‘Deadloch’: risas y muerte en las antípodas
La serie australiana rebosa humor, aunque no es para todos los gustos. En un mundo de series clónicas como las caras retocadas, Deadloch es un oasis de originalidad


La primera serie australiana que recuerdo es Retorno a Edén; en ella, un vividor lanzaba a los cocodrilos a su mujer rica y poco agraciada para heredar. No moría, pero pensaban que sí, y además, cirugía mediante, acababa siendo modelo y recuperando lo suyo. Bastaba un poco de maquillaje y un moldeador para que nadie la reconociese. Pasa lo contrario con los que a base de retoques dejan de parecerse a sí mismos y se parecen a todos los demás. Qué pensarán los hijos, incapaces de reconocerse en los rasgos de sus progenitores. Como las Kardashian, que han borrado sus rasgos armenios. Mi madre me decía que me había comprado en la calle (qué humor macabro tienen a veces los progenitores), pero como éramos fotocopias, nunca le di credibilidad. Los de las Kardashian tienen tan poco parecido con el aspecto actual de sus madres que podrían creer que se los trajo un dron de Amazon.
Como los cocodrilos en Australia dan para mucho, en Deadloch hay a mansalva. También en la segunda temporada, recién estrenada en Prime Video. La primera empezaba con un par de adolescentes fumando un porro que acababa sobre el vello púbico de un cadáver que se encontraba en la playa. Ese es el tono. Acusaban del crimen a una foca a la que querían cargarse porque peligraba el turismo. Cosas de la gentrificación y del peaje que pagan los locales por ver sus ciudades convertidas en parques temáticos. Tampoco esquivan el maltrato a los habitantes originales de la isla por parte de los británicos. Todavía no han escuchado las disculpas de la Corona, ni tímidas como las de Felipe VI. Que no es que haya que rasgarse las vestiduras a diario, pero tampoco está mal admitir que igual se nos fueron de las manos aquellas visitas.
Por una vez, el cuerpo muerto desnudo no es el de una mujer. Las víctimas son hombres blancos heterosexuales. Algo tan poco habitual como el resto de Deadloch, “un Broadchurch divertido”, según sus creadoras, Kate McCartney y Kate McLennan que suena a tributo a The Beatles.
En la segunda temporada cambia el escenario y los personajes. Echo de menos a la alcaldesa permanentemente desbordada, pero siguen las detectives protagonistas: la eficiente Collins y Eddie, una Torrente con bermudas que empezó irritándome y acabó obligándome a ver cada capítulo dos veces para no perder detalle de la interpretación de Madeleine Sami. Diosa, reina. Deadloch rebosa humor, aunque no es para todos los gustos. En un mundo de series clónicas como las caras retocadas, es un oasis de originalidad.
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