Persiguiendo a la malaria en la última aldea de Esuatini: “Seremos el primer país de África subsahariana declarado libre de la enfermedad”
La antigua Suazilandia apuesta por una estrategia regional, junto a sus vecinos Mozambique y Sudáfrica, para alejar esta dolencia, pero los movimientos de población, el cambio climático, los mosquitos ultrarresistentes y los recortes de fondos se lo pueden poner difícil


Una mujer con gesto abatido está sentada sobre una caja de madera, frente a la puerta de una casucha de ladrillos sin revocar y techo de hojalata, mientras su hija de 20 meses le busca el pecho, hambrienta y ajena al cansancio extremo de su madre, convertida en el primer caso de malaria en cuatro años en esta zona rural del norte de Esuatini. Patience, nombre ficticio elegido para este reportaje, su marido y la niña asisten, resignados, a un ajetreo inusual en torno a ellos.
Unas ocho personas del programa de vigilancia y prevención de la malaria del Ministerio de Salud de este pequeño país, situado entre Sudáfrica y Mozambique, se mueven con destreza en esta aldea donde la humedad y el calor se pegan a la piel. Pruebas de diagnóstico a toda la familia y a los vecinos en un radio de 500 metros, fumigación de casas y establos, poda de la vegetación para reducir las posibilidades de que haya mosquitos y distribución de información sobre qué hacer si alguien más presenta síntomas: el objetivo es prevenir un nuevo foco de casos en este país, que aspira a convertirse antes de 2030 en el primero del África subsahariana declarado libre de malaria.
“¿Es posible? Creo que sí. Pero es un reto, porque no depende tanto de lo que hagamos nosotros hoy aquí. Si esta zona se inunda o si hay un movimiento importante de personas desde Mozambique, los riesgos se multiplican“, estima Nomcebo Dlamini, responsable de este equipo de vigilancia de la malaria, señalando con la mano la porosa frontera con el país vecino, situada a poca distancia.
La malaria se previene y se cura, pero en 2024, la Organización Mundial de la Salud (OMS) registró unos 282 millones de casos en el mundo es decir, nueve millones más que el año anterior, y 600.000 muertes, un 95% de ellas en África. Esta cifra corresponde a 13,8 decesos por cada 100.000 habitantes, más del triple del objetivo marcado en la estrategia mundial contra el paludismo hasta 2030. En Esuatini, en 2025, se registraron 369 casos y cinco muertes, en una población total de 1,2 millones de habitantes, explica Zulisile Zulu, una de las responsables del Programa de control de la malaria del Gobierno.
Es un reto, porque no depende tanto de lo que hagamos nosotros hoy aquí. Si esta zona se inunda o si hay un movimiento importante de personas desde Mozambique, los riesgos se multiplicanNoncedo Dlamini, equipo de vigilancia de la malaria
—“¿Ha estado trabajando en los campos?“, preguntan los funcionarios del Gobierno a Patience, de 35 años, que hace cuatro o cinco días comenzó a sentirse muy mal, con fiebre, temblores, fortísimos dolores de cabeza y cansancio extremo.
—“No, solo hago trenzas en el cabello allá en la carretera”, responde la mujer, mientras su marido asiente, con aire apenado y señala en dirección a la ruta principal, que pasa a unos dos kilómetros, hasta la que se llega por caminos de tierra embarrados y con agua estancada por las lluvias de los últimos días, un hábitat perfecto para los Anopheles gambiae, el mosquito culpable de la transmisión de la malaria en esta zona.

Casos importados
Alrededor de esta pequeña aldea se derrama el verde intenso del corazón de África. Laderas, colinas, campos de maíz, alimento de base de las familias, extensas plantaciones de caña de azúcar y, diseminados y ocultos entre la espesura, cultivos de marihuana o dagga, como la llaman en Esuatini.
Todos estos campos atraen mano de obra de Mozambique, que es más barata, pero que hace aumentar los riesgos sanitarios. En el país vecino se registran un 4% del total de casos mundiales de malaria y el número de enfermos superó los 12 millones en 2025. Zulu explica que un 40% de los infectados registrados en Esuatini vienen de Mozambique. Por ejemplo, en marzo de 2026 este pequeño reino africano contabilizó 55 casos, la mitad de ellos importados.
Los cultivos de marihuana son especialmente preocupantes en esta carrera hacia el objetivo de malaria cero. Quienes trabajan en ellos se mueven todo el tiempo para evitar ser detenidos y la mayoría, si presentan síntomas, aguardan días antes de acudir a un centro médico, por miedo a terminar detenidos. En algunos casos, la enfermedad ya ha avanzado mucho y han podido contagiar a otras personas porque el paludismo se puede transmitir si un mosquito ya infectado pica a otra persona.
“No podemos ir nosotros hasta estos cultivos ilegales, así que damos cita a las personas en otro punto. Allá les hacemos la prueba, les damos insecticida y redes para que se protejan porque duermen a la intemperie y por la noche los mosquitos están especialmente activos”, explica Dlamini.
El ministro de Salud de Esuatini, Mduduzi Matsebula, admite, en una conversación con este periódico, el desafío que supone prevenir el paludismo entre las personas que entran irregularmente a Esuatini y trabajan en los cultivos de dagga. “No podemos llegar hasta ellas, en parte por las actividades que realizan, pero trabajamos con los líderes comunitarios para que nos ayuden a conseguir ese acceso”, explica. Sin embargo, el responsable celebra los frutos obtenidos por el equipo de prevención de la malaria, yendo hasta el último pueblo del país, en zonas recónditas y prácticamente puerta por puerta haciendo pruebas, fumigando e informando.

Acción regional y recortes de fondos
“Todo indica que seremos el primer país de África subsahariana en ser declarado libre de malaria. Es un objetivo factible, sobre todo porque estamos trabajando para ello regionalmente, actuando juntos en la frontera”, agrega, optimista, el ministro. Matsebula se refiere a la iniciativa llamada Mosaswa, en marcha en Mozambique, Sudáfrica y Esuatini para coordinar políticas y compartir información estratégica con el fin de eliminar el paludismo, que cuenta con el apoyo financiero del Fondo Mundial, de la Fundación Gates y de iniciativas público-privadas como Goodbye Malaria.
La OMS considera que un país está libre de malaria cuando la cadena de transmisión local se interrumpe durante al menos tres años consecutivos y el sistema de vigilancia y respuesta establecido impide que esa transmisión se restablezca. Hasta ahora la ONU ha certificado que nueve países africanos han dejado atrás el paludismo. De ellos, solo Lesoto está en el África subsahariana, pero el Estado se libró de la dolencia sin tomar medidas específicas.
La actuación conjunta de estos tres países ha logrado, por ejemplo, que en Mozambique, los casos de malaria se reduzcan en un 75% entre 2018 y 2021 en la zona sur, donde funciona Mosaswa, según cifras del Fondo Mundial.
Es un objetivo factible, sobre todo porque estamos trabajando para ello regionalmente, actuando juntos en la fronteraMduduzi Matsebula, ministro de Salud
“El Gobierno de Esuatini está muy implicado y creo que su objetivo de tener cero casos de malaria es factible. Es un Estado pequeño, las cifras son buenas y está el respaldo de la estrategia regional”, dice a este periódico en Mbabane, capital del país, Mark Edington, director de gestión de subvenciones del Fondo Mundial, organismo multilateral que financia una parte importante del programa de prevención y tratamiento del paludismo en este país.
“Pero no será sencillo porque hay que ir prácticamente a la caza de cada caso y eso lleva mucho tiempo y exige recursos para cortar de cuajo la transmisión”, matiza el responsable.
Por esa razón, en Esuatini y también en los pasillos de instituciones como la OMS y el Fondo Mundial, el impacto de los recortes de fondos en la batalla contra la malaria generan preocupación. “La reducción de la financiación internacional, la mayor resistencia de los mosquitos a los medicamentos y a los insecticidas, el crecimiento demográfico y los fenómenos meteorológicos extremos, hacen que la fotografía final no sea muy alentadora”, admite Edington.
Estados Unidos era el principal donante de fondos para la lucha mundial contra el paludismo pero desde enero de 2025, cuando comenzó el segundo mandato de Donald Trump, la financiación de la salud global por parte de Washington se ha reducido drásticamente o se ha replanteado, por ejemplo, en acuerdos bilaterales con ciertos países, por ejemplo Esuatini.
En el caso de la malaria, y según la OMS, esto ha supuesto que en algunos lugares se agoten las existencias de mosquiteras o de medicamentos y se retrasen las campañas de intervención.
En la región de Hhohho de Esuatini, Dlamini, del equipo de vigilancia de la malaria, explica que siguen pudiendo ir hasta zonas recónditas como la casa de Patience para “vigilar los casos y prevenir nuevos focos” gracias a la financiación del Fondo Mundial, pero admite que los recortes sí se han sentido por ejemplo en la formación de personal.

Supermosquitos
Los grandes avances científicos pueden gestarse en una pequeña habitación austera en la que reina un insoportable calor húmedo y en la que, encerrados en cajas cubiertas con mosquiteras revolotean miles de mosquitos Anopheles gambiae. Basta mirarlos intentando escapar de las redes para comenzar a sentir una cierta desazón.
“Es una colonia de mosquitos criados, expuestos a diferentes insecticidas e incluso liberados controladamente en algunos lugares para ver cómo se comportan”, explica Nombuso Bhembe, supervisora de este insectario, una especie de laboratorio de la malaria en el que se desarrollan nuevas herramientas de control del paludismo en Esuatini.
Porque desde hace unos 10 años, los mosquitos, en este país africano y en todo el mundo, se han hecho resistentes a muchos insecticidas y tratamientos antipalúdicos y a eso se suma que los cambios en las temperaturas y las precipitaciones alteran su hábitat y los patrones de transmisión.
La reducción de la financiación internacional, la mayor resistencia de los mosquitos a los medicamentos y a los insecticidas, el crecimiento demográfico y los fenómenos meteorológicos extremos, hacen que la fotografía final no sera muy alentadoraMark Edington, Fondo Mundial
“La temporada de malaria en Esuatini es cada vez más larga. Antes iba de octubre a marzo, ahora se prolonga hasta mayo”, confirma Dlamini, del programa de vigilancia, mientras sigue recorriendo la aldea en la que vive Patience, uno de los últimos casos de malaria en el país.
Esta experta y dos técnicos se dirigen a una casa situada a escasos 200 metros del hogar de la paciente. Proponen hacer una prueba de diagnóstico a cada persona y fumigar el hogar por precaución, aunque fue rociado con insecticida por los equipos del Gobierno hace menos de seis meses. Los padres saben que la vecina está enferma y terminan aceptando. Dlamini también les deja un folleto en el que se detalla cómo reducir los riesgos de malaria. “Vuka Vikela” (elimínala, en swazi) se lee en letras grandes. “Y para eso, esta es la única manera en esta fase final: pueblo por pueblo, casa por casa”, concluye Dlamini.
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