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Teresa Estapé: “Las joyas fueron el banco de las mujeres, cuando no podían tener nada, pero sí convertirlas en dinero”

La barcelonesa defiende la joyería artística, explora ritos y orígenes, y juega con los límites de los materiales. Nos recibe en su piso y su taller de Barcelona mientras prepara una exposición en el Museo Geominero de Madrid y su participación en ARCO

Teresa Estapé

Un guante de fregar con una alianza troquelada. Esa fue la primera pieza con una reflexión detrás que diseñó Teresa Estapé (Barcelona, 53 años). “La hice cuando estudiaba en la Massana, allí estábamos creando una joyería muy experimental, y gané un premio en Alemania, en Talente, un concurso para jóvenes que empezaban en joyería contemporánea”, recuerda, “me fascinan los guantes de fregar, quizá porque es la traslación de algo muy elegante a algo doméstico y práctico. Y creo que la misma traslación del guante lujoso al doméstico era la alianza que se regala de pedida, donde hay como toda esa historia romántica de lo que será tu vida maravillosa, que luego no tiene nada que ver. Y me la llevé en modo irónico al guante de fregar, la realidad, el día a día”. Sentada en su estudio-taller del barrio barcelonés de Sant Gervasi, recuerda sus inicios mientras prepara unos meses de febrero y marzo atareados, con una exposición en el Museo Geominero de Madrid y una obra en ARCO.

El arte y la joyería artística han sido su camino, pero empezó estudiando Derecho. “No tenía nada claro y me aburrí profundamente. Muchos de los que estábamos perdidos entonces acabábamos en Derecho. En tercero, vi que lo que realmente me apasionaba era el arte, lo había descartado porque no me parecía una opción de trabajo. Cuando me licencié me apunté a una academia de pintura donde había gente preparando la prueba de acceso para Bellas Artes y me dijeron: ‘¿Por qué no te animas?’ Y la hice y entré”. Compaginó las clases con la diplomatura de Joyería de la Escola Massana: “Me multipliqué, también tengo que decir que seguía en casa de mi madre, con lo cual llegaba y tenía la comida hecha, y monté un pequeño taller allí y los fines de semana empecé a hacer joyas y venderlas”. Luego vivió unos años en Madrid, donde trabajó con Helena Rohner y descubrió la parte empresarial de su oficio; desde entonces ha tenido cuatro talleres, el primero estaba en el Raval. Repite que el paso por la Massana la marcó, allí entendió el valor simbólico de las joyas, el peso de su historia, la importancia de los materiales. “Ramon Puig Cuyàs insistía en que estudiáramos la joya como un objeto artístico, hubo gente que se fue porque quería hacer algo más de diseño, solo bonito, y no quería meterse en ese fregao. Él nos enseñó a entender toda la carga simbólica y poética de la joyería primigenia, que no era nunca un adorno sin más, o era un amuleto o era un signo de reconocimiento en un grupo social. A veces marcaba en qué etapa de la vida estabas, si tenías hijos o no, si eras una mujer que ya no necesitaba hacer las tareas domésticas porque eras mayor y tenías un estatus dentro del grupo...”, apunta Estapé.

Con su práctica —en la que también hay esculturas o instalaciones como Valor refugio (2023), expuesta en el Macba— busca ahondar en ritos y símbolos, desterrar prejuicios, contar las historias detrás de los materiales y las formas. “La joyería tiene una potencia increíble que el mundo del arte nunca ha reconocido”, lamenta, “pocos artistas la han abordado de una forma que no sea miniaturizar el arte, Calder es uno de los pocos, porque cogió un martillo y unos alicates y se puso a trabajar, entendiendo que estaba trabajando una pieza escultórica relacionada con el cuerpo”. Para ella, sus obras son una forma de contar la historia de la humanidad: “A nivel femenino las joyas han sido muy importantes, porque han llegado a ser un poco el banco de las mujeres. Cuando no podían tener nada pero sí podían tener joyas que convertían en dinero”.

Esa exploración está siempre presente. Por ejemplo, para crear Forget me not —un conjunto con formas de collar, pendientes y pulsera negros integrados en una vitrina también negra— que llevó a ARCO en 2023, se sumergió en la historia de las joyas de luto británicas de los siglos XVIII y XIX, viajó a la localidad costera de Yorkshire de donde salía la mayor parte del azabache con el que se fabricaban, Whitby. “La reina Victoria, que estuvo 40 años de luto, y es casi lo que sería una influencer hoy, hizo cambiar todas sus joyas a joyería hecha con azabache de Whitby, que conocía porque lo había visto en una exposición universal, y buscaba potenciar la artesanía, la industria local, allí llegó a haber 200 talleres. Yo quería explorar la falta de espacios en la sociedad actual para pasar momentos emocionales difíciles, las pérdidas, en una sociedad capitalista que te dice: ‘Haz un viaje, lee un libro de autoayuda, supéralo porque la vida sigue,’ cuando yo creo que justamente la vida se detiene, y tienes que darle el espacio para que se detenga”, reflexiona, “no solo con la muerte, sino con los grandes cambios en los que tienes que despedirte de un momento vital, y abrazar el siguiente, y no resulta fácil. Un divorcio, una jubilación, unos hijos que se van de casa”. La reina Letizia se detuvo a observar esa pieza en el stand de la galería Chiquita Room: “Se la expliqué y ella conectó con la historia del azabache, porque desde Asturias se llegó a exportar un montón al Reino Unido por la demanda de joyería de luto, hay documentos de la época”.

Este año prepara una nueva obra para la gran feria de arte contemporáneo, que se celebrará en Madrid del 4 al 8 de marzo. En ella ha partido de los textiles, muy ligados a su historia familiar, porque sus abuelos maternos “tenían una fábrica de hilatura en crudo, hacían algodón y lo vendían para confeccionar”, algo que siempre la ha hecho apreciar la importancia de los tejidos. “Tengo sábanas de mis abuelos que sigo utilizando, el algodón cada vez es mejor, más suave”, afirma mientras muestra una de las cajas de esos juegos de sábanas, intacta con su papel de seda y los lazos de envolver originales. Está junto a otros objetos, todos en tonos blancos y crudos, ocupando una de las mesas del salón de su piso, ubicado en el mismo edificio de su estudio. “Hay unas mangas de un vestido de mi madre que desmonté, un corsé, una hoja de bambú... Tengo la idea de aplastarlo todo con un material técnico más crudo, como una fibra de vidrio, en contraste con la delicadeza de los tejidos”.

Su proceso suele surgir así, juntando objetos aparentemente inconexos sobre una bandeja, de los que surge la idea para ponerse a trabajar: “Los objetos me obsesionan, como se ve en las vitrinas de mi cocina... Pero me obsesiona sobre todo, y es mi punto de partida, lo he entendido al cabo de los años, el material. La materia”. Cuenta que le gusta explorar sus límites y perseguir sus orígenes. Para crear su serie de joyas El oro de los tontos viajó a la localidad riojana de Navajún para extraer pirita. “Un amigo me dijo que abrían una mina una vez al mes y podías solicitar ir a picar dos horas y te llevabas lo que sacaras”, relata, “me gusta mucho la ironía y puse las piritas, que son unas piedras baratas, donde en un anillo estarían los diamantes, con el oro y los diamantes allí, al servicio de las piritas. Es como decir: ‘Atento, que lo más importante nos lo estamos perdiendo, es lo que no se ve muchas veces, es lo que damos por sentado, es lo que pensamos que no tiene valor”. Ha utilizado granito o talco también, como parte de su exploración de los límites: “Me encantan los materiales frágiles, el trabajo con talco era una locura, porque se desgaja. Son procesos un poco sufrientes porque son muy delicados, es un poco trabajar con los límites, preguntarme dónde puedo llegar con la materia”.

Cómo se transforma el material será el objeto de la exposición que prepara para febrero en el Museo Geominero. “Insertaré mis piezas en las vitrinas, para que se vea su origen, para que las vayas buscando por el museo, es algo que se hace en la Documenta de Kassel que a mí me gustó mucho, hay obras metidas en lugares inesperados”, avanza. Ángela Molina, Ana Belén, Maribel Verdú o María Valverde han lucido sus creaciones, y el diseñador Miguel Adrover originó su cadena-relicario Pomander: “Yo lo admiraba por su talento y porque no se doblegó nunca y me puse en contacto con él. Le hice un relicario para sus muelas del juicio y luego inspirada en esa pieza creé otra versión que dentro lleva una barrita de madera que sacas y perfumas, una especie de amuleto que apela a distintos sentidos”. Rememora que de pequeña cualquier objeto era susceptible de convertirse en joya, desde la vitola de un puro que transformaba en anillo a una arandela de plástico que le servía de pulsera. “Mi referente estético es la casa de mis abuelos maternos, había cortinas, objetos, muchas sombras, y las sombras son misteriosas... Mis referentes han sido mi madre y mi abuela, dos personas muy amantes del arte y de la estética. Mi madre es muy polifacética, empezó pole dance a los sesenta y pico, es una persona muy inesperada”, afirma y señala un jarrón de Murano que ella le regaló, el juego de copas azules que su abuela nunca estrenó “porque decía que era muy exagerado”.

De ese universo estético forjado en su infancia surgió su interés sobre cómo hacer desde cero las cosas, a mano. “Ahora hay una reivindicación, que ya es un primer paso, los museos están llenos de textil de mujeres que trabajaban en los setenta y los ochenta y no se les hacía ni caso, se está recuperando a Aurèlia Muñoz, a todas estas mujeres que estaban haciendo un trabajo artístico espectacular, pero de las que decían: ‘Ay, están ahí bordando”, sostiene. Pero quedan luchas: “Sigue habiendo un juicio superasociado a lo femenino como algo de distracción. Reivindico recuperar el ornamento y la joya en el campo del arte. Y creo que es un buen momento”.

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