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JW Anderson sigue con su renovación del imaginario Dior y Saint Laurent celebra 60 años del esmoquin

Las Tullerías se convierten en un cuadro de Monet en un París que desafía los tambores de guerra

La pasarela construida sobre un lago de nenúfares para el desfilo de Dior en los jardines de las Tullerías, ayer en París.Emma Da Silva (AP)

Hacer que no pasa nada sentados en los desfiles de París mientras comienza otra guerra es un ejemplo más de la disociación en la que vivimos. No es nuevo, ya lo escribió Kafka en su diario en 1914: “Ayer Alemania declaró la guerra a Rusia. Hoy por la tarde fui a nadar”. No hay otra forma de seguir vivo que seguir viviendo, pero el ambiente en los corrillos de los desfiles era tenso, por mucho que luego los reels y las imágenes reflejen otra cosa.

En 1923 el senado francés, con sede en el Palacio de Luxemburgo, decidió cambiar el mobiliario de sus jardines. En lugar de bancos instaló sillas móviles que se podían orientar al sol, que podían juntarse y separarse a voluntad y podían alquilarse. Esas sillas sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. No las mismas, claro, ya que durante la ocupación nazi de París el metal se fundió para fabricar armamento. Las sillas se extendieron como modelo de urbanismo y practicidad al resto de los jardines de París, incluyendo el de Tullerías y fueron (en miniatura) la invitación al desfile de Dior. Los que, como Jonathan Anderson, hemos nacido en países donde los bancos inmóviles son la norma, siempre nos sorprendemos con las sillas de París. En el caso de Gran Bretaña, los bancos son tan graves que llevan incluso placas recordando a muertos anónimos. Por eso la ligereza de la silla, el parque como un lugar de movimiento, sedujo al diseñador. Por eso, esta vez no hubo carpa cubriendo los jardines de las Tullerías donde siempre desfila la Maison, si no un invernadero de cristal con un estanque central en el que flotaban unos nenúfares emulando a un jardín de Monet.

En ese ambiente idílico, aunque caldeado por un sol imprevisto en esta ciudad en invierno, Anderson se despojó de la rigidez del legado de Dior, y de la suya propia, y al contrario que en sus anteriores colecciones destiló las esencias de una casa con unos códigos tan sólidos que, si se interpretan de manera literal pueden resultar rígidos. Esta vez el norirlandés, en su quinta colección para la casa francesa a la que ha sido llamado para rejuvenecerla y darle la pátina de modernidad que ya dejó en sus once años en Loewe, se liberó del peso del pasado. La flor, línea argumental de Dior, estaba presente en los estampados, accesorios e incluso formas, pero aquel New Look que creó Christian Dior ceñido en la cintura y con una amplia falda que asemejaba una corola, daba paso a siluetas más libres. La chaqueta Bar, quizás la más conocida de las chaquetas, fue su laboratorio experimental. La cintura sube hasta el busto para facilitar las torsiones corporales naturales (para sentarse sin problemas) y el peplum se ablanda y juega con tejidos que lo sostienen, o baila con el movimiento. Los materiales también resignifican la prenda. Presentó chaquetas de punto, que tan bien maneja Anderson y que es, en principio, un tejido cotidiano, pero también de encaje o de piel.

Sustituir a María Grazia Chiuri, la mujer que logró los grandes números de ventas en Dior (cuadruplicó su facturación en nueve años en el cargo precisamente haciendo ropa real, esa que muchos consideran aburrida) no consiste solo en modernizar, sino en vender, algo que se nota con la creciente presencia de clientes en los desfiles. La ligereza de la ropa, plagada de volantes y plisados que se movía con el cuerpo de las modelos mandaba un mensaje claro: Dior es para mujeres que andan, que pasean, que se mueven. La paleta de colores pastel que está popularizando el diseñador tanto que ya se puede encontrar en cadenas de moda rápida, suavizaba el ejercicio de técnica por el que el norirlandés es reconocido. No faltaban los detalles Dior, botones forrados en los pantalones, encajes sobre encajes bajo las chaquetas, volantes o pedrería, pero aquí servían para completar un estilo mucho más libre y menos estructurado de lo que representa Dior en el imaginario colectivo.

Anthony Vaccarello presentó esa misma noche una colección para Saint Laurent en la que, explicaba en las notas al desfile, quería explorar la sastrería y la silueta de lo que para él es el imaginario la marca. Abría el desfile con una serie de esmóquines. Se cumplen 60 años desde que Yves Saint Laurent presentó su colección de esta prenda para mujer, una revolución en 1966, que dotaba de agencia a la mujer al vestir un traje masculino, con pantalón, bolsillos y que le permitía libertad de movimiento, pese a que la motivación de Yves para crearlo no fue la liberación, sino el aura de erotismo que desprendía una mujer vestida con ropa masculina.

Este martes, además, esos trajes eran amplios, perfectos para caminar, respirar y, en fin, mantener las funciones vitales básicas sin tener que pensar en ellas. La sensualidad de la burguesa parisina es sin duda el mantra de la firma, por eso los modelos de encaje en tonos ocre, o naranja quemado protagonizaron otra parte del desfile. Esta vez, y de nuevo para dotar de fuerza la silueta, los encajes estaban cubiertos con silicona. No caían lamidos sobre la piel, dejando a la modelo desnuda, sino que tenían su propia estructura, como si algo muy delicado se convirtiera en escudo protector. Amplitud por un lado, protección por otro. Lástima los tacones vertiginosos, porque es en realidad una colección que acompaña al cuerpo.

Caminar, moverse, abrigarse. Superponer prendas confortables de un modo alocado y ordenado al mismo tiempo. Esa fue la propuesta de Julian Klausner en Dries Van Noten. Llenar los zapatos del diseñador belga no es sencillo, y por fortuna, Klausner no lo pretende. Su enfoque no se aleja de su predecesor, con el que trabajó durante más de una década, pero él tiene su propia hoja de ruta. Las modelos, calzadas con botas camperas que les permitían andar con libertad, desfilaban al son de una banda sonora recitada en la que se escuchó: “Camina, camina. ¿A dónde te gustaría ir?”. Arropadas con plumíferos kimono, jerséis de punto de grecas, faldas largas y abrigos militares, siempre adornados con pasamanería o apliques que elevaban la prenda, podrían ir a cualquier sitio, que al fin y al cabo es para lo que necesitamos la ropa las mujeres.

No es común que el movimiento del cuerpo vestido sea el elemento clave de una colección de moda, sobre todo si dicha colección no está diseñada por una mujer, que además de como trabajo, tiene la ropa como vivencia. Con permiso de Fortuny, Vionnet y Chanel, cada una a su manera, fueron las grandes pioneras del diseño que refleja o facilita el movimiento. Pero quizá los tiempos estén cambiando. No porque el lujo actual sea algo realista, que no lo es, sino porque sus clientas necesitan volver a identificarse con las marcas que consumen. Clientas que no pertenecen a la generación z pero tampoco viven todas en torres de marfil, al menos no todavía.

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