Ir al contenido
_
_
_
_
UN BOOMER ENGANCHADO AL REEL
Análisis

¿Qué es lo que no entendiste de Bad Bunny, Donald Trump? ¿Lo del perreo? ¡Venga, ya!

El presidente de Estados Unidos, quien dijo que hay que agarrar a las mujeres por el coño, entendió perfectamente el maravilloso espectáculo del puertorriqueño, la mayor bofetada política que le han dado en público por primera vez

Bad Bunny durante su actuación en la Super Bowl, una de las más comentadas y más vistas de la historia.Associated Press/LaPresse (APS)

Llevan las redes varios días con sus noches bombardeando con la increíble movida que montó Bad Bunny en el gran tazón. Y no me extraña. Y me encanta. Y nada me hace más feliz. Cuando llevábamos más de un año de impotencia encadenada, de frustración continua, de bajar la cabeza ante la completa y sistemática humillación de este regreso del fascismo y su desfile global por nuestros ojos, la resistencia comienza a armarse y ha explotado con rabia y alegría al compás de los ritmos latinos.

El basta ya comenzó pasadas las navidades, desde el frío en las calles de Minneapolis, mientras miles de ciudadanos hacían frente a las SS del hielo resucitadas con las caras cubiertas de las bestias del ICE. Pero el domingo por la noche en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, durante el descanso del partido entre los Patriots y los Seahawks, el grito de rechazo ante lo que estamos soportando se calentó...

Ganaron los Seahawks, pero eso, ¿a quién le importa? Lo que pasará a los anales del espectáculo no fue el partido, sino la ardiente y fogosa rebelión de un puertorriqueño orgulloso llamado Benito Antonio Martínez Ocasio, consciente de que tiene en su mano un arma de construcción masiva: la música. Es el idioma que mejor entienden todos los colectivos a nivel mundial. Por eso la revuelta del domingo adquiere un nivel de categoría que va más allá de la esfera política —incapaz hasta ahora de plantarle cara— para ser liderada desde la cultural. Eso es lo que más les puede asustar. A todos los que como él aspiran a acallarnos. Por eso, el clamor de Bad Bunny no debe quedarse solo ahí y prender en otros ámbitos. Se necesita valentía y fuerza para dar el paso. Lo hizo el músico y con ello trascendió los límites de su propia figura para erigirse en un ídolo de masas carismático al ampliar así el campo y penetrar en otros ámbitos incluso ajenos a su fenómeno artístico. Se aupó como un referente social de altura, en un necesario icono cultural con una actuación cargada de significados evidentes para empezar a dar una batalla que otros, aunque les paguen para ello y esté entre sus obligaciones a la hora de defender la democracia, no se atreven a dar.

No tardó la respuesta de Donald Trump. Había sido abucheado en noviembre por decenas de miles de personas en directo y por primera vez convenientemente humillado durante un partido de la NFL. No le gustó el espectáculo de la final, dijo después. Le pareció terrible, una de las peores actuaciones de la historia. “¡Nadie entiende lo que dice este tipo!”, aseguró en su red social de mentiras, Truth.

¿Qué fue precisamente lo que no le entró en la cabeza a él? ¿Lo del perreo? Extraña en quien en su día aseguró que había que agarrar a las mujeres por el coño, en quien lidera la liga Maga machista global. Una vez más ha querido engañarnos, no cabe duda. Lo entendió a la primera. Otra cosa es que no le gustara nada lo que allí ocurrió durante 13 minutos, para él, eternos.

No le moló a Trump aquel ángel latino vestido de blanco. El poder de convicción y de rechazo a sus políticas que escenificó con un espectáculo reivindicativo desplegado y ejecutado al milímetro. En él cupieron a lo largo de ese escaso cuarto de hora un discurso amenizado con música acerca de todo lo que millones de personas en todo el mundo estábamos deseando soltarle a la cara.

Con alegría, además, con gozo, con esperanza. Palabras que ni el presidente ni sus secuaces comprenden. A través del sonido de la salsa, del reguetón, con la fuerza rítmica pegada al alma que contagian las maracas, los instrumentos de viento y los tambores al acompañar las banderas necesarias. Desplegó Bad Bunny todas las que conforman América. Las nombró una a una para proporcionar un verdadero y patente vuelo que dignifica una aspiración y un mundo no exclusivo de quienes lo humillan desde el norte. La palabra que da nombre a un territorio en el que la mayoría habla español y que fue pronunciada desde su bautizo en nuestro idioma. Justo el que utilizó Bad Bunny la noche del domingo en que se plantó con toda su potencia ante los desmanes del nuevo emperador.

No entendió Donald Trump que hasta una rubia de leyenda como Lady Gaga se pasara al bando del mestizaje y la piel morena, que Ricky Martin le hablara casi con la voz quebrada pero intacta de gentrificación, raíces y medio ambiente, ni que alguien pudiera tirarse al vacío de espaldas, sin miedo, porque sabía perfectamente que decenas de brazos lo recogerían y no lo dejarían estamparse contra el suelo, como hizo Bad Bunny.

Ni se le había pasado al nuevo tirano global por la cabeza que iba a ver a un niño muy parecido al que sus secuaces habían detenido semanas antes en Minneapolis recoger el Grammy que el artista ganó al grito de: “ICE fuera”. Ni que con ese gesto, mucho más digno que la vergonzosa patochada de Corina Machado entregándole el Nobel en la Casa Blanca, engrandecía y prendía la esperanza en millones de corazones encogidos y atemorizados a lo largo de todo el país por la continua amenaza de expulsión que pesa sobre ellos.

Y seguramente entendieron la lección moral, ética y artística de Bad Bunny quienes a lo largo de este año triste y atroz se han plegado ante los pies del sátrapa sin oponer resistencia. Mandatarios sumisos y dirigentes de países democráticos, elegidos por sus ciudadanos, que lo han visitado, agasajado y consentido sus barbaridades, que le han dicho amén, que se han plegado y nos han escatimado con ello la dignidad necesaria y urgente para decirle con toda la razón que nos asiste para ello: ¡Hasta aquí hemos llegado, fascista!

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_