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El tabú del aborto espontáneo: “Como es una pérdida que no se ve, no se valora”

Las pérdidas gestacionales son frecuentes, se dan en un 20% de los embarazos, pero muchas veces son silenciadas o banalizadas

Aborto espontáneo

Un espeso velo de silencio cubre casi todo lo que tiene que ver con los abortos espontáneos. Son situaciones relativamente frecuentes, suceden en un 15% o un 20% de los embarazos, pero se viven en soledad, sin hablarlo en voz alta. Sobre todo, las pérdidas gestacionales tempranas, que son esas que ocurren en las primeras semanas de embarazo y que acostumbran a guardarse en casa, de puertas adentro. Ese mutismo que lo impregna todo, cuentan los expertos consultados, dificulta el proceso de duelo y abona un camino hacia la desinformación, la banalización y las supersticiones, como que lo ocurrido fue cosa de “mala suerte” o “del destino”.

Pero no, el aborto espontáneo no es una mera cuestión de azar o fortuna. Hay ciencia detrás. Y explicaciones, causas, factores que influyen. Aunque no siempre se lleguen a conocer con precisión. “Un aborto no pasa porque sí. Otra cosa es que no siempre se planteen estudios diagnósticos para saber el motivo. Y de ahí salen mitos e ideas preconcebidas”, apunta Cristina Trilla, jefa de la Unidad Funcional de Pérdidas Reproductivas del Hospital Sant Pau de Barcelona. Se estima que cada año se producen 23 millones de abortos espontáneos en todo el mundo, lo que equivale a 44 pérdidas de embarazo por minuto, recuerda un estudio publicado en The Lancet en 2021.

Virginia de Vega tuvo cuatro, todos en el primer trimestre de embarazo. “Me sentía superfracasada como mujer. Me preguntaba: ¿Qué está mal en mí que no consigo mantener a mis hijos con vida?”, cuenta esta enfermera de 38 años. Su historia es un espejo de todo lo que pasa —y lo que no pasa— cuando una mujer se enfrenta a una pérdida gestacional temprana: la culpa, el sesgo de género que persiste en la atención médica, el desconocimiento y la banalización que empaña la respuesta social o el silencio avasallador alrededor.

De Vega relata, por ejemplo, que, tras un primer aborto complicado, en su baja laboral, la médica escribió “trastorno de histeria”, un concepto médico desterrado desde hace años. Y cuando contó a su entorno que había sufrido una pérdida, brotaron también los lugares comunes por respuesta: “Me decían que eso le pasaba a muchas, que no me preocupara o que casi mejor ahora que en el parto. Pero todo eso solo invalidaba mis sentimientos”. Se sintió sola e incomprendida, dice: “La gente no le da importancia. Como es una pérdida que no se ve, no se valora. Se minimiza el dolor. Nadie nos considera madres”.

Diana Marre, antropóloga de la salud e investigadora del grupo AFIN de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), lleva años estudiando el abordaje de las pérdidas gestacionales. “La pérdida en el primer trimestre es invisible y silente en todos los sentidos. A diferencia de las que ocurren en el tercer trimestre, que han ido encontrando su lugar y visibilidad [hay protocolos de acompañamiento al duelo perinatal], alrededor de los abortos espontáneos más tempranos hay una profunda soledad”, lamenta. Ni siquiera se sabe con precisión, arguye, cuántos se producen. “Y si no hay datos, no hay visibilidad, ni recursos, ni políticas”.

No ayuda tampoco el imaginario colectivo que vira alrededor de estas situaciones. Una encuesta de opinión coordinada por la socióloga María José Rodríguez, de la Universidad de Alicante, y presentada recientemente en unas jornadas organizadas por la UAB, reveló que solo una de cada cuatro personas es capaz de identificar tres factores de riesgo de aborto espontáneo con base científica (la edad materna avanzada o el tabaquismo, por ejemplo). De hecho, el 17% de los encuestados atribuye estas pérdidas involuntarias a la “mala suerte” y el 6%, a que es cosa del “destino”.

La pérdida en el primer trimestre es invisible y silente en todos los sentidos. Hay una profunda soledad"
Diana Marre, antropóloga de la salud

“Esto lo interpretamos no tanto desde el pensamiento mágico de la sociedad, sino dentro del contexto de ‘esto es normal’. Se normaliza tanto [el aborto espontáneo], que eso puede ir en detrimento de la calidad de la atención: que sea normal no significa que no merezca ser estudiado y que las mujeres no necesiten apoyo”, conviene la investigadora.

De fondo, planea la falta de formación e información a toda la sociedad. “España ha sido muy eficaz en políticas anticonceptivas, pero no hemos tenido la misma actitud en la preservación de la fertilidad y estamos dejando tirada en la cuneta a mucha gente”, argumenta Marre. Y critica que no se proponen estudios adicionales para saber qué ha ocurrido hasta que la mujer no pasa por dos o más pérdidas tempranas.

Causas genéticas y factores de riesgo

La literatura científica calcula que, detrás del primer aborto, en el 60% de los casos hay causas genéticas esporádicas, como anomalías cromosómicas incompatibles con la vida. Pero cuando esas pérdidas se repiten, anota Trilla, puede haber detrás una retahíla de variables que estén jugando un papel, como “malformaciones uterinas, trombofilias adquiridas, alteraciones hormonales, problemas inmunológicos o alteraciones en el semen de la pareja”, entre otros, enumera. Lo complejo es identificar exactamente qué ocurrió para que ese aborto se produjese, admite la ginecóloga: “El proceso de embarazo es tan milagroso, tantos mecanismos se tienen que poner en marcha para la viabilidad de un embrión, que lo más probable es que no sea uno solo el que lo altere todo”.

Trilla asegura que, cuando se busca, en el 98% de los casos se encuentran causas o factores asociados, pero la interpretación de esos hallazgos es compleja: “Podemos encontrar cosas que tratar para abordar un futuro embarazo, pero yo no le puedo prometer a ninguna paciente al empezar a hacerle pruebas que voy a encontrar una causa o que la mejora de determinados factores resulte en un embarazo exitoso”, admite.

Juanjo Espinós, presidente de la Sociedad Española de Fertilidad, añade: “Cada embarazo es un hecho único y no necesariamente tiene que ver con una gestación pasada o futura. Nosotros podemos hacer cosas para que el embarazo vaya a mejor, pero hay factores que no controlamos”.

Hay diversas variables que juegan un rol fundamental en el mayor o menor riesgo de aborto. Por ejemplo, factores demográficos, como la edad de la gestante: a medida que cumple años, aumenta el riesgo de trisomía 16, una anomalía cromosómica que supone la causa más común de aborto. Un índice de masa corporal alto de la mujer o que el hombre tenga más de 40 años también son otros factores de riesgo descritos. Y fumar, el consumo de alcohol, el estrés o la ingesta elevada de cafeína.

Algunos de estos factores no son baladí, sobre todo, teniendo en cuenta la radiografía demográfica actual, en la que las mujeres buscan ser madres cada vez más tarde y variables como la obesidad van en aumento. Espinós mira al contexto social para explicar también cómo ha cambiado la percepción de un aborto involuntario: “Hace 50 años, cuando había relativa abundancia de embarazos e hijos vivos, las pérdidas fetales no se consideraban tan importantes. Ahora, en un contexto de baja fertilidad y que solo se quiere tener uno o dos hijos, que se pierda una gestación adquiere mucha importancia”.

Trilla concuerda con que el impacto social de un aborto espontáneo es mayor ahora, pero incorpora en la ecuación el peso del sesgo de género para explicar el silencio y la invisibilidad de hoy: “El impacto personal y en la salud física y emocional de la mujer siempre fue grande. Pero antes, el aborto no importaba porque a los problemas de la mujer no se les daba importancia. Si los hombres fueran los que abortaran, seguro que ya se habrían hecho muchos más estudios sobre el tema. Hay un sesgo de género claro, pero ahora estamos en un momento de cambio y la sociedad nos pide más: más escucha, dar espacio, hacer estudios”.

Centinelas de la salud

Trilla defiende que este tema “se ha tratado como una nimiedad, pero tiene un impacto enorme”. De hecho, sostiene, los abortos de repetición “son centinelas de la salud de la mujer”. “Hablan de la salud cardiológica, endocrinológica, inmunológica… Y también del riesgo de depresión, ansiedad o suicidio”, expone. Los abortos recurrentes se han asociado, por ejemplo, con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y tromboembolismo venoso.

La ginecóloga del Sant Pau reivindica la necesidad de hablar e investigar más y de forma integral, sobre todo, en las causas y los mecanismos tras estos abortos espontáneos para ayudar a más mujeres. “Al haberlo normalizado, se invisibiliza el duelo del primer aborto. No saber qué pasó en el primer embarazo crea mucha ansiedad. El hecho de tener una explicación ayuda en el proceso de duelo”, defiende Trilla.

Marta Gómez, de 38 años, pasó por tres abortos. Los tres en esas primeras 12 semanas de gestación: “Tras el segundo, a mí ya me parecía todo raro, pero me dijeron que hasta no tener tres no podían hacerme pruebas. Después del tercero, empecé en reproducción asistida y a mirarme todo y llegamos a saber la causa: tengo una translocación genética que hacía los embriones no viables”, cuenta. Saber el motivo le ayudó a procesar lo que estaba pasando y a ponerle remedio a través de las técnicas de reproducción asistida. Hace tres años dio a luz a su hijo, Álex.

Sabe de lo que habla cuando incide en la importancia de saber qué pasa. El año pasado, volvió a quedarse embarazada por reproducción asistida, pero, en la semana 21 de gestación, perdió a la niña que venía en camino. No sabe por qué.

Sobre el silencio que atraviesa el aborto espontáneo, Gómez cuenta que, cuando empezó a revelar a su entorno que había tenido una pérdida, testimonios parecidos empezaron a brotar a su alrededor. Su suegra y una amiga le contaron que también les había pasado. “Les dije: ¿Y esto por qué no nos lo contamos, señoras?”.

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