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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Mariang, de ‘La Pija y la Quinqui’ analiza ‘Girls’ (Parte III): “A Lena Dunham también le gustaba un poco Adam Driver”

“A lo mejor nos estamos equivocando y la nueva masculinidad no son los actores de moda que cruzan las piernas en las ruedas de prensa, escriben sus emociones en cuadernos y se casan con su novia de toda la vida a pesar de la fama”

Lena Dunham y Adam Driver en un episodio de la tercera temporada de 'Girls'.

Fui una bebedora de café bastante tardía: no lo probé hasta los 21 años y no me aficioné hasta los 23, cuando mis ritmos circadianos me obligaron a beberlo con regularidad porque trabajaba en un matinal de radio. Al principio le echaba dos pastillas de sacarina de esas que supuestamente se disuelven pero que luego siempre te acabas encontrando al fondo de la taza, y a los 24 años dejé de echárselas porque Adam Driver me contó que los edulcorantes artificiales nunca se digieren del todo y se acaban pudriendo en el estómago.

O eso le decía a su novia en un episodio que me encontré haciendo zapping.

Yo le hice caso porque, desde que a finales de 2015 fui al cine a ver la que en su momento era la nueva de Star Wars, mantengo una relación unidireccional de respeto, admiración y lealtad con Adam Driver.

Vamos, que me gusta un poco Adam Driver.

También me gusta que me guste, porque no hay nada más definitorio de una persona que sus inclinaciones, y en este momento jacobelordiano que nos ha tocado vivir —de reaccionarismo estético y comprensión nivel A1 de la belleza— Adam Driver, que casi hay que mirarlo dos veces para que los ojos lo entiendan, es un gusto adquirido. Como cuando dejas de echarle dos pastillas de sacarina al café.

También me maravilla lo polarizante que es su cara; desde que Kylo Ren se quitó la máscara al final de la nueva de Star Wars y dejó ver al mundo —a la parte del mundo que todavía no lo conocíamos— ese semblante (más cercano al de un huérfano de Europa del Este de principios del siglo XX que al de un actor californiano nacido en los ochenta), no ha habido consenso en si es la representación magnánima de la belleza o una cruel caricatura hecha carne. Lo bueno (lo mejor) es que no hay ninguna opinión a medio camino; debe de ser la persona menos físicamente indiferente del mundo, y ya por eso es la más atractiva.

Un momento de la cuarta temporada de la serie.

Por supuesto, esto no va de huir de la superficialidad (ni conozco a Adam Driver ni tengo la intención de hacerlo, podría dejar de gustarme y ya he dicho que me gusta que me guste, ¿qué hay más superficial que eso?), sino de tener criterio (todas las chicas intrépidas lo tienen). Lena Dunham lo tiene porque, en una sala llena de actores dispuestos a ello, se levantó y lo señaló como el interés amoroso de una versión ficticia de ella misma. No hay ninguna declaración más a cara perro que esa; a Lena Dunham también le gustaba un poco Adam Driver. Unos años después dijo que se habría enamorado de él en la universidad que, como todos sabemos, es el equivalente a decir que te habrías enamorado de él en ese preciso momento, pero sin poner en un aprieto a ninguna de las partes. Es ir sobre seguro, tirarse a la parte que cubre de la piscina pero con manguitos. También es una declaración honesta y bellísima; hablar de que en la universidad habrías hecho algo es hablar con la perspectiva de un adulto y las ganas de un niño.

Volviendo a cuando me convenció para dejar los edulcorantes artificiales: era un episodio de Girls, el penúltimo de la 2ª temporada, y en ese momento me pareció una escena tierna. Un par de años después me vi la serie completa y corroboré que era una escena tierna, pero dentro de uno de los capítulos más virulentos y estomagantes, especialmente porque lo protagoniza uno de los personajes más virulentos y estomagantes.

Adam Sackler (a quien Driver le da cara, cuerpo, voz y nombre) es un bigardo raro, arisco, enfermizo y difícil de explicar: no se sabe qué le gusta, qué consume o qué hace, más allá de ser actor y tener un piso lleno de herramientas y polvo. Tampoco hay nada en su forma de ser que dé a entender que pertenece al siglo XXI, ni siquiera recuerdo haberlo visto con un iPhone a lo largo de seis temporadas. Cocina, sierra, grita, corta, enloquece, besa y vive como si le costara vivir; arrastra los pies, camina con todo el cuerpo y parece que sus articulaciones están peleadas entre sí. Aun con todo, es extremadamente funcional y metódico: es hombre que resuelve (derriba tabiques), pero sobre todo que enreda (también los rompe). Con esto encima de la mesa, parece indefendible —porque lo es— pero lo interpreta Adam Driver, y esto ha jugado completamente en detrimento a la hora de mirarlo con ojos objetivos, porque es muy difícil mirar a Adam Driver hacer cosas y no sucumbir a su inteligencia. Seguro que Lena Dunham sabía que esto iba a pasar.

Adam Driver prácticamente no había nacido antes de Adam Sackler —como actor, claro, como persona ya rozaba los 30 y le había dado tiempo a tener un accidente de bicicleta que truncó su carrera como marine— así que, ahora que han pasado casi 10 años desde el final de Girls y el tiempo suficiente para ver cómo se desarrollaban las vidas profesionales de sus protagonistas, me gusta un poco pensar en el éxito de Driver como el último gran número de Lena Dunham: la 7ª temporada secreta de Girls que transcurre delante de nuestros ojos y rompe con la 4ª pared, en la que Adam triunfa como actor, trabaja con Jarmusch, Coppola y Scorsese y lo nominan dos veces a los Oscar. Porque encuentro confort en la idea de que el único protagonista varón en un retrato de la frustración femenina haya sido el gran beneficiado de esta, no es una reconfirmación de la preferencia en la industria cinematográfica por el talento masculino frente al femenino; sino un giro crítico e incisivo de guion.

Y no digo esto porque piense que sea verdad, lo digo porque me apetece pensarlo; si hay que creer en un Dios que castiga, que sea Lena Dunham. Además, está claro que Adam Driver no tiene nada que ver con Adam Sackler, o al menos eso dicen la cantidad ingente de artículos que lo tildan como el protagonista de la nueva masculinidad y que me aburren un montón.

Aunque a lo mejor nos estamos equivocando y la nueva masculinidad no son los actores de moda que cruzan las piernas en las ruedas de prensa, escriben sus emociones en cuadernos y se casan con su novia de toda la vida a pesar de la fama. A lo mejor estamos haciendo la regla en base a la excepción y es hora de ser sinceros para con el momento en el que estamos; replantearnos si la nueva masculinidad no estará más cerca de preocuparte por la flora intestinal de tu pareja horas antes de incomodarla sexualmente, o de empezar una nueva relación en el piso que compartes con tu novia sin haber roto con ella porque está fuera y no te ves capaz, o de liarte con su mejor amiga mientras coproducís una película que hable de la gran historia de amor con tu ex, o de abandonarla cuando te enteras de que tu ex está embarazada y crees que lo mejor es volver con ella para cuidar juntos a un bebé que no es tuyo.

En definitiva, replantearnos si, mientras estábamos ocupados celebrando la utopía que nos hemos prometido a nosotros mismos, lo único que ha pasado ha sido que le ha salido otra cabeza a la hidra. A lo mejor Adam Sackler está más cerca de las nuevas masculinidades que Adam Driver porque lo nuevo nunca ha sido un sinónimo de mejor y los modelos de comportamiento no los dictan la voluntad de quienes los proyectan; sino la norma de quienes los ejecutan.

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