leve. “Uno lo piensa y es duro porque se encariña, pero también sería una satisfacción verlos partir y saber que ya se sienten seguros”, dice.

El entrenamiento, como el de casi cualquier animal marino en proceso de rehabilitación, evita las rutinas fijas. Se da en el mar abierto, con salidas diarias que combinan juego, exploración y ejercicios pensados para fortalecer su autonomía. Los cuidadores los acompañan desde la lancha, marcan rutas, lanzan estímulos como juguetes o lámparas, y observan cada reacción. No hay órdenes, hay señales y la vigilancia constante para asegurarse de que los animales respondan por decisión propia y no por dependencia. “Hay días en que no quieren hacer nada, por más de que uno les juegue, y hay otros donde están muy activos y atentos. Trabajamos según lo que ellos quieran hacer”, explica Dávila.
Del otro lado de la lancha, Mario Arguello y Carolina Fragozo, los cuidadores, hacen una serie de movimientos con las manos. Aprietan los puños en señal de quietud, los giran en círculos para indicar movimiento. Martín y Blue atienden y salen a nadar; después saltan fuera del agua y trazan círculos en el aire. “Los delfines tienen personalidades y caracteres muy específicos. Martín es el desordenado, el que no le tiene miedo a nada, el que se acerca más a la playa. Blue, en cambio, analiza más, es más tranquilo, como el más maduro”, explica. En una manada, ese carácter define quién guía y quién sigue, incluso cuando no hay lazos de parentesco.
A veces, Martín y Blue se alejan más de lo habitual para explorar. Se sumergen hasta que la superficie del mar queda en silencio. Desde la lancha, los cuidadores esperan sin llamarlos, atentos a cualquier señal. Frente a la playa Inca Inca, Blue se aparta para perseguir un pez. Ángela y Mario lo observan y comentan que es uno de los más cazadores del Centro de Vida Marina. “En algunos momentos viene hasta la lancha a mostrarnos lo que cazó”, dicen entre risas. Esta vez no ocurrió, porque se comió su presa antes de poder presumirla. Martín lo espera paciente al lado de la embarcación.
El trabajo del Centro de Vida Marina combina atención veterinaria, monitoreo constante y salidas controladas al mar como las de los delfines. La meta es que los animales no se condicionen a la presencia humana, sino que recuperen la fuerza, las habilidades y la confianza. Por eso, cuando un delfín decide no volver en una salida, el equipo no lo registra como una pérdida, sino como un éxito. “Nos ha pasado dos veces. Salimos con unos delfines a hacer enriquecimiento ambiental y vimos que empezó a alejarse, a jugar con el oleaje, pero también a irse. Y dejamos de verlo. Esperamos un rato por si volvía, pero no regresó. Los pescadores a veces nos cuentan que lo han visto por esa zona”, narra Ángela. Los cuidadores tienen la habilidad de diferenciarlos solo con mirarlos, aunque para los turistas todos parezcan iguales.
Los delfines nariz de botella (Tursiops truncatus) viven entre 35 y 45 años, en promedio, en estado silvestre. En entornos controlados, pueden llegar a los 70 años. Alcanzan la madurez social de forma progresiva, y sus roles en la manada cambian con la edad y la experiencia, más que por jerarquías fijas. A los 15 años, la edad aproximada de Martín y Blue, atraviesan una etapa de transición marcada por la exploración, la autonomía y la definición de su lugar dentro del grupo. “Cuando llegaron, el líder era Martín. Blue lo seguía. Ahora es al contrario”, explica Dávila.
Mientras Ángela habla, una lancha pasa a pocos metros del grupo. El motor acelera y deja un rastro corto sobre el agua. Martín se acerca, curioso, y nada unos segundos detrás de la espuma. Blue, más prudente, se mantiene a distancia y da una vuelta amplia antes de volver a acercarse. La curiosidad que los lleva a jugar con el oleaje y a acercarse a las embarcaciones es la que los expone. Para los delfines, una estela puede ser un estímulo; una cuerda, un objeto que invita a morder. La frontera entre el juego y el peligro es difusa, y en el mar no siempre hay margen para corregir a tiempo. Por eso, otra de las labores del Centro de Vida Marina es hacer pedagogía con propios y turistas. Otros de sus programas están dedicados al trabajo con las comunidades, los pescadores, los operadores de turismo y los visitantes, para sensibilizarlos sobre los cuidados necesarios para conservar la fauna marina.
Los delfines se orientan con ecolocalización, un sistema basado en la emisión de chasquidos que regresan como ecos. Así identifican la forma, el tamaño y la distancia de los objetos que los rodean, incluso en aguas turbias. En zonas costeras como esta, atravesadas por embarcaciones y herramientas de pesca, esa capacidad resulta clave. Aun así, la ecolocalización tiene límites. El ruido de los motores, las hélices en movimiento o las cuerdas suspendidas en el agua alteran el entorno acústico y visual. Por eso, su adaptación es muy desafiante en bahías turísticas como la de Santa Marta.
Martín y Blue se han convertido en maestros sin palabras. Cuando juegan con objetos flotantes, se acercan con cautela a las embarcaciones o sacan basura de las aguas, los observadores entienden de inmediato que el mar es un espacio compartido y vulnerable. Su inteligencia y adaptación ha llevado también a que científicos y biólogos marinos investiguen sus comportamientos. Ángela cuenta que ha hecho varias tomas de sangre en el agua para evaluar el nivel de cortisol de sus animales cuando van al mar abierto. “Queremos saber, por ejemplo, qué les asusta, qué ven, qué los estresa o qué los estimula”, explica la veterinaria. Para eso, a veces les colocan cámaras subacuáticas que sostienen con un arnés y documentan sus interacciones casi como si fueran sus ojos.
El equipo de cuidadores funciona también como una manada. Mario pone sus dedos sobre la trompa de Martín en señal de beso. Él toma impulso, surge del agua y roza su boca con la de su cuidador. El gesto es breve, pero resume años de confianza y cuidado compartido. El recorrido termina siempre cuando los delfines lo deciden. Vuelven a su casa, una zona del mar delimitada pero libre, como una piscina imaginaria en la inmensidad del Caribe. Allí reciben trozos de pescado y, a veces, se despiden boca abajo, moviendo las aletas como quien agita la mano para decir hasta luego. Al día siguiente, la rutina se repite.
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