A Bad Bunny no se le entiende nada
En Estados Unidos, se trata menos de hablar que de callar en español. El sonido de un idioma puede utilizarse como objeto decorativo, pero no su silencio, ni mucho menos su imagen, el dibujo del eco

Solo hay una cosa más ridícula que detestar a Bad Bunny, y es defenderlo, puesto que defender a Bad Bunny significa creer que necesita defensa. Unos días antes de su actuación en el Super Bowl, cuando recibió el premio Grammy al Mejor Álbum del Año, le dije a una amiga, medio en broma, medio en serio, que así, con esa teatralidad, lloraba alguien de Latinoamérica. Tras el anuncio de su triunfo, y en medio de tanto bullicio, Bad Bunny había cerrado los ojos, apretado con sus dedos el puente de la nariz, como si estuviese controlando el punto de salida de las lágrimas, y simplemente había dejado correr el tiempo.
Se trata de un método de contención, un gesto de ama de casa, de obrero agotado, de vecina a dos puertas de distancia, que sirve lo mismo para la euforia que para la desgracia, y su ambivalencia, la feliz indeterminación de las emociones, es lo que lo vuelve profundamente latinoamericano. Quien lo ve, no sabe qué esperar de ahí: si la persona en pausa acaba de ganar la lotería, si viene de enterrar a su madre o, más exquisito aún, si está fingiendo todo lo que le sucede.
Luego, ya en el Super Bowl, Bad Bunny actuó con un rictus de asombro permanente, con cierto deje nervioso que no anulaba tampoco la expresión insolente de caserío. Parecía un chiquillo de escuela primaria, trepado por primera vez a la tarima del pueblo, dispuesto a cantar los himnos célebres de la comarca y a ganarse por derecho propio la ovación cerrada de los adultos. Ha sido capaz de despertar la alegría colectiva más inexpugnable con todos aquellos remiendos que en los conservatorios y las audiciones no sirven para nada, mientras nos produce una suerte de pena la desesperación conservadora que lo rodea, el ataque a la virtud popular con un pase de lista técnico: “no canta”, “no ejecuta”, “no sé qué”. La verdad es que sí lo hace, pero, en este punto, ¿a quién le importa? Al fin y al cabo, resulta difícil, e innecesario, explicar un ritual para quien no ansia practicarlo desde antes de toda pedagogía.
Con los años, y el tránsito de su música, he empezado a escuchar a Bad Bunny para aquel que yo era cuando Bad Bunny no existía. Ha habido una transferencia, el préstamo de los sentidos a un fantasma. Así como Bad Bunny le entrega la estatuilla del Grammy al niño que él fue, así también escuchamos su música para el oído de aquel que aún nos espera en el pasado.
La obsesión que hay con deconstruirlo, con dilucidar cada guiño sembrado en su espectáculo, viene dada porque se trata de un artista en cuyo delito encontramos las pruebas de nuestra falta, como si fuéramos un detective que, en la escena del crimen de la cultura pop estadounidense, siguiese las pistas del culpable para descubrir que el asesino era él. Cuando pescamos, en el barullo del show, la imagen del niño que duerme sobre tres sillas de plástico y que la mano adulta despierta, destrabamos una emoción ambigua, que amenaza con irse por el caño de la añoranza, al tiempo que borda un territorio o una constelación. El recuerdo privado se expande y la nostalgia se descoyunta. La gente se pone feliz al enterarse de que la vida estaba llena de pasajes sutiles, comportamientos casi impercetibles, hábitos menores de familia, cuya única importancia había sido reservada para muchos años después, cuando, en mitad de un partido de fútbol americano, nos confirmaran que lo que vuelve a dos personas partes del mismo pueblo no es la nacionalidad, sino reconocer la misma insignificancia.
Después del show, Donald Trump dijo que a Bad Bunny no se le entendía nada. Eso es justamente lo que hace falta. Que no se haga entender, ya que ahora mismo no se me ocurre una declaración más legible. Él no es, no ha sido nunca, un traductor, sino la lengua en ejercicio, y su cultura, que es la nuestra, no sufrió jamás una mutilación cuando tuvo que trepar la cuesta del éxito y enfrentarse al tráfico de símbolos emprendido alguna vez por todas las estrellas latinas que han triunfado en el mercado estadounidense. Ese suele ser un recorrido que te desangra, en el que te vas dejando cosas por el camino, despojándote de lo que no funciona para aquello que la ley del espectáculo suele llamar el público general, y a veces lo que sobrevive es una cáscara. A fin de cuentas, tampoco necesitaban más.
Cómo logró Bad Bunny llegar íntegro hasta aquí, insumiso, es algo que solo puede explicar la historia y la gente. Alcanzó la más alta instancia del estrellato público en el país más poderoso del mundo sin que le hubiesen amputado el nombre en la ruta. Lo hizo como latinoamericano, no como latino, una diferencia fundamental. Antes había que entregar el apellido para acceder a una cuota de representación. Y lo inaudito no ha sido ver en el Super Bowl un espectáculo inédito, sino uno conocido, íntimo, donde Bad Bunny no cantó en español sobre un paisaje caribeño, porque esa sería simplemente la enésima postal de color, sino que actuó encima del idioma.
En Estados Unidos, se trata menos de hablar que de callar en español. El sonido de un idioma puede utilizarse como objeto decorativo, pero no su silencio, ni mucho menos su imagen, el dibujo del eco. Nada de esto resulta ocioso o gratuito. En un mundo abiertamente fascista, ningún símbolo de consuelo debe ser echado a la basura.
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