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Pasarelas

Londres, la semana de la moda que todavía cree en la moda

Mientras París y Milán concentran el poder del lujo global y el espectáculo mediático, la capital británica insiste en defender otro modelo: un laboratorio donde diseñadores independientes, colaboraciones creativas y colecciones con significado cultural exploran las distintas formas de entender el vestir.

Imagen del desfile de Burberry, celebrado el pasado lunes.Lucy North - PA Images (PA Images via Getty Images)

Sobra creatividad, pero falta infraestructura. El Brexit no es el único culpable de que la moda británica haya perdido ventas y relevancia internacional. Los aranceles y la dificultad para distribuir los productos fuera del país influyen, por supuesto, pero también el ecosistema actual de la industria, en el que las marcas independientes no tienen apenas espacio para sobrevivir. Las tiendas multimarca, físicas o digitales, han ido cerrando en los últimos años en un panorama en el que solo las firmas de grandes conglomerados (principalmente Kering y LVMH), con tiendas propias, equipos e inversión a medio plazo, tienen cabida en paisaje. De ahí que la semana de la moda de Londres, que en la pasada década seguía siendo sinónimo de vanguardia y creatividad, pero también de independencia, haya renovado sus esquemas para recuperar relevancia en un momento en que París y Milán, con sus grandes marcas y sus desfiles espectáculo, están acaparando toda la atención mediática.

El British Fashion Council (BFC), el organismo gubernamental que regula y apoya a las firmas británicas, renovó hace un año su estructura con una nueva directora, Laura Weir, anteriormente directora creativa de los almacenes Selfridge’s, y nuevos planteamientos: ha recibido un apoyo económico del gobierno (un millón de libras) para facilitar la posibilidad de desfilar a las marcas emergentes, ha ampliado el programa NewGen, que ofrece logística y asesoramiento a dichas firmas y ha creado un programa educativo en el que los diseñadores británicos ofrecen clases y mentoría a los estudiantes de sus antiguas escuelas con el fin de reforzar la transmisión en materia de diseño y gestión a las nuevas generaciones. Desde hace dos ediciones, el BFC también ha creado un programa de invitados, casi medio centenar de líderes de opinión y gestores de tiendas internacionales (lo que en el sector se conoce como buyers) para fomentar la presencia de sus marcas fuera del país. Hace unas semanas, reforzaba la cúpula directiva del consejo con el nombramiento de Clare Waight Keller, actual directora creativa de Uniqlo y ex directora creativa de Givenchy, es decir, uno de los nombres más reputados del diseño británico actual.

Por eso no es de extrañar que esta semana, en la que se llevaron a cabo más de cincuenta desfiles y presentaciones, comenzara el pasado jueves con la presencia del rey Carlos en el desfile de la diseñadora británico-nigeriana Tolu Cocker. El día en que su hermano, el príncipe Andrés, era detenido por su relación con Epstein, el monarca no acudía al show de un gran nombre sino al de una enseña pequeña con proyección de futuro, como lo hiciera su madre, la reina Isabel II, hace casi una década, sentándose en el desfile de un entonces desconocido Richard Quinn. El fin no es apoyar lo establecido, sino impulsar lo desconocido, dar visibilidad a firmas que, en muchos casos, no se pueden permitir el coste económico de un desfile.

De ahí, también, que el programa de eventos estuviera pensado para que dos grandes firmas lo abrieran y cerraran, de tal forma que los asistentes pudieran asistir a citas menores (mediáticamente hablando) entre medias: el viernes J.W. Anderson inauguraba su tienda en Pimlico con una fiesta y una cena posterior repleta de celebridades. Anderson, actual director creativo de Dior y la gran estrella de la moda del presente, renovó hace casi un año el concepto de su marca propia, que ahora funciona como una especie de museo de antigüedades y artesanía contemporánea (de ahí el barrio elegido para abrir su nueva sede). Este nuevo concepto, que aglutina diseños propios, colaboraciones con terceros y una cuidada selección de objetos de otras pequeñas firmas, no le permite desfilar, como solía hacer en estos últimos años, pero él es consciente de que su presencia en esta semana de la moda, aunque sea a través de otros formatos, atrae la atención de medios y redes sociales a una semana de la moda que los necesita más que nunca.

El lunes, como ya es habitual, Burberry cerraba el fin de semana de desfiles. Lo hacía en una antigua lonja a orillas del Támesis y frente al puente de Londres, el mismo puente que reproducía a pequeña escala en el interior a modo de escenario. Allí acudían celebridades británicas de todos los campos culturales y generaciones (de Ian McKellen a Kate Moss, de Little Simz, de Iris Law a los hijos de Liam Gallagher) vestidas en su mayoría con distintas versiones del mítico estampado de cuadros de la firma. En los últimos tiempos, Burberry ha sufrido una caída de ventas asociada a su pérdida de relevancia global, pero hace un año el director creativo, Daniel Lee, y su equipo, han sabido iniciar una remontada basada precisamente en saber explotar la herencia de esta marca centenaria. Por eso su colección para el próximo otoño, una de las mejores de Lee dentro de la enseña, estaba basada en dos de sus elementos clave: los abrigos y las prendas de exterior, esta vez fundamentalmente de cuero y piel artificial, y el estampado clásico, que se vislumbraba en bufandas y bolsos de peluche o en gabardinas con los cuadros grabados en la piel. Una versión lujosa y contemporánea del Burberry clásico que apela tanto al legado de la casa como a ese público ese público global de alto poder adquisitivo que hoy sostiene el negocio del lujo y que busca piezas exclusivas, sí, pero también inequívocamente reconocibles, productos que certifiquen estatus a primera vista sin renunciar a la sensación de singularidad.

Entre Anderson y Burberry, durante el fin de semana, un sinfín de firmas pequeñas o medianas, pero todas independientes, demostraron que hay una moda más allá de los conglomerados, las tendencias virales o las carísimas estrategias de marketing pensadas para alimentar el algoritmo. Cada una lo hizo a su manera. El español Daniel del Valle, alma máter de la firma The Vxlley, debutaba en Londres con ‘The Narcissist’, una colección en la que la escultura, la artesanía y la ropa se fundían de manera única, con piezas de cerámica andaluza y varias reliquias de la tradición artesanal española insertadas en las propias prendas. Un ejercicio visual y manual que, obviamente, supo captar la atención de las redes sociales sin necesidad de apoyarse en ninguna estrategia, solo por lo fascinante y original de su propuesta. Así debería ser.

El producto por encima de la plataforma y el valor del contenido sobre el del envoltorio. Algo que también supo lograr, a su manera, la diseñadora Pauline Dujancourt, cuyas interesantes y originales prendas de punto brillan en un entorno amenazado por la inteligencia artificial. O la firma africana Labrum London que, con un telar como único escenario, reivindicaba la larga y rica tradición textil del áfrica occidental y utilizaba el hilo como metáfora para hablar de la migración, las conexiones culturales y la ‘contaminación’ de distintas tradiciones en el vestir occidental contemporáneo. Por su parte, la firma de accesorios Completedworks echaba mano de una celebridad, Jemima Kirke (la eterna Jessa de ‘Girls’), para crear una pequeña obra de teatro con las joyas, que se podían comprar a la salida del evento, como protagonistas. La estrategia les función tan bien la temporada pasada con Jerry Hall que esta han decidido repetir. A fin de cuentas, el relato es clave para poner en valor el producto, y el uso de una cara famosa garantiza la visibilidad digital.

El domingo, Simone Rocha, uno de los pesos pesados de esta semana, se trasladaba al teatro del Alexandra Palace para mostrar una colección inspirada en el libro ‘Pony Kids’, de su amigo el artista Perry Odgen. Un volumen que ilustra la vida cotidiana de varios jóvenes dublineses en riesgo de exclusión cuyo modo de vida se basaba en criar y comerciar con caballos. La diseñadora irlandesa convirtió esa historia en un relato visual en La diseñadora irlandesa convirtió esa historia en un relato visual en el que la fragilidad romántica habitual en su universo dialogaba con una estética áspera y periférica, trasladando al desfile la tensión entre inocencia y dureza, tradición y marginalidad. Vestidos de encaje, abrigos estructurados y siluetas casi infantiles se combinaban con arneses y referencias ecuestres que evocaban tanto el trabajo físico como la construcción de identidad a través del vestir. Los pony kids, que habitualmente vestían prendas deportivas, le sirvieron de excusa para presentar su colaboración con Adidas. Rocha ha realizado una serie de chaquetas y vestidos que fusionan sus volantes, tules y mangas victorianas con las prendas técnicas de la marca de las tres rayas. De un tiempo a esta parte, Adidas se ha convertido en una especie de bote salvavidas para marcas independientes reconocidas. Wales Bonner, Willy Chavarría o Labrum, entre otras, también firman colaboraciones regulares con el gigante deportivo. De esta forma, además de la inyección económica obvia que reporta a sus proyectos, sus prendas llegan a públicos que no pueden permitirse sus diseños habituales. Adidas, por su parte, se posiciona como una firma creativa, capaz de operar también en nichos de mercado, no solo en el mercado deportivo. El resultado es una moda híbrida que refleja con precisión el presente del sector, donde la independencia creativa ya no se opone necesariamente a lo masivo, sino que aprende a convivir con ello.

Pero si alguien ha obrado el milagro de resistir siendo independiente es Erdem, que el domingo celebraba los veinte años de su marca con una desfile en una de las salas de la Tate Britain (por primera vez en tiempo, salía del museo británico, su escenario habitual). Allí presentaba una colección que funcionaba casi como una retrospectiva emocional de su propio lenguaje: vestidos etéreos, bordados minuciosos, siluetas románticas y guiños a lo decimonónico que han sobrevivido durante veinte años a todo tipo de tendencias y vaivenes de la industria. La trayectoria de Erdem demuestra que si se tiene una identidad reconocible y un público claro (en su caso, el sector nupcial y de la ceremonia) y se es fiel a ambos, es posible sobrevivir a adquisiciones de conglomerados y urgencias comerciales.

La inspiración de Erdem siempre ha venido de mujeres que desafiaron las convenciones patriarcales en el siglo XIX o en el periodo de entreguerras. Personajes reales o que encuentra entre los libros de su enorme biblioteca y que le permiten imaginar mundos actuales posibles, mejores. El joven Conner Ives hacía lo propio volviendo a Eldorado, el club nocturno activo de la República de Weimar famoso por ser un refugio de la cultura queer y la libertad identitaria (y hasta de clase) años antes de la irrupción del nazismo. En 2026, el simbolismo y la pertinencia de esta inspiración se explica solo. Ives se hizo viral hace un año cuando, en otro desfile, mostró una camiseta con el mensaje ‘Protect the dolls’, en apoyo a la comunidad trans (los beneficios de la venta fueron destinados a distintas asociaciones), que llevaron distintas celebridades durante la temporada de premios cinematográficos. En esta ocasión, el desfile lo abría la estilista Tish Weinstock con una camsieta en la que podía leerse ‘I work nights’, un alegato en favor del hedonismo y la improvisación, y lo cerraba la actriz Dominique Jackson, famosa por la serie ‘Pose’, con un vestido de novia inspiración años veinte. Entre medias, prendas con estampados y detalles art deco mezcladas con piezas urbanas y deportivas. El resultado era una colección que no buscaba recrear el pasado de forma nostálgica, sino activar sus símbolos desde el presente: la noche como espacio de libertad, la moda como herramienta de afirmación identitaria y el vestir como gesto político. Igual que el Eldorado original funcionó como refugio frente a una sociedad cada vez más hostil, Ives parecía recordar que ciertos derechos y espacios conquistados nunca son definitivos.

Puede que esta pasarela, dadas las circunstancias actuales, ya no pueda competir con los gigantes de Milán o París, pero Londres continúa defendiendo algo distinto. Su valor reside en ser la resistencia; impulsar un ecosistema donde la independencia, la experimentación y el posicionamiento cultural todavía encuentren espacio. La capital utiliza sus edificios y lugares emblemáticos (museos, hoteles centenarios, rascacielos, fábricas antiguas...) para demostrar a través de un puñado de firmas que la moda puede y debe seguir produciendo relatos interesantes más allá de la viralidad o la tendencia del momento. Ya sea a través de la artesanía contemporánea, la reivindicación o la reinterpretación del pasado como herramienta para leer el presente. En un contexto cada vez más homogéneo y dominado por la moda a gran escala, Londres sigue siendo esa trinchera donde la creatividad cuestiona lo establecido. Puede que esa sea hoy su verdadera función como semana de la moda: no competir en tamaño ni en relevancia, no ser la regla, sino la excepción.

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