La cantaora que el franquismo quiso domesticar: La Niña de la Puebla y la historia oculta de sus campanilleros de la libertad
Cómo una mujer ciega, republicana y adelantada a su tiempo atravesó el siglo XX cantando, y cómo su nieta y una directora andaluza la devuelven ahora a la luz
Antes de cantar, gritaba en defensa de la libertad. Se plantaba ante las tropas republicanas en el frente, que recorrió durante la Guerra Civil, y lanzaba su arenga con la misma voz cristalina con la que después cantaría su mayor éxito, Los campanilleros: “¡A los fusiles, a defender al trabajador! ¡Mueran los fascistas! ¡Dadme un fusil y guiad mis pasos hacia donde está el enemigo, yo dispararé con la satisfacción del deber cumplido!”. Era Dolores Jiménez Alcántara, La Niña de la Puebla (La Puebla de Cazalla, Sevilla, 28 de julio de 1908- , 14 de junio de 1999), tenía 30 años, estaba ciega casi desde su nacimiento y no le temblaba la voz. Cuando Franco ganó la guerra, esa misma voz, uno de los sonidos más populares de la España de la dictadura, puede que le salvara la vida. El régimen, que con tanta habilidad se apropiaba de todo lo que era masivo y comercial —el fútbol, los toros, la copla, el flamenco—, también se apropió de su éxito. “Yo no sé por qué no me mataron, porque fusilaron a gente por cosas más pequeñas”, diría ella misma, con esa mezcla de lucidez y asombro de quien ha mirado de frente al peligro y ha salido viva sin terminar de entender cómo.
El pasado 12 de marzo, en el Festival de Cine de Málaga, se estrenó Acuérdate de mí, un documental dirigido por Remedios Malvárez (Huelva, 1968) y coguionizado con la nieta de la cantaora, la actriz Adelfa Calvo (Melilla, 1962). 76 minutos que son, a la vez, un retrato de una figura irrepetible del flamenco, una historia de familia narrada desde sus entrañas y la recuperación de una mujer que fue empresaria, poeta, artista de masas, militante republicana y cantaora tan completa como pocas en la historia de este arte, y a quien la historia oficial y la ortodoxia flamenca relegaron durante décadas a ser una artista menor.

Nacida en un pueblo de la serranía sevillana, a los tres días de nacer un colirio en mal estado le abrasó los ojos para siempre. “Me hirvieron los ojos”, diría ella misma décadas después. Su padre, Francisco Jiménez, era barbero, anarquista convencido, poeta popular y un sindicalista señalado que llegó a paralizar todas las barberías de Madrid durante las huelgas generales. Un hombre profundamente contradictorio: maltratador de su mujer y capaz también, con una tenacidad que rozaba la obstinación, de llevarse a su hija ciega hasta Madrid para que estudiara en un colegio de ciegos y recibiera formación musical.
Décadas después, sería su nieta quien empezaría a reconstruir esa historia. A principios de los años noventa, la actriz Adelfa Calvo —ganadora del Goya por El autor y rostro habitual del cine español contemporáneo a las órdenes de directores como Pedro Almodóvar, Juan Diego Botto o Alberto Rodríguez— comenzó a grabar largas conversaciones con su abuela en un radiocasete doméstico. “Ella siempre nos pidió que escribiésemos su historia”, recuerda ahora, “yo la grababa porque quería conservar su voz, pero nunca pensé que aquello acabaría siendo una película”. Durante horas, Dolores hablaba. Contaba su infancia, el descubrimiento del cante, el vértigo de los escenarios, la guerra. Dolores murió en 1999 y las cintas quedaron guardadas 20 años. En 2019 reaparecieron, y con ellas algo parecido a una voz interior que le decía que tenía entre las manos un tesoro que no podía seguir durmiendo.

El proyecto, sin embargo, era demasiado grande para llevarlo sola. Necesitaba a alguien con distancia y oficio. Ese alguien apareció en los autobuses de los Premios Goya de 2022, donde Malvárez y Calvo —ambas nominadas— coincidieron viajando hacia la gala y en la conversación surgió la historia. La directora, una de las documentalistas más sólidas del cine andaluz, responsable de cintas como Alalá, Fandango o Picorreja, en seguida quiso sumarse. “Cuando escuché aquellas grabaciones entendí que había un tesoro”, explica. “Dolores contaba su vida con una lucidez impresionante, pero además esa vida atravesaba todo el siglo XX español”.
Ambas decidieron entonces adoptar una estructura doble: la vida de la cantaora narrada por ella misma en aquellas cintas y el presente de su nieta intentando reconstruir esa memoria. “Le propuse a Adelfa que la película no fuera solo sobre su abuela”, cuenta Malvárez, “sino sobre ella buscando a su abuela. Ese viaje emocional era la clave”.
Empresaria con 20 años gracias a ‘Los campanilleros’
Contra la voluntad de su padre, que no quería verla actuar en público, La Niña de La Puebla comenzó a presentarse a concursos de cante por los pueblos de Sevilla. Su gran referente era Pepe Marchena, figura central de la llamada ópera flamenca. Fue él quien la descubrió y la llevó de gira. En 1931 debutaba en el Olimpia de Sevilla. En 1932 grababa por primera vez Los campanilleros. Tenía 23 años y ya dirigía su propia compañía. “Hay que ponerse en situación”, dice Adelfa Calvo. “Una mujer ciega que nace en 1908 en un pueblo de Sevilla y llega hasta donde llegó… Hay que tener los ovarios muy bien puestos”.
Los campanilleros nacieron como tonadas religiosas en la Andalucía del siglo XVII y con el tiempo se aflamencaron. El primer cantaor en registrarlos fue Manuel Torre y hasta hoy han llegado infinidad de versiones, sobre todo, como villancico. La versión de Dolores, grabada en 1932 con una letra nueva —los pájaros del campo andaluz, el amor y la madrugá—, se convirtió en el himno sonoro de toda una generación. Las bandas de música la esperaban en los pueblos tocando esa melodía cuando llegaba a actuar.
Pero hubo otra versión que también cantaba, y que durante décadas permaneció en el silencio: Los campanilleros de la libertad, un grito para los presos y los trabajadores sometidos, que Dolores cantó en el frente y que nunca volvió a interpretarse en público tras la derrota republicana. Quedó guardada en papeles escritos de su puño y letra, que ella misma inventó. En el documental la recuperan y la interpreta María Peláe con arreglos electrónicos de Alba Reig. “Esa canción pasó al exilio”, dice Malvárez, “es el exilio de una canción que es el símbolo del exilio de una generación. La hemos registrado ahora a su nombre, porque ni siquiera llegó a estar registrada”.

La guerra puso del revés al país, pero no interrumpió la ascensión fulgurante de la estrella La Niña de La Puebla. Cuando Franco ganó, sus bienes fueron confiscados, su empresa desapareció y su nombre quedó marcado por su pasado político. “Yo creo que no me fusilaron por lo que me quería la gente”, dice ella misma en las grabaciones de su nieta. Como tantos otros artistas republicanos, tuvo que empezar desde cero. Se refugió primero en Valencia y después en Málaga, donde reconstruyó lentamente su carrera. Volvió a organizar giras, levantó otra compañía y recorrió durante décadas los escenarios de toda España. Pero muchas cosas tuvieron que quedar en silencio. “Ella tuvo que guardarse sus libertades en un cajón para sobrevivir. “Las vivía de puertas para dentro”, explica Malvárez.
El apropiacionismo franquista
El franquismo, experto en apropiarse de todo lo que era popular, también hizo suyo el flamenco y a sus intérpretes. La Niña de la Puebla siguió cantando, pero el contexto había cambiado: lo que antes había sido una artista comprometida pasó a convertirse, en la narrativa oficial, en una simple figura del espectáculo que, en los medios de la época, era retratada sobre todo como madre y ama de casa. Confundir a la artista con el uso que el régimen hacía de ella es, advierte Malvárez, el mismo error que se sigue cometiendo hoy: “El franquismo se apropió de lo popular. Como hace ahora mismo el fascismo actual, que se apropia de banderas y las hace suyas. Pero eso no tiene nada que ver con la realidad”.
A esa simplificación contribuyó también la ortodoxia flamenca, profundamente machista durante buena parte del siglo XX. En un mundo dominado por hombres, las cantaoras eran observadas con condescendencia. Dolores quedó encasillada durante años como una cantante “ligera”, asociada a estilos populares y a los llamados cantes de ida y vuelta. “Pero basta escuchar su discografía para entender que eso es una injusticia. Mi abuela dominaba muchísimos palos”, dice Adelfa Calvo.
El documental intenta corregir esa mirada. A lo largo de la película aparecen registros que muestran a una artista mucho más compleja de lo que la historia oficial quiso recordar. Desde su primera aparición filmada en el cine —una película de 1933, en plena Segunda República— hasta sus últimas intervenciones televisivas ya en los años noventa. Entre una imagen y otra hay casi 60 años de distancia. Y, sin embargo, hay algo que permanece casi intacto: la voz. “Eso es lo que más me impresionó cuando montábamos la película”, dice Malvárez. “La tesitura es prácticamente la misma”. La voz de La Niña de la Puebla, cristalina y afinada, parece no someterse al desgaste del tiempo. Para su nieta, la explicación está en una mezcla de disciplina y orgullo. “Mi abuela tenía un punto de honor muy fuerte. Siempre decía: ‘Si te subes a un escenario, hay que respetar al público”, recuerda.
Ese respeto la mantuvo siempre. Cantó antes de una guerra, durante una dictadura y en la democracia. Cantó para públicos que cambiaban mientras el país también cambiaba.
Dolores Jiménez Alcántara murió en 1999, tras desplomarse en la Peña Flamenca de Huelva mientras cantaba por soleá. Tenía 90 años e iba a recibir días después la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Se la entregaron a título póstumo. Había nacido ciega en la serranía sevillana, cantado en una guerra, sobrevivido a una dictadura y llenado teatros durante setenta años. Murió como había vivido: en un escenario, cantando. “Mi abuela fue una mujer muy libre”, dice ahora Adelfa Calvo, “y lo que queremos con esta película es que nadie la vuelva a olvidar”.
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