Marissa Solis: “Si hace cinco años me dices que Bad Bunny iba a actuar en la Super Bowl, no lo habría creído jamás”
La vicepresidenta sénior de la NFL, nacida en México, gestiona hoy la marca de la liga de futbol americano en un momento de transformación y expansión

Gestiona miles de millones de dólares, decide cómo se cuenta el mayor espectáculo deportivo del planeta y mueve audiencias que superan los 300 millones de personas. En la famosa Super Bowl, factura decenas de cientos de millones de dólares en publicidad solo para ese partido, con espacios de 30 segundos que cuestan más de 7 millones de dólares cada uno. Detrás de esas cifras de vértigo está el compromiso de Marissa Solis (Ciudad de México, 1972) por convertir el fútbol americano en una pasión mundial.
Se trata del sueño de una niña que siempre creyó a su madre y no a los que le llamaban “espalda mojada” en el colegio. Aquella migrante que soñaba con ser embajadora es hoy la vicepresidenta sénior de marca global y marketing de consumo de la NFL. La cima no le ha cambiado, y Bad Bunny sigue siendo el joven al que contrató hace una década para un anuncio y el que hoy, a solo días de su actuación en el intermedio del partido más esperado del año, hace que se le llenen los ojos de lágrimas y de orgullo. Juntos, están haciendo historia en el deporte americano y en el mundo.
Pregunta. Se acerca la Super Bowl. Para usted, supongo que será más estresante que preparar una cumbre política mundial.
Respuesta. Para mí, el próximo 8 de febrero, en el estadio Levi’s de Santa Clara (California), será más bien un estrés parecido al de una boda. Planeamos uno de los eventos más importantes del mundo. Hay mucha presión, pero estamos muy emocionados. Más de 300 millones de personas verán el espectáculo en directo, en muchos idiomas, en todo el mundo.
P. Los comentarios del presidente Donald Trump sobre Bad Bunny, encargado de actuar en el halftime show, no han sido muy halagadores. ¿Cómo lo ha gestionado?
R. Contratar a [Bad Bunny] ha sido muy intencional. Siempre se escoge al artista que más está influyendo en la cultura, por su implicación y su compromiso social. Lo que ha hecho Bad Bunny por elevar a su pueblo, a Puerto Rico, su negativa a actuar en Estados Unidos hasta este momento… Va a actuar 13 minutos y en español. Ha habido mucha polémica, pero nos comprometimos con él y nunca nos hemos arrepentido. Siguen preguntando cómo es posible que el fútbol americano elija a un artista latino. Y después de todo, puedo decir que si antes nos sentíamos orgullosos, ahora apostamos el doble.
P. La veo emocionarse al hablar de él.
R. Para mí es como cerrar un círculo muy importante en mi vida. Conocí a Bad Bunny cuando estaba en Pepsi y él todavía era Benito. Apenas tenía su primer álbum. Allí me dieron la responsabilidad de crear una unidad de negocio dedicada específicamente al consumo de la comunidad hispana. Fuimos la primera compañía del mundo en hacerlo. Entonces hicimos una campaña de Cheetos con él y ahora, 10 años después, va a actuar en la Super Bowl. Hace poco estuve con él rodando un documental en San Juan. Fue muy emocionante verlo también en su primer concierto allí. Ese concierto fue una carta de amor a Puerto Rico. Y no hablo solo de música comercial: es mucho más.

P. ¿Cómo se siente cumplir esta meta?
R. Si hace solo cinco años me dices que Bad Bunny iba a actuar en la Super Bowl, no lo habría creído jamás. Tampoco imaginé que llegaríamos a tener más de 40 millones de aficionados latinos en EE UU. La imagen que veo para los próximos años es la expansión global. Ya hemos anunciado partidos en Australia, Río de Janeiro, Múnich y Londres... Mi sueño es llegar a un partido por semana de temporada, es decir, 17 o 18 partidos al año en distintos lugares del mundo. Sé que no fui embajadora como soñé de joven, pero el impacto de mi trabajo —más allá del negocio— es demostrar que, independientemente de quién sea presidente o de los conflictos que existan, este seguirá siendo un deporte que une y no separa.
P. ¿Qué recuerda de la niña que llegó de México a Texas?
R. A los seis años perdí a mi papá. Lo recuerdo como una época muy dura. Pero ya entonces tenía la ilusión de venir a Estados Unidos; siempre pensaba que era la tierra de la luz. Me acuerdo de que le escribía cartas a mi padre fallecido y se lo contaba. Crecí en Harlingen, Río Grande, justo en la frontera. De allí nos vinimos a Brownsville (Texas). Llegué con la ilusión de lo que veía en las películas. Pero fíjate qué interesante: justo en uno de los Estados donde la mayoría de las personas son descendientes de latinos, hispanos y nacidos en EE UU, me encontré con mucho prejuicio. En la escuela me llamaban “espalda mojada”, y le preguntaba a mi mamá porque no entendía; yo siempre iba al colegio con la ropa seca.
P. ¿Cómo hizo su madre para explicárselo?
R. Entonces salía el presidente Jimmy Carter y llegaba a la Casa Blanca Ronald Reagan, y lo que hoy vemos sobre inmigración, racismo y prejuicios yo lo viví en primera persona. Lo que me salvó fue el restaurante de mi padrastro. Limpiaba, fui camarera y ahí desarrollé la ética y el esfuerzo en la vida. Y de mi madre aprendí a no hacer caso a lo que me decían, a centrarme en estudiar. En aquel momento, en la escuela nos dividían en tres grupos: gold (los brillantes), silver (casi todos) y brown… Podían haber elegido “bronce”, pero no. Yo estaba en ese grupo “marrón”, el de los niños que tenían dificultad para hablar en inglés. Desde entonces me propuse no tener acento, fuera como fuera. Pero al mismo tiempo, recuerdo pedirles algo a mis padres en inglés porque me daba vergüenza que me escucharan otros niños, y ellos no me respondían hasta que lo dijera en español. Eso es algo que les agradeceré eternamente, porque el castellano abre puertas en todo el mundo.
P. ¿Cuándo empieza a sentir que es estadounidense?
R. Mucho después. Ya de adolescente, un profesor me habló de [Universidad de] Georgetown, en Washington, pero el problema era cómo pagarlo. Todos los años, Coca-Cola escogía a 50 alumnos de todo el país, y en 1991 me dieron una beca completa para estudiar. Cuando me gradué en Relaciones Internacionales, aprobé el examen de diplomacia y justo cuando tenía decidido irme, un profesor —el segundo que recuerdo que orientó mi vida— me dijo que no perdiera el tiempo porque ser embajadora era muy difícil. Con mucho acierto, me recomendó entrar en el mundo de las compañías y hacer un nombre por mí misma. Así entré en Procter & Gamble en Puerto Rico. Nunca estudié finanzas, pero me especialicé entonces en economía en países en desarrollo.

P. Y luego pasó a ser una gran ejecutiva en PepsiCo hasta llegar a la NFL.
R. Fue difícil irme de Pepsi, pero obviamente no podía decir que no. Y aunque nunca he sido diplomática, este trabajo requiere mucha diplomacia: entre los jugadores, los países, las aficiones, los equipos, la expansión del fútbol americano a otros países. Es apasionante y muy complejo. Cuando me contrataron en 2021, saliendo de la pandemia, la NFL estaba involucrada en muchas polémicas. La misión, en aquel momento, de Roger Goodell y Tim Ellis era clara: necesitábamos cambiar la cara de la liga.
P. ¿Cómo se balancea el lado deportivo con el espectáculo del intermedio de la Super Bowl?
R. En el fútbol americano hay dos cosas muy importantes: no pasa de moda nunca y es impredecible. Hay mucha estrategia, miles de jugadas, y cualquier equipo puede ganar la liga. Eso es lo que siempre permanece. Luego está todo lo asociado a lo que sí está de moda hoy. Ahí es donde entramos mi equipo y yo. Todo lo que ocurrió después de que Taylor Swift fuera a los estadios a ver partidos —te puedo decir con humildad que no lo vi venir— fue un antes y un después para nuestra marca. Gracias a ella vimos la narrativa que interesa a las mujeres, a los jóvenes y a otras comunidades. Ahí empezó nuestra estrategia, que llamamos helmet off (“casco fuera”), para que la gente viera lo que hay detrás de cada jugador: que no son solo gladiadores, sino también padres, hermanos, hijos y novios. Ya no es solo el juego; es la vida, lo humano, la inspiración.
P. Y llegaron también los jugadores latinos.
R. En este momento hay 80 latinos en activo en la NFL. Sus historias y las banderas de Latinoamérica que exhiben con orgullo han hecho que nuestras audiencias crezcan de manera exponencial, también entre los jóvenes de la Generación Alfa y entre las mujeres. Es increíble cómo está cambiando el fútbol americano. También vemos que, entre la población joven menor de 25 años, la mayoría es latina. Y ellos no consumen el deporte igual que los aficionados tradicionales. Nunca van a ver un partido de cuatro horas seguidas, y por eso tenemos que contar historias y crear contenido que conecte. Son 18 semanas de partidos, pero los eventos duran todo el año. De ahí surge también la estrategia de expansión del deporte a otros países.
P. El estadio Santiago Bernabéu de Madrid, por ejemplo, se llenó por el fútbol americano hace poco.
R. Queremos estar entre los tres primeros deportes en todos los países del mundo. En Estados Unidos somos el primero. En México y en Canadá ya estamos bien posicionados, y en Inglaterra o Brasil estamos entre los diez primeros. Hemos avanzado mucho. Pero según un estudio que hicimos en España, estábamos por debajo, incluso de las competiciones de dardos. Entonces, lo de Madrid fue espectacular. Unirnos al Real Madrid fue un acierto. Mientras veía el partido en Madrid, hablaba con el gerente de un restaurante del Bernabéu, y me dijo que nunca había visto algo así. Desde la entrada de los jugadores, los himnos —el español y el estadounidense—, todo fue pura emoción.
P. ¿Teme que el ambiente político anti-Trump en Europa afecte a la NFL?
R. El fútbol americano no es un deporte político. Nuestro deporte une a las personas. En Madrid, los seguidores de los Miami Dolphins y los de los Washington Commanders estaban sentados juntos, abrazándose, celebrando, tomando cerveza. No me imagino eso entre aficionados del Real Madrid y del Barcelona.
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