Las ciudades se alían para luchar contra las muertes por sobredosis: “Vemos un crecimiento muy fuerte de drogas sintéticas desde la pandemia”
La proliferación de estupefacientes de síntesis, junto a los efectos económicos y sociales heredados de la covid-19, fuerzan a municipios a tomar medidas


Las calles son cuestas imposibles regadas de basura y vacías de humanos en esta barriada de Río de Janeiro. Hay carteles que anuncian duchas a 15 reales y marañas de cables al aire que electrifican infraviviendas renegridas. Aquí abrió sus puertas el centro Carolina María de Jesús para atender casos de sobredosis por estupefacientes hace un par de años. “Estamos en medio de una guerra contra las drogas”, sostiene Hugo Fagundes, director general de Salud Mental de la alcaldía de Río, durante una visita al centro. “Con la pandemia, muchos perdieron su trabajo y aumentó el número de personas que vive en la calle. Ciudades como Río se han convertido en un imán”.
En la sala de espera, decenas de hombres y mujeres esperan a ser atendidos con la mirada fija en la tele. No hablan y apenas se escucha el zumbido de los ventiladores. En el sótano, un grupo de usuarios juega al futbolín con la música a toda pastilla. Aquí reciben atención médica, pero también acompañamiento psicosocial. Por este centro han pasado 5.000 personas, la mayoría hombres jóvenes y en situación de calle. Son gente que a menudo llegan en plena crisis y que han perdido todo: trabajo, casa, amigos y familia. Como le pasó a Leonor, que cuenta que acabó en la calle después de que su hijo se enganchara al crack. Ahora trabaja de limpiadora en el centro y ha dejado la calle, pero su hijo sigue consumiendo.
“El crack, la cocaína y las drogas sintéticas son de fácil acceso para la población. Lo que vemos es un crecimiento muy fuerte de personas que utilizan drogas sintéticas desde la pandemia”, explica Daniel Soranz, secretario de Salud de la ciudad de Río, quien sospecha, sin embargo, que parte de ese crecimiento tiene que ver también con la mejora en la obtención de datos. Su Ayuntamiento ha mapeado la ciudad para identificar los puntos más vulnerables en los que instalar servicios sanitarios y psicosociales.
Río no es ninguna excepción. Las últimas cifras globales del informe mundial sobre drogas publicado en 2025 indican que al menos 600.000 personas murieron por consumo de drogas en 2023. Unos 316 millones de personas consumieron drogas en todo el mundo, “lo que representa un aumento que en los últimos 10 años ha superado el ritmo de crecimiento de la población”. El informe asegura que el mercado de las drogas sintéticas, que se pueden producir más cerca de donde se van a consumir, “se ha expandido con rapidez últimamente y no da señales de ralentización”. Recientemente, la OMS ha actualizado sus directrices para la prevención de sobredosis, recomendando el uso de antagonistas de opioides y el apoyo psicosocial como el que han puesto en marcha en Río. La OMS calcula que menos del 10% de las personas que sufren problemas de drogas tienen acceso a tratamientos.
Las muertes por sobredosis son prevenibles. El consumo de drogas es un problema de salud globalDaliah Heller, experta de Vital Strategies
“Las muertes por sobredosis son prevenibles. El consumo de drogas es un problema de salud global”, recuerda Daliah Heller, responsable del programa de prevención de sobredosis de Vital Strategies. Su organización, junto a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Bloomberg Philanthropies, reunió a principios de abril en Río a decenas de ciudades para compartir estrategias con el fin de combatir problemas de salud pública, entre ellas las muertes por sobredosis. Este diario fue invitado a participar en el encuentro. Además de Río, Buenos Aires, Bogotá, Milán, Helsinki o Atenas entre otras urbes trabajan con programas de detección de nuevas sustancias, en un mercado que cambia a un ritmo rápido, o tratan de ampliar el suministro de Naloxona, capaz de evitar muertes por sobredosis.
Obtener datos fiables de qué nuevas sustancias se están fabricando en los laboratorios y consumiendo es uno de los principales retos de las ciudades. Bogotá, por ejemplo, ha puesto en marcha un proyecto de “testeo de nuevas sustancias”, según explica Sofía Ríos, subdirectora de determinantes sociales de la salud del Ayuntamiento de la capital colombiana. Van a las comunidades, analizan sobras de los consumidores y les toman muestras de sangre. “Si la gente tiene sus dosis personal, le pedimos una muestra y la analizamos en el laboratorio”, con el objetivo de poder responder mejor a las intoxicaciones y evitar muertes.
“La pandemia produjo muchos problemas de salud mental y aumentó el consumo”, asegura Ríos, quien habla del tusi, una sustancia sintética que atrapa a los más jóvenes. “Está llegando a chicos de 10 a 17 años”. Según las cifras que manejan, si en 2024 registraron a 1.300 adolescentes que la consumían, en 2025 ya fueron 1.700. “No es algo puro, es una mal llamada innovación, que es más barata que la ketamina o la heroína y que se fabrica en laboratorios colombianos. La calidad de vida de las personas se deteriora muy rápido”. También ven mucho bazuco, la llamada cocaína de los pobres, muy asequible y a la que Ríos asegura que ahora también están accediendo las clases medias y altas.
Un problema global
Algo parecido sucede en Buenos Aires, donde Matías Kornetz, director general de políticas sociales en adicciones del Gobierno de la ciudad, explica que asisten a “un crecimiento progresivo” del uso de drogas. “Después de la pandemia, debido a la situación económica en el país, el consumo ha crecido, asociado a la ruptura de los lazos sociales”. Detalla que en Buenos Aires hay por lo menos 5.000 personas en situación de calle y el 80% están afectadas por el consumo. Kornetz es un antiguo usuario. Con 10 años, hijo de una familia con problemas psiquiátricos incapaz de atenderle, probó las drogas e inició un descenso en caída libre durante cinco años de policonsumo continuado. “La droga era para mí una forma de autodestrucción”. Cuando por fin accedió a un tratamiento del que salió limpio, decidido a ayudar a otros.
En muchos países del Sur Global, en especial los africanos, la pandemia golpeó con dureza porque los empleos informales se esfumaron de un día para otro, sin que hubiera una red pública que amortiguara el daño. A la vez, muchos países africanos sufren una urbanización acelerada, causada en parte por la emergencia climática, que hace que el campo no dé más de sí. Los nuevos urbanitas se van amontonando en las barriadas periféricas sin lograr un modo de vida sostenible. En las grandes urbes, la indigencia y el desamparo se han aliado con las drogas. “La economía no iba mal, pero entonces llegó la covid y la gente perdió muchos trabajos, sobre todo los informales. Muchas familias se desintegraron porque el cabeza de familia dejó de ganar dinero”, explica la doctora Irene Muchoki, del servicio de salud de Nairobi. En su ciudad se consume sobre todo heroína, cocaína, chrystal meth (metanfetamina) y rohypnol. Allí también el patrón está cambiando y aumenta el consumo de anfetaminas y productos relacionados fabricados en laboratorios clandestinos. “Es un fenómeno que no deja de crecer”, asegura Muchoki. La mitad de los consumidores tiene entre 10 y 19 años, según las estadísticas oficiales.
El de las muertes por sobredosis es un problema global. En el hemisferio norte se han registrado en los últimos años casos agudos como el de Estados Unidos con las muertes por fentanilo. En Europa, Atenas es una de las ciudades más afectadas, donde las drogas han corrido en paralelo a las crisis económicas. “En los primeros años de la crisis financiera apareció el thai, una especie de fentanilo, y perdimos a mucha gente”, recuerda Mario Atzemis, asesor del alcalde de Atenas. El propio Atzemis ha estado a punto de morir hasta dos veces por sobredosis y es un ferviente defensor de la aplicación de los antagonistas de opioides como la Naloxona. Su ciudad impulsó dos enmiendas legislativas, la última el año pasado, que han conseguido que ahora las familias o trabajadores sociales puedan tener acceso a Naloxona para poder aplicarla sin tener que esperar a que el paciente llegue al hospital, cuando es tal vez demasiado tarde. Atzemis asegura que su país ha registrado un incremento del 220% del consumo de estimulantes como la ketamina.
De vuelta en el centro de sobredosis de Río de Janeiro, sus responsables se esfuerzan en explicar que las políticas para rebajar las muertes han de ser inevitablemente integrales y abordar las condiciones de vida de las personas que están en la calle. Sobre todo, en ciudades como esta, donde, según Fagundes, solo hay dos estaciones: “el verano y el infierno”. “Nuestra sociedad es muy desigual. Tenemos masas de personas sin trabajo y sin posibilidad de una vida digna. Una persona no puede vivir periodos largos sin una casa, agua limpia, un váter. Es una llamada a las drogas, que producen efectos fugaces de bienestar”, sentencia Fagundes.
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