La encuesta a 4.000 delincuentes en Brasil que retrata a los peones y jefes de la droga en las favelas
Un sondeo, con entrevistas personales, indica que dos tercios dejarían el narco si tuvieran una renta alternativa legal. Un tercio lo concilia con un trabajo lícito


Entre los que se ganan la vida con la venta de drogas en las favelas de Brasil también hay quien de niño soñó con ser piloto de avión, astronauta, profesor o contador de historias… pero, como dicen aquí, tomaron el mal camino. Ahora, el gran anhelo de la mayoría es una casa propia y una fuente estable de ingresos al margen del crimen. Y también, un coche (o una moto) de lujo. Lo sabemos gracias a una encuesta muy fuera de lo común: basada en entrevistas cara a cara con 3.954 delincuentes en barriadas de casi todo el país. Radiografía de la vida real, un proyecto impulsado desde la sociedad civil, es el retrato detallado de los hombres y mujeres que operan la cadena del narcomenudeo en Brasil. Traza el perfil y los anhelos de ese enemigo abstracto al que la mayoría de sus compatriotas solo conoce por operaciones policiales brutales, como la de octubre en Río de Janeiro.
Los encuestados abarcan desde los dueños de los puntos de venta o sus contables hasta los que colocan la marihuana, la coca o el crack en paquetitos para vender. También los tipos armados con fusiles que protegen a los jefes e impiden que la policía entre a los vecindarios convertidos en guaridas. O los ojeadores, siempre atentos a las fuerzas de seguridad y las bandas rivales.
“Nuestra expectativa no es resolver la delincuencia, es poner datos en el mercado, entender quiénes son esas personas, en qué creen… Son ellos hablando sobre sí mismos”, explica al teléfono Cleo Santana, directora ejecutiva de Data Favela, el brazo demoscópico de la Central Única das Favelas (CUFA), una organización que trabaja por la inclusión mediante acciones sociales, deportivas, emprendimiento… Su campo de acción, las favelas, hogar de 16 millones de brasileños.
Ninguna sorpresa en el perfil: hombres (79%), negros o mestizos (74%) y pobres (para un tercio lo mejor del colegio era recibir un almuerzo). El 42% no acabó la enseñanza básica.
Más llamativas resultan algunas conclusiones que resalta Santana: el motivo que más citan para entrar en el universo del crimen es “la necesidad económica” (una minoría, para ser admirados). Un tercio concilia la venta de drogas con un trabajo legal. El 58% lo dejaría si tuvieran garantizada una renta para mantener a su familia. Y eso se traduce en el sueño de abrir su propio negocio para trabajar sin tener a la policía pisándoles los talones, lograr un empleo estable… Algún entrevistado confiesa que no lo deja porque teme por su vida. El 84% dice que no permitiría a sus hijos emprender una carrera criminal.
Entre las curiosidades, el testimonio de una mujer de 50 años: “Mi hijo traficaba, cuando entró en la cárcel heredé su punto de venta”. Las mujeres (el 20% de los entrevistados) se han ido incorporando al negocio; casi siempre en tareas auxiliares y, por eso, peor pagadas.

Para los autores del estudio, los entrevistados delinean un camino para resolver el problema de la delincuencia: impulsar el trabajo, la empleabilidad, el emprendimiento y la renta. La Central Única das Favelas propone a las autoridades que “una posible estrategia sería un amplio programa público de empleo, trabajo y generación de renta que implique a la sociedad civil, a empresas”. Recalca la directora de Data Favela que no son soluciones a corto plazo, sino senderos a explorar.
¿Y cómo se consigue que 4.000 personas dedicadas a actividades ilegales atiendan a un encuestador con un sinfín de preguntas? El secreto del trabajo de Data Favela, de cómo llega a donde otros no alcanzan, es que los encuestadores son vecinos de esas mismas favelas, entrevistador y entrevistado se conocen.
La reputación de Data Favela está consolidada. El instituto oficial de estadística (el IBGE) les pidió ayuda para realizar el último censo, para radiografiar esos territorios periféricos desatendidos por las autoridades y hostiles a los foráneos. “Las personas que les impedían entrar [los grupos criminales que dominan los barrios] son el objeto de nuestra investigación, aceptan participar porque reconocen nuestro trabajo y los beneficios que trae a las favelas”, explica Marcus Athayde, de la Cufa.

Santana añade el factor escucha: la oportunidad de hablar de sus vidas más allá de la delincuencia. Porque también sueñan con viajar, sobre todo a Río de Janeiro, pero también a Nueva York, a Francia, a las playas de Ceará, el Vaticano o Las Vegas. El 70% se declara religioso; la mitad apuesta por Internet, indica la encuesta.
Apunta Athayde que la cercanía es un seguro ante mentiras o exageraciones. “No puedes decir que ganas 50.000 reales si no es verdad porque tu vecino, tu colega, lo saben”. En esas calles laberínticas guardar un secreto es un milagro. La encuesta fue realizada entre agosto y septiembre, antes de la brutal operación policial que, en sintonía con el apaludido lema Bandido bom é bandido morto, acabó con 121 fallecidos en Río de Janeiro.
Radiografía de la vida real desmiente la manida promesa de que uno se hace rico con la venta de droga. Dos tercios ganan unos 3.000 reales al mes (500 euros), con lo que tampoco salen de las estrecheces. Aunque también hay una élite, un 2% gana más de 2.800 dólares mensuales. Muchos guardan el dinero en su casa o en las de allegados, lejos de las autoridades.
Otra sorpresa. La tesis de la familia desestructurada queda desmentida. Tres de cada cuatro se criaron con su madre, con su padre o con ambos. Abuelas y tías son miembros destacados en sus vidas.

Como más de la mitad tiene entre 13 y 26, es obvio que se incorporan al negocio a edades bien tempranas. Enfatiza la directora ejecutiva de Data Favela que los traficantes tientan a esa chavalería sin perspectivas de futuro con trabajillos poco arriesgados, a cambio de lo que, a esas edades y en familias muy necesitadas, supone un buen dinero. Poco a poco quedan atrapados en una vida que brinda respeto y un sentimiento de pertenencia, pero también mucho estrés, depresión, insomnio y, para un tercio, una o más temporadas en la cárcel. Y como a menudo viven y operan en territorios dominados por una banda, muchos viven presos en sus favelas porque salir para ir a la playa, al fútbol, supone un grave riesgo de cruzarse con rivales.
Sus hábitos —o sueños— de consumo difieren en poco del brasileño en general. La mayoría es fan del Flamengo o del Corinthians, escucha samba o pagode, sueña con tecnología Apple y Samsung, con un BMW, una moto Honda, y usa detergente Omo. Reflejo de lo jóvenes que son, su pasatiempo ideal es jugar al fútbol y su ídolo, Neymar. Y como esto es Brasil, hay una pregunta sobre su telenovela favorita: Vale tudo (Vale todo), un exitoso culebrón sobre la corrupción y falta de ética cuyo remake triunfó en 2025.
El material reunido en la encuesta era tan vasto que Athayde y su padre, Celso, fundador y jefe máximo de la Cufa, lo han aprovechado para escribir un libro titulado Humanos, toda una provocación que pretende que debate sobre seguridad ciudadana abarque también educación, renta, empleo, transporte público, desigualdad… Porque, enfatizan, tomar un camino u otro a menudo no es una elección moral, sino fruto de las oportunidades.
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