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SEMANAS DE LA MODA

El auge de semanas de la moda a escala más humana, de Lagos a Copenhague

Las grandes pasarelas, convertidas en espectáculos de masas enfocados en las redes sociales, acusan una crisis estructural que favorece la expansión de centros alternativos

Las semanas de la moda fuera de los grandes centros tradicionales marcan tendencia.MAR MOSEGUÍ (COLLAGE REALIZADO CON FOTOS DE LAUNCHMETRICS.COM Y GETTY IMAGES)

Si dejáramos hablar solo al dinero, no habría discusión: en estrictos términos pecuniarios, las semanas de la moda son, como el turismo, un gran invento. El impacto en las economías de las ciudades por donde pasa el gran espectáculo (digan circo, si prefieren) de la industria del vestir cada seis meses avala por sí mismo un sistema centenario de probada resiliencia ante cualquier vicisitud, ya sea la inestabilidad geopolítica, la desaceleración del consumo, los vaivenes de los mercados e incluso las crisis sanitarias. Ahí están los 400 millones de euros anuales que ingresa París entre las presentaciones de prêt-à-porter —mujer y hombre— y alta costura, según cifra la Federación de la Moda Francesa, que se disparan hasta los 1.200 millones sumando lo que dejan las ferias textiles celebradas a la par. O los cerca de 500 millones totales derivados de las pasarelas de Milán (239 millones solo con la femenina en septiembre de 2025, por ejemplo, un crecimiento del 12% respecto a la anterior de febrero, en estimaciones de la Camera Nazionale della Moda). Hasta las más mermadas Nueva York y Londres mantienen el músculo, con 800 y 300 millones de euros, respectivamente, que revierten en las arcas municipales y, por extensión nacionales, al año. Hoteles, bares y restaurantes, tiendas, servicios de transportes, agencias de producción y relaciones públicas, modelos y fotógrafos, estilistas, peluqueros y maquilladores, técnicos de luz y sonido —más de 600.000 puestos de trabajo directos e indirectos en París, alrededor de 560.000 en Milán, casi 200.000 en Nueva York—, aquí ganan todos. Menos quienes deberían ganar de verdad.

“La mayoría de diseñadores que conozco ya están endeudados antes de cumplir los 30. Son decenas de miles de libras [por desfile] a las que resulta imposible hacer frente”, expone el británico Christopher Shannon. Supernova de la London Fashion Week a principios de 2010 nada más graduarse en Saint Martins, protegido de Kim Jones, en 2017 hizo las maletas harto de las promesas incumplidas por parte del British Fashion Council y se volvió a su Liverpool natal, donde hoy se mantiene despachando cápsulas de edición limitada vía boutique electrónica y dando clase en distintas universidades. “Las marcas independientes que consiguen hacer dinero no son las que desfilan en Londres”, asegura, haciéndose eco de aquellas declaraciones de Dilara Findikoglu hace un par de años, cuando dijo a la CNN que para los creadores de su generación enfilar la pasarela significa tener que estar pagando hasta la siguiente convocatoria y así sucesivamente. Tal es la razón de las recientes deserciones que han dejado la semana de la moda londinense reducida a apenas a cuatro días, o de que nombres del tirón de Rejina Pyo, Conner Ives o Chopova Lowena se hayan decantado por presentaciones anuales. El pasado septiembre, durante las jornadas parisienses, el rumor era que en la capital británica se estaba barajando seriamente la posibilidad de concentrar los esfuerzos de su escaparate en una única fecha.

La necesidad de cambio y renovación en uno de los pilares fundamentales que sustentan el sistema de la moda es un debate que va y viene desde que la pandemia de la covid visibilizó su problemática estructural, financiera y sostenible. La diseñadora y activista Orsola de Castro, cofundadora del movimiento Fashion Revolution, no se cansa de repetirlo: las semanas de la moda se han instalado en una suerte de día de la marmota que perpetúa la desigualdad y la homogeneización de una industria avariciosa, promoviendo y enviando un mensaje social y medioambiental —más de 240.000 toneladas de CO2 al año entre las cuatro pasarelas de cabecera— erróneo. “No hablo de cancelación, de que haya que erradicarlas, porque no podemos contrarrestar el exceso con otras medidas igual de excesivas, sino de afrontar el problema con visión y equilibrio, de manera eficiente y, sobre todo, colaborativa”, concede la emprendedora italiana afincada en Londres. Y cita Copenhague como ejemplo de solución centrada en la fuerza de la ética, la sostenibilidad y la innovación creativa como valores regenerativos, “en una apuesta a escala global por los jóvenes diseñadores, porque son ellos, no las viejas y adocenadas firmas de lujo habituales, quienes representan las tendencias del futuro. Y no me refiero al largo de una falda o el volumen de un abrigo, sino a unas prendas que dan la talla de los principios que deberían definirnos como sociedad”. La suya no es la única voz que resuena estos días a propósito de la relevancia, también cultural, de las grandes pasarelas y unos montajes que parecen ideados solo para complacencia de redes sociales además de unas colecciones desapegadas de la realidad en favor de celebridades y alfombras rojas. Una coyuntura que, sin embargo, favorece el golpe de timón beneficiando a modelos de semanas de la moda de escala más humana que se cuelan por semejante grieta.

Que Lagos en Nigeria, Riad en Arabia Saudí u Oporto en Portugal, amén de la capital danesa y destinos asiáticos ineludibles como Shangái y Seúl, hayan irrumpido de pronto en el mapa del circuito de desfiles tiene explicación. “Son un tipo de semanas de la moda que ofrecen algo único: un genuino sentido de comunidad”, aduce Romain Casella, fundador y director de la agencia londinense de soluciones creativas My Concepts. “Generan un espacio donde diseñadores, emprendedores y expertos de la industria pueden participar de un intercambio abierto y significativo, con un nivel de accesibilidad que permite experimentar la moda de cerca lo mismo a profesionales que al público general”, continúa el asesor, que cuenta entre sus clientes a ModaLisboa. Portugal Fashion, el escaparate de Oporto (epicentro del textil luso y referente de producción internacional), cuenta por su parte con Serge Carreira, director de la iniciativa de marcas emergentes de la Federación de la Moda Francesa. Bajo su consultoría, un buen puñado de etiquetas portuenses se presentan cada temporada en París, Milán y Londres, una estrategia de internacionalización que alcanza ahora Copenhague. “Ha sido un paso deliberado, reflejo de nuestra ambición por llegar a nuevos mercados estratégicos. La capital danesa se ha consolidado como una plataforma de gran influencia, sobre todo en términos de relevancia editorial, atención de los compradores y discurso sobre prácticas responsables. Su potente posicionamiento cultual y simbólico se alinea con el tipo de moda que se crea en Portugal y eso es lo que queremos transmitir”, explica André de Atayde, director de comunicación y estrategia de marca de la semana de la moda de Oporto, abierta desde hace varias temporadas a la participación de creadores africanos y que desde el pasado julio ha pasado a ser “una experiencia” anual. En Londres, con Laura Weir al frente de un renovado BFC que quiere devolver la esperanza a los talentos emergentes (en especial a aquellos sin padrinos o recursos económicos familiares), ya han empezado a tomar nota.

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