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El religioso que simboliza la resistencia al ICE en Minneapolis: “Trump está llevando a cabo una limpieza étnica”

El pastor mexicano Sergio Amezcua dirige una operación solidaria con 4.000 voluntarios que da de comer a 16.000 familias ante el asalto de las autoridades federales. “Es una crisis humanitaria”

Sergio Amezcua en su iglesia Dios Habla Hoy, en Minneapolis, el 25 de enero.

Cuando el pastor Sergio Amezcua se dio cuenta a principios de diciembre de que era inminente la decisión de Donald Trump de mandar a los agentes federales para lanzar una operación contra la inmigración en una ciudad (Minneapolis) y un Estado (Minnesota) en los que el porcentaje de migrantes es mucho menor que en otros, dirigidos por republicanos, le dijo a su asistente: “Tenemos que prepararnos. Habrá que ayudar a las familias, mandemos un mensaje en redes sociales”.

Amezcua pensaba que se iban a apuntar unas 10 o 20 personas. También, que la ocupación duraría unas dos semanas. “Respondieron 2.000 familias”, explicó el pastor el domingo por la noche en una entrevista con EL PAÍS en su iglesia a las afueras de Minneapolis.

Casi dos meses después de aquel doble cálculo errado, ya se han registrado en su programa de asistencia unas 28.000 familias, 16.000 de las cuales han recibido ayuda. La fenomenal operación ha cogido por sorpresa a todos, y ha probado la solidaridad de una ciudad en la que unos 3.000 agentes federales siguen desplegados. Han deportado o detenido a miles de personas y han matado a dos estadounidenses, Renée Good y Alex Pretti. Ambos, integrantes de un movimiento ciudadano que protesta contra una operación antiinmigración sin precedentes.

El programa de Amezcua distribuye 100 toneladas de comida semanales. Las donaciones de alimentos las reciben los martes y los jueves. Las de dinero las canalizan por la web, y en su mayor parte son pequeñas, “de unos 25 dólares”. El siguiente paso, desvela el pastor, es “levantar dinero para ayudar a la gente con sus alquileres”.

Sergio Amezcua descarga una caja de víveres para hacer una entrega en el área de Minneapolis, el 16 de enero.

Hasta que ese momento llegue, tal vez tan pronto como a finales de esta semana, los voluntarios se organizan para distribuir la ayuda los lunes, los miércoles y los viernes. Fundamentalmente, llevan verdura, legumbres, leche, pollo, cereales, pan, ensaladas, juguetes o, desde que una inmigrante les contó que estaba reciclando los pañales, también pañales. No solo a familias de indocumentados, advierte Amezcua, porque “hay muchos estadounidenses afectados por el fin de los programas de alimentos”. “Estamos ante una crisis humanitaria”, sentencia.

Este lunes por la mañana, el “santuario”, en el que normalmente se oficia la misa, estaba lleno de decenas de voluntarios, blancos y estadounidenses casi todos, de entre los 4.000 que se han sumado a la causa. En una mesa se apuntaban; en la siguiente, les tomaban los datos; en la tercera, recibían las direcciones de aquellos a los que debían visitar con sus coches, una vez cargados con la ayuda. En el vestíbulo del templo, una moderna construcción oscura, de líneas rectas, el ajetreo era otro, y se parecía mucho al de una fábrica de producción en cadena, mientras la gente se afanaba en llenar cajas y distribuirlas rumbo al aparcamiento.

Susan, una mujer de pelo blanco que empezó a ayudar desde el principio, explicó que la demanda es “tan grande”, que están “sobrepasados”, porque los voluntarios tienen que pasar antes “por un entrenamiento”, y no dan abasto. John y Davison, dos hombres mayores, mostraron después la ruta que les había tocado. Tenía ocho paradas. “Es nuestra manera de sentir que hacemos algo”, dijo John, un veterano de la órbita de Amezcua al que acompañaba su amigo por primera vez. “Algunos están tan asustados que no salen ni a abrir la puerta. Te rompe el corazón”.

El religioso tiene 46 años. Además de pastor cristiano, es empresario. Se dedica al negocio de los seguros, que está viéndose afectado por el despliegue de Trump: calcula que los ingresos han caído un 50% en estos dos meses, desde que empezó la toma de Minneapolis. “La gente pierde sus trabajos, y no pueden pagar la cobertura”, explica en su despacho, sentado bajo una foto en la que se le ve con su esposa y los tres hijos de ambos, además de con el primogénito, fruto de un matrimonio anterior. Sobre la mesa, descansa el micrófono que usa en su popular pódcast. Tacos al pastor, se llama, y en él comenta los asuntos de actualidad de las Twin Cities, conurbación que sale de sumar las ciudades de Minneapolis y St. Paul, separadas por el incipiente curso del río Mississippi.

Llegó a este rincón del mundo desde México hace 24 años y al poco se casó por primera vez. “Tuve suerte con la green card, y la residencia. Eran otros tiempos”, recuerda. Hace 17 años, se convirtió al cristianismo. En 2011, se hizo pastor. Después, fundó la iglesia, que es no confesional. La bautizó Dios Habla Hoy. Poco antes de la pandemia, compró el edificio, entonces un templo luterano, hoy convertido en el centro de una operación logística solidaria que funciona de lunes a sábado.

Los domingos sigue siendo el día del Señor. Los feligreses han caído en un 70% “porque la gente está aterrada, también los que tienen la residencia”, aunque, dice Amezcua, otras iglesias están registrando caídas del 80% o el 85%. “En nuestro caso, ayuda el perfil mediático que hemos tomado. Desde que empezó todo esto, hemos visto llegar nuevas caras, mucha gente blanca, porque nuestro servicio es bilingüe. También los hay que nunca fueron a una iglesia, incluso ateos, que simplemente quieren ayudar”, aclara.

Referente nacional

En los últimos días, no ha parado de atender a los principales medios de Estados Unidos. Se ha convertido en un referente nacional, y en un héroe local; alguien a quien acuden los que no saben a quién acudir. Por ejemplo, la madre del niño de cinco años Liam Conejo, detenido junto a su padre por el Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (el temible ICE) la semana pasada. Su rostro lloroso y aterrorizado se ha convertido en un símbolo global de lo que está pasando en esta gélida ciudad al límite. “Me llamó la madre; estaba desesperada. Enseguida nos activamos para poder ayudarlos. Lo último que he sabido es que ambos están en Texas, en una celda familiar”, cuenta el pastor.

Sobre su fama súbita, Amezcua dice que “no es vanidad”, sino el interés en poder controlar el relato. “Si tú prendes las noticias, es extrema derecha o extrema izquierda. Pero nadie está hablando de la verdad. Los de derecha dicen que aquí hay un montón de profesionales agitadores y que George Soros les está pagando. Lo cual es una mentira. Y la extrema izquierda se mete a las iglesias. Y nosotros tampoco estamos de acuerdo con eso”, aclara, sobre un incidente hace un par de domingos en el que unos manifestantes interrumpieron el servicio de un pastor al que acusan de ser agente del ICE.

Alimentos en la iglesia Dios Habla Hoy, este lunes.

En 2024, Amezcua votó a Trump. “Estoy un 100.000% arrepentido”, lamenta. “Lo que pasa es que los cristianos tenemos ciertos valores. Yo soy conservador, y con [Joe] Biden las cosas no funcionaban. Buscaba un poco de sentido común. Después me di cuenta de que Trump lo que tenía en mente es una limpieza étnica, una resistencia a que este país deje de ser tan blanco. Restan ciudadanos; no quieren que los hispanos se conviertan en una mayoría”, advierte. “Yo no veo diferencia entre lo que Trump está haciendo y lo que Hugo Chávez o [Nicolás] Maduro hacían con sus enemigos políticos”.

En su horizonte están las elecciones de medio mandato. Amezcua no quiere creer a los que en Minneapolis (y en Washington) sostienen que tras la operación Metro Surge se esconde la intención de tomar el control de los órganos electorales de Minnesota para manipular los comicios en favor de los republicanos en un Estado que, recuerda el pastor, “no ganó ni [Ronald] Reagan”. “Puedo ser un iluso, aunque para mí es una cuestión de esperanza. Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, será posible parar a Trump”, confía Amezcua. “Hasta entonces, estamos a su merced. Solo él toma decisiones en esa Casa Blanca; está rodeado por una bola de porristas”.

Que son, además, “hipócritas”, añade cuando se le pregunta sobre la defensa de Trump y sus aliados del cristianismo como la religión que debe regir los destinos, también políticos, de Estados Unidos. “Esos están leyendo la Biblia al revés. Hay dos mandamientos: amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Y en ambos están reprobados. Cuando se presenten ante Dios y le digan: ‘Señor, en tu nombre hemos deportado a toda esta gente’. El Señor les va a decir: ‘Háganse a un lado de mí, hacedores de maldad”, advierte Amezcua, antes de que el teléfono vuelva a reclamar su atención. No es arriesgado aventurar que, tras siete semanas de asedio del ICE, tal vez sea el hombre más buscado de Minneapolis.

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