Marisol Donis, criminóloga: “Los manicomios fueron herramientas de confinamiento y control social de las mujeres”
La escritora rescata en un libro la historia de las que acabaron encerradas en psiquiátricos por transgredir los roles de género de hace un siglo

A Luisa la encerraron en un manicomio por soñar con querubines. A Juana la ingresaron para arrebatarle su patrimonio. A Julia la confinaron por mostrarse irritable, enérgica y tener comportamientos impulsivos. Carmen estuvo recluida, a petición de su marido, pese a no tener ningún síntoma. La pintora Leonora Carrington acabó también en un sanatorio mental, por orden de su padre, después de iniciar una relación con un pintor casado mayor que ella.
¿Los diagnósticos? Locura genital. Psicosis melancólica. Perturbación mental. Depresión postparto. Eran locas, enajenadas, histéricas todas, cuenta Marisol Donis, farmacéutica y criminóloga, en su nuevo libro Mujeres grises sobre fondo negro (Al Revés). En esas páginas, la autora retrata cómo, durante los siglos XIX y principios del XX, se usaron los manicomios como una herramienta de opresión para encerrar, someter y callar a mujeres que no cumplían las expectativas sociales y culturales de la época.
Donis, que atiende a EL PAÍS por videoconferencia desde Vigo, donde reside, cuenta que el origen de este libro está en la exposición Voces Olvidadas, sobre mujeres ingresadas en el psiquiátrico de Conxo de Santiago de Compostela. “Había cartas manuscritas de mujeres que pedían que las sacasen de ahí. Cartas que nunca llegaron a sus destinatarios. Las ingresaban sin estar locas, simplemente al primer acto de rebeldía de una mujer joven. Me quedé en shock, no pensaba que pudiera ser tan fácil ingresar a una mujer que no tenía nada. Pero era fácil porque el que mandaba era el padre o el marido”, relata la autora.
Por fumar, por beber, por estar “chocantemente alegres”. Por tener “conversaciones cínicas e insensatas”. Por ser “raras” o “caprichosas”. Por leer. Cualquier excusa valía para encerrarlas, describe Donis en el libro: “El diagnóstico inicial de todas es histeria. Los manicomios eran herramientas de confinamiento y control social”. Muchas estaban sanas y perfectamente cuerdas, pero habían transgredido los roles de género establecidos. Y la directriz era “enderezar a todas las mujeres y apartarlas de la vida pública”, sopesa la autora.
Donis ilustra el modus operandi de la época a través de historias con nombre y apellidos. Mujeres muy distintas. Algunas famosas, como Carrington o Emily Dickinson; pero también anónimas, como la joven a la que su familia quería ingresar en Conxo tras llevar “una vida libertina”. “Esto pasaba en todas las clases sociales. Iban a por ellas, no tenían escapatoria ni las pobres ni las ricas”.
Cada una tenía una historia particular, pero todas convergían en un mismo patrón. “Querían quitárselas de encima”, resuelve Donis.
El encierro ya era terrible por sí solo, pero los tratamientos que le administraban, algunos de extrema violencia, doblegaban todavía más su voluntad. A una chica diagnosticada erróneamente con esquizofrenia la sometieron a electroshock, duchas frías, baños vaginales con agua hirviendo y hasta le programaron una lobotomía que, por fortuna, en el último minuto, se paró, relata Donis.
“Tanto para la histeria como para la locura mística, la manía o la locura puerperal, empezaron con los bromuros y los baños tibios. Y las atiborraban de inyecciones de cacodilatos, que es para combatir las anemias. El caso era martirizarlas”, lamenta la escritora. A la poeta Emily Dickinson, que se recluyó de forma voluntaria en su habitación, el médico llegó a prohibirle leer y pensar.
La herencia de todo aquel fenómeno de opresión social de las mujeres a través de encierros indiscriminados es compleja de digerir. Donis defiende que la etiqueta de locas e histéricas “sigue estando”. “Ahora, eso sí, la ley nos protege y no permite que te ingresen en un centro psiquiátrico sin motivo alguno. Pero yo creo que la gente sigue igual”, reflexiona. Salirse de la norma sigue siendo castigado con crítica social, asume.
Pero, aunque hay rémoras del pasado que persisten, las cosas han cambiado, defiende. Las mujeres, subraya, están más empoderadas que nunca, “saben lo que quieren” y ve poco probable que la historia se repita a esos niveles de represión y humillación que detalla en el libro: “Se ha avanzado mucho. Es muy difícil que haya una nueva herramienta de control social, y mucho menos, para silenciarlas. Ahora no las calla ni dios”.
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