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Atender 1.405 intentos de suicidio de menores en un año: “Es la máxima presión que se pueda imaginar”

Las líneas de la Fundación Anar apoyaron en 2025 a 19.990 niños y adolescentes con problemas y más de la mitad de las llamadas de los chicos estuvieron relacionadas con la salud mental

Manifestación en Madrid en el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el pasado septiembre.Fernando Sánchez / Europa Press (Europa Press)

Suena el teléfono y, al otro lado, un chico de 15 años cuenta que tiene ideaciones suicidas. “Quiero... dejar de pensar... dejar de respirar, no quiero seguir en este mundo, me duele”, dice. Quien escucha es un psicólogo de la Fundación Anar, de ayuda a niños y adolescentes en riesgo, que gestiona un teléfono que funciona las 24 horas al día y es gratuito. Es un caso anonimizado, uno de los 6.567 que esta organización atendió el año pasado por este mismo problema —la cifra multiplica por diez la registrada hace 10 años—. De ellos, 1.405 llamaron en pleno intento de suicidio. Siete veces más que en 2016. La organización es consciente de la contundencia de las cifras. “Cada vez atendemos problemas más graves”, afirma Benjamín Ballesteros, director técnico de esta fundación. Pero pide huir de alarmismos: “Llaman porque lo están pasando fatal, buscando ayuda, pero en el fondo, buscando esperanza, una manera de encontrar una solución a su problema”.

Tener ideaciones suicidas no quiere decir, ni mucho menos, que alguien vaya a acabar con su vida. Pero sí es un síntoma importante del nivel de sufrimiento y de que hay problemas asociados que deben abordarse. El año pasado, Anar atendió 19.990 casos de menores con problemas a través de sus líneas telefónicas o de su chat, según el informe anual que se ha presentado este miércoles, son un 8,9% más que en 2024. La mayoría eran chicas. Casi la mitad, adolescentes. O bien llama el propio menor, o lo hace un adulto preocupado por un niño, “normalmente la madre”, expone Ballesteros. Así es como les llegan los casos de menores de nueve años. En total, recibieron 252.561 llamadas (hay más de una por cada chico). “Mi hijo ha reconocido que se ha autolesionado, de hecho, empecé a darme cuenta porque ponía la música muy fuerte y se aislaba en la habitación”, decía la madre de un adolescente de 15 años.

Más de la mitad de los chicos que llamaron pidieron ayuda por problemas de salud mental. Por cuarto año consecutivo, las conductas suicidas han liderado los motivos de la consulta (29,6% de los casos), seguidas de las autolesiones (12,3%), fundamentalmente en adolescentes. Cuando es el adulto el que se pone en contacto con la fundación, en el 63% de las ocasiones lo hace por la violencia que sufren los menores, normalmente por maltrato físico, agresión sexual o maltrato psicológico.

Dos puntos de vista —el de los adultos y el de los niños y adolescentes— que reflejan la misma realidad, según Ballesteros. Los chicos alertan sobre su salud mental y los adultos sobre la violencia que sufren. “Un menor de edad habla del síntoma, de cómo se siente. Pero, en el fondo, las problemáticas que está provocando esta sintomatología son la violencia”, sostiene Ballesteros. Con solo 13 años, una de las llamadas sonaba así: “Cuando mi mamá va a trabajar y mi papá está solo conmigo, me hace cosas que no me gustan”. Otra, referida por otro adolescente de 14 años, así: “Mi padre incluso madrugaba para pegarnos, se levantaba y empezaba ahí el día”. También los chicos piden ayuda por maltrato: sumando el físico y el psicológico, son el 16,3% de los casos.

El informe identifica, de media, 4,7 problemas por cada menor. Es decir, se llama por una causa y, durante la conversación con los psicólogos que atienden las líneas de Anar, surgen otras cuestiones. La más común, depresión o tristeza, seguida de ansiedad y de fobias y miedo. En más de la mitad de los casos, los problemas que sufren los chicos se producen desde hace más de un año; en el 62%, la frecuencia es diaria. En siete de cada diez ocasiones, el nivel de urgencia es alto.

Respecto al aumento de casos atendidos en los últimos años, especialmente en lo que a conducta suicida y autolesiones, el director técnico de la fundación apunta que las líneas de ayuda se han consolidado y cada vez son más conocidas, lo cual permite aflorar problemas que estaban ahí, solo que latentes. Pero añade que esto en sí mismo no explica todo el aumento.

Ballesteros apunta a dos factores: “Por un lado, el uso inadecuado de la tecnología, que vemos en el 62,7% de los casos que atendimos en 2025, está implicado en este fenómeno. Cuando alguien, especialmente un menor de edad, está pasándolo mal y se pone en contacto con terceros que le hablan de suicidio, que le explican procedimientos, suben las probabilidades de que lo lleve a cabo. Por otro lado, no estamos siendo capaces de frenar las tasas de violencia que padecen los menores, entre las que destacamos la violencia intrafamiliar y la violencia de género, el bullying, las agresiones sexuales”. Es clave darles herramientas para que puedan relacionarse de manera adecuada con la tecnología y evitar el impacto negativo de contenidos nocivos en su desarrollo.

Por el camino, se encuentran con casos graves. “A mí no me duelen los golpes, si es necesario, los aguanto por ellos, pero no con mis hijos. A ellos no les puede tocar”, contaba una víctima de violencia de género, madre de una niña de siete años y un niño de 11. Ballesteros se pregunta. “¿Cómo no van a estar mal los menores que nos llaman con la situación que viven sus familias? El principal problema es la violencia de género, que se vive en un 12% [de las casas de los chicos que llaman], seguido de maltrato intrafamiliar, con un 11%. Tienen problemas jurídicos [que incluyen disputas sobre separación, custodia o tutelas], depresión, tristeza, adicciones... Si el entorno que debería ser protector está mal también…”, desliza.

La tarea de la fundación no es dar tratamiento psicológico, sino escuchar y orientar, remitir a quien llama a recursos que le ayuden. El año pasado realizaron 65.826 derivaciones a recursos de infancia de todo el país (varias por cada caso). Y realizaron 8.411 intervenciones de las fuerzas y cuerpos de seguridad, los servicios sociales o de protección a la infancia. “Son casos en los que corre grave riesgo la integración física del menor o está en situación de desamparo. Un chico que está fugado en medio de la noche, una chica que ha sufrido una agresión sexual, alguien que llama por un intento de suicidio…”, ejemplifica Ballesteros.

Descolgar el teléfono y escuchar a un adolescente que está en plena tentativa de suicidio “es la máxima presión que se pueda imaginar”, dice el director técnico de la fundación. Más de 100 psicólogos de plantilla atienden las líneas de ayuda junto a unos 250 voluntarios. Todos reciben una formación de 400 horas. “Sabes que tienes que actuar correctamente y de forma inmediata, es cuestión de vida o muerte”.

Hay un protocolo específico. “Se va haciendo una exploración e incluso se van llevando a cabo primeros auxilios, si es que es necesario. A veces, son tan sencillos como quitar el pestillo de la puerta para permitir que entren los bomberos o el 112. De forma paralela, se llama a emergencias y, si es necesario, a la policía o a la Guardia Civil”, detalla Ballesteros. “Desde ahí nos mantendremos con ellos, hasta que lleguen, y les pediremos que nos llamen después para hacer un primer seguimiento. Nuestra misión no es solo salvarles la vida en ese instante, sino que inicien procedimientos adecuados para asegurarnos de que salen de esa situación de desprotección, porque siempre hay otros problemas asociados”, continúa. Que la fundación tenga constancia, según esas primeras llamadas de seguimiento, ninguno de los 1.405 intentos de suicidio culminó. Eso es lo que destaca Ballesteros. Buscan ayuda y es posible brindársela.

El teléfono 900 20 20 10 es la línea de Anar de ayuda a niños y adolescentes. La fundación también presta asistencia a través del chat: chat.anar.org

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