Todo está en ‘Orange is the New Black’
Qué mal ha envejecido el heroísmo americano de Hollywood y qué bien la siempre reivindicable ‘Orange Is the New Black’. Y eso es malo para todos


Que Ted Sarandos fuese objeto de las bromas de Conan O’Brien durante los Oscar refleja el impacto cultural de su plataforma. Fue hilarante el gag que versionaba Casablanca para los que ven películas mirando el móvil, aunque asusta más que la tía Gladys. Auguran que Netflix acabará con el cine; lo curioso es que cuando nació se decía que llegaba para salvar la televisión. En sus inicios, antes de que se dedicase a producir telefilmes de sobremesa de ocho capítulos (a favor de los telefilmes, pero si duran noventa minutos), nos ofreció series deslumbrantes como House of Cards y Orange Is the New Black. La primera era pura sofisticación y algunos se creyeron que la política era así: un ballet de asesores intrigantes y gobernantes taimados que siempre van dos pasos por delante, ¡ja! También se creían que era como Borgen, ¡ja ja! La segunda reflejaba las consecuencias de la política.
Las protagonistas eran una pareja de guapas, aunque las reales no lo eran tanto, pero al audiovisual le encanta embellecer; hasta Frankenstein es guapo ahora. Y eso cambia el cuento. Si la protagonista de El intercambio se hubiese parecido a Angelina Jolie, la policía de Los Ángeles habría levantado las aceras para encontrar a su hijo, pero como la verdadera Christine Collins era poco agraciada, le dieron al primer niño extraviado con el que se toparon. Las vidas guapas importan más. Su creadora, Jenji Kohan, ha confesado que las utilizó como caballo de Troya para contar lo que le interesaba de verdad: una historia de mujeres de orígenes, edades, físicos y sexualidades diversas, personajes poco vistos en pantalla. Su serie explicaba las miserias del sistema desde la perspectiva de los que se quedan atrás. En ella vi por primera vez los desmanes del ICE y el mercadeo de las cárceles privadas preocupadas por reducir costes y aumentar beneficios, y si no hay reinserción, mejor para los accionistas.
En la última temporada, ya en pleno trumpismo, abandonaban a una inmigrante herida en medio del desierto. Hace unas semanas apareció en EE UU el cadáver de un refugiado rohinyá —uno de esos conflictos brutales que no encuentran demasiado eco en los medios—. Estaba ciego y enfermo, era analfabeto y no hablaba inglés. Al personaje de Orange is the New Black la dejaban tirada los traficantes de personas; al refugiado lo abandonó a su suerte la patrulla fronteriza de ese país que su cine ha vendido como un referente moral. Qué mal ha envejecido el heroísmo americano de Hollywood y qué bien Orange is the New Black. Y eso es malo para todos.
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