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Laurence Joseph, psicoanalista: “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar y eso es algo raro en la sociedad actual”

La autora francesa publica ‘Nuestros silencios’, un ensayo en el que reflexiona sobre secretos, violencias y ‘omertá’

La psicóloga clínica y psicoanalista Laurence Joseph, en una imagen cedida por la editorial.Jean-Philippe BALTEL (© Jean-Philippe BALTEL)

Igual que hay muchos tipos de ruidos, hay también distintos tipos de silencios. Algunos pueden servir para proteger a la víctima o para encubrir al verdugo. Pueden enquistarse y hacerse bola cuando envuelven un vergonzoso secreto. Pueden ser silencios cómplices o una siniestra omertá. En la sociedad hiperconectada y ruidosa en la que vivimos, a veces el silencio se convierte en un bien de lujo. Cristales insonorizados, cascos con cancelación de ruido, retiros para meditar... Aunque el silencio puede ser también una especie de intemperie, un lugar inmenso y desprotegido para quien no tiene a nadie con quien hablar. De todo esto habla Laurence Joseph (Le Mans, 1980) en su libro Nuestros silencios, por qué callamos (Gatopardo, 2026).

Joseph trabaja con silencios. Es psicóloga clínica y psicoanalista y, como explica en su libro, solo ante el mutismo de su interlocutor puede una persona empezar a contarse. Se llama escucha silenciosa. Aprender a callar en provecho del otro, con el propósito de que pueda explorar y explotar su discurso. “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar, y eso es algo bastante raro en la sociedad actual”, explica la autora en videollamada desde su casa de París. Ella escribió este libro basándose en su experiencia de más de 20 años en consulta. Pero no es una simple recopilación de casos clínicos. Joseph recurre a la mitología, la literatura y la filosofía para trazar una cartografía de nuestros silencios individuales y colectivos.

La autora arranca explicando los silencios más duros e incómodos que ha vivido en su consulta. “He tenido muchos pacientes, especialmente niños, víctimas de incesto o violencia sexual, así que es evidente que hay un aspecto del silencio que rodea a niños, adolescentes y mujeres, que se debe a la imposibilidad de escucharlos”, reflexiona. Pero cree que algo está cambiando. Cita como prueba varios éxitos literarios recientes, especialmente El Consentimiento, donde la editora Vanessa Springora cuenta la relación que mantuvo a los 14 años con un escritor de 50, Gabriel Matzneff, y el silencio y hasta la connivencia social con un pederasta celebrado en el mundo de las letras hasta hace muy poco.

“Creo firmemente en el poder del ejemplo para permitir que las personas se expresen, la narrativa de la vergüenza hace posible que pasen cosas”, señala. “El hecho de que figuras públicas se pronuncien demuestra que estos testimonios se escuchan. Y esto tiene un efecto dominó. A través de estas historias mediáticas, descubrimos nuestro potencial para compartir nuestros secretos, para que nuestra relación con la vergüenza pueda cambiar. En este sentido, la historia del movimiento #MeToo es fascinante”.

Fue el filósofo francés Roland Barthes quien explicó que el silencio es neutral. Luego las personas lo manipulan a su manera para darle un significado, y a veces para convertirlo en algo político, explica la autora. “De esta forma el silencio no es una simple ausencia de sonido, no es una pausa pasiva, sino un acto cargado de significado”. Joseph considera que veníamos de años, décadas de silencio político. Y que denuncias como las de Springora han empezado a quebrarlo.

Procesos de reparación de las víctimas y persecución de los agresores, como el que en España se ha realizado con los abusos en el seno de la Iglesia católica, son otro ejemplo de este antiguo silencio que dejó de serlo. Hay un componente político innegable en todo ello. Hay un mutismo social que cobija muchos secretos individuales. Al pinchar la burbuja del primero, las historias van saliendo a flote una a una.

Pero Nuestros silencios no solo analiza la ausencia de palabras que rodea al trauma. Habla de la necesidad de silencio en un mundo especialmente ruidoso. Las redes sociales tienen un papel importante en todo esto. Ahora podemos tener una opinión sobre todo. Cada vez que sucede algo, nos animan a compartir nuestra opinión, a rebatir y discutir. Y esa actitud se ha extendido al resto de nuestras vidas, de modo que la gente no para de hablar y opinar sobre todo.

Se ha trasladado al mundo laboral, donde tenemos demasiadas reuniones. Se ha trasladado al ocio, donde tenemos millones de canales y plataformas de televisión. Y esto genera demasiado ruido, una sobrecarga de información que nuestros cerebros no están preparados para manejar.

La autora traza un arco generacional, pues los silencios cambian según la etapa vital en la que estemos. Para una madre, el silencio puede ser una bendición, un momento de paz y relax (bien lo sabe ella que tiene dos hijos adolescentes). Pero para una abuela suele estar asociado a una mayor soledad. “Pensé mucho en mi propia abuela, y en las personas mayores en general, mientras escribía el libro”, explica. “Imaginé cómo transcurría su jornada, tenía más de 90 años y vivía sola en casa. Si yo no la llamaba, no hablaba con nadie en todo el día. Y traté de imaginar cómo sería un día entero sin ruido. En el silencio absoluto de la soledad”.

Joseph habla mucho de hijos, abuelas y padres. El silencio, explica, es algo inherente a la familia. Hay secretos que existen con el propósito de proteger, que solo se cuentan en lo más íntimo de la tribu. “Y eso es lo interesante”, explica. “El secreto puede ser el núcleo ético de un grupo. La capacidad de guardar secretos sobre la muerte, la enfermedad, los orígenes o la sexualidad”.

La sexualidad también tiene un rol importante en el libro. “Entre los nombres secretos, hay uno que se impone siempre”, explica la autora, “el del amado o la amada”. La homosexualidad, las aventuras fuera del matrimonio, las castas, la diferencia de edad… “Algunos nombres resultan impronunciables durante un tiempo o para siempre. ¿Qué sucede con una aventura amorosa sin testigos? ¿Se vuelve más intensa o, por el contrario, se convierte antes en una quimera? ¿El secreto aviva las palabras susurradas en la intimidad?”.

También aquí tira de literatura para explicar su tesis. La protagonista de Pura pasión, de Annie Ernaux, acepta el silencio, el secretismo que rige su relación con un hombre casado, extranjero, más joven. Un hombre con quien nunca podrá conversar, dado que carecen de palabras en común: ella no habla su lengua ni él la suya; el cuerpo es su único diccionario.

“Toda la infelicidad de los hombres se debe a una sola cosa: la incapacidad de permanecer en silencio a solas en una habitación”. La frase la dijo el matemático y filósofo Blaise Pascal y la recupera Joseph en su libro. Es buena. “Sí, pero el problema de Pascal es que olvida la importancia de los demás”, matiza la autora. “Esta idea del silencio en una habitación me recuerda a Virginia Woolf, a Una habitación propia. De hecho, lo interesante es que Pascal, aquí, se inclina por la oración, la fe, la meditación, tiene una visión más masculina. Virginia Woolf parte de otro lugar, ve los momentos de soledad como una bendición, quizá porque las mujeres tenemos acceso a ella más tarde en la vida”.

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