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Diez años sin álbum no han silenciado a Rihanna: la estrella que hizo de la pausa su mayor poder

Desde la publicación de ‘Anti’ en 2016, cuyo sucesor sigue siendo un misterio y uno de los lanzamientos más esperados, la artista ha volcado sus energías en la maternidad y forjar un imperio empresarial

En una industria tan competitiva y voraz como la musical, donde cada temporada se catapultan estrellas igual de jóvenes que efímeras, seguir siendo vigente tras una década sin publicar un álbum roza el milagro. Ese es el caso de Rihanna. Esta misma semana se cumplen 10 años de Anti, su último disco, y la autoimpuesta pausa no le ha pasado factura. Al contrario. Hoy es la cuarta artista más escuchada en Spotify, con más de 100 millones de oyentes mensuales, y sus canciones siguen siendo disfrutadas tanto por el público que vivió su hiperactividad creativa en primera persona como por una generación Alfa que jamás la ha visto en directo. Una escena reciente lo resume bien. Hace unos días se hizo viral un vídeo que la cineasta Chloé Zhao compartió en Instagram, en el que el elenco de Hamnet celebraba el final del rodaje al ritmo de We Found Love, aquel himno que Calvin Harris le produjo en 2011. Así funciona su legado: mientras en la última década ha centrado sus esfuerzos en otros frentes más rentables que su propia discografía, el mundo sigue dándole al play como si no hubiera pasado el tiempo.

Rihanna no es Kate Bush, Enya o Sade, tres figuras propensas a desaparecer del mapa sin dar explicaciones. No se ha esfumado del todo, pero casi. Desde Anti ha publicado apenas ocho canciones, entre colaboraciones —con Future, Kendrick Lamar, DJ Khaled, N.E.R.D. o PartyNextDoor— y tres temas propios para el cine, dos para Black Panther: Wakanda Forever y otro para Pitufos. Tratándose de ella, resulta una anomalía. Más aún si se tiene en cuenta cómo en sus inicios malacostumbró a sus seguidores: entre 2005 y 2012 encadenó siete discos en apenas ocho años, a un ritmo prácticamente anual, una inercia que solo se interrumpió con los algo más de tres años que precedieron a Anti.

Aquella hiperproductividad tenía su porqué. En una conversación con The New York Times en 2019 recordó que, cuando la tildaron de one-hit wonder, “eso me encendió por dentro y simplemente no dejé de trabajar”, e incluso que cuando tuvo en sus manos su primer Grammy —atesora nueve en total—, “ya formaba parte de mi pasado” y enseguida se ponía a pensar en lo siguiente. “Después de Music of the Sun las dudas crecían con cada disco. Sientes que has fracasado si tu álbum es cualquier cosa menos un número uno. Esa era la mentalidad de la industria musical en aquel momento”, contaba el pasado año en Harper’s Bazaar, al hacer balance de la presión mediática y del nivel de autoexigencia que se impuso en los albores de su carrera.

En realidad, si dejó de frecuentar los estudios de grabación y los escenarios fue porque comenzó a construir un imperio. El primer aviso llegó a finales de 2014, cuando asumió la dirección creativa de Fenty x Puma, pero el giro decisivo se produjo en septiembre de 2017, al aliarse con LVMH —a través de su división Kendo— para dar forma a Fenty Beauty, una firma de maquillaje pensada para cubrir algo tan básico como todos los tonos de piel. Sus 40 bases iniciales no solo cambiaron el relato sobre la inclusividad: también arrasaron en ventas. En apenas 40 días facturó unos 100 millones de dólares. Una cifra muy similar a los 110 millones que recaudó el Anti World Tour, su última gira mundial, a lo largo de 75 conciertos entre marzo y noviembre de 2016.

Pero aquello fue solo el principio. Por un lado, a la línea de maquillaje le siguió en mayo de 2018 Savage x Fenty, su firma de lencería inclusiva, pensada para todas las tallas y tonos de piel, convertida además en un fenómeno cultural gracias a unos desfiles-espectáculo retransmitidos en Prime Video que mezclaban moda, música y un casting diverso. Y, por otro, en mayo de 2019 revolucionó la industria al lanzar Fenty junto a LVMH, una casa de moda, piel y accesorios de prêt-à-porter creada desde cero —la primera que el conglomerado desarrollaba desde Christian Lacroix en los ochenta—, convirtiéndose así en la única mujer de color al frente de una firma del grupo. Este último proyecto, que cerró en febrero de 2021 en plena pandemia, supuso su único tropiezo empresarial hasta la fecha, pero para entonces sus otras dos grandes líneas ya funcionaban a pleno rendimiento. Hoy Fenty Beauty está valorada en torno a los 2.800 millones de dólares y Savage x Fenty supera los 1.000. Fue esa diversificación —y no la música— la que llevó a Forbes a incluirla en agosto de 2021 en su lista de milmillonarios, con un patrimonio neto estimado de 1.700 millones de dólares; desde 2023 su fortuna se mueve en torno a los 1.400. Durante un tiempo fue la cantante más rica del planeta, hasta que Taylor Swift le arrebató el título.

A ese viraje empresarial se sumó otro más íntimo. En una charla que mantuvo en 2019 con Interview afirmó que había empezado a darse cuenta de que “necesitaba reservar tiempo para mí, porque de eso depende tu salud mental. Si no eres feliz, no vas a serlo ni siquiera haciendo cosas que te encantan”, una reflexión que la llevó a incorporar a su agenda algo inédito hasta entonces, “la famosa P”, o lo que es lo mismo, días personales. Ese cambio de mentalidad no tardó en traducirse en planes concretos. En marzo de 2020, en la edición británica de Vogue, verbalizó su deseo de tener “tres o cuatro hijos”, incluso sin dar con la pareja adecuada. Finalmente, la encontró. Desde que el rapero A$AP Rocky hiciera pública su relación en mayo de 2021 en GQ, ambos han sido padres de RZA Athelston (mayo de 2022), Riot Rose (agosto de 2023) y Rocki Irish Mayers (septiembre de 2025). Y, al parecer, como ella misma ya había adelantado, estarían planeando un cuarto. Sus prioridades, en definitiva, son otras. Donde antes encadenaba estudios y giras, ahora reparte el tiempo entre pañales y consejos de administración.

Con los negocios en marcha y la vida personal reordenada, queda el último frente pendiente: la música. Más allá de apariciones puntuales —el intermedio del Super Bowl y la interpretación de Lift Me Up en los Oscar, ambos en 2023, o el concierto privado que ofreció un año después en la preboda de Anant Ambani, hijo del magnate indio Mukesh Ambani, por el que cobró seis millones de dólares—, no hay rastro de un álbum a la vista. La espera del sucesor de Anti, su noveno trabajo, ha ido agotando la paciencia de sus seguidores. Sobre todo porque la propia Rihanna ha lanzado mensajes contradictorios y, a estas alturas, nadie sabe muy bien en qué punto se encuentra.

En 2018 Vogue deslizó que planeaba grabar un disco de reggae y, al año siguiente, en el mismo medio, matizaba que “no va a ser lo típico que se entiende por reggae”. En 2020 rechazaba cualquier corsé: “No quiero que mis álbumes se sientan como conceptos cerrados. No hay reglas. No hay formato. Solo hay buena música, y si la siento, la publico”. Poco después, el debate dejó de girar en torno a la sonoridad y pasó a la exigencia. En repetidas ocasiones ha admitido que Anti sigue siendo la obra de la que se siente más orgullosa y que si lo nuevo no está a la altura “entonces ni siquiera merece la pena sacarlo”. En 2024 admitía que estaba “empezando de cero”, revisando antiguas maquetas “con oídos nuevos”, y ya en 2025 aseguraba haber descifrado por fin qué quiere hacer, sin etiquetas ni estilos prefijados, desmintiendo por primera vez el supuesto giro al reggae y avanzando que “no será lo que nadie espera”, tampoco “comercial o fácil de digerir para la radio”.

Por primera vez en su carrera, el reloj no corre en su contra. Puede que se marque un Beyoncé y lo publique sin previo aviso. O que, como Bruno Mars, reserve la cifra redonda de los diez años para su regreso. Ahora el compás lo dicta ella.

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