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Agricultura de resistencia en Filipinas ante la emergencia climática

El país asiático es uno de los más expuestos del planeta al azote del calentamiento global. Sus campesinos crean ingeniosas soluciones para minimizar el daño de tifones, sequías e inundaciones

El agricultor Teddy Cañete muestra en diciembre de 2025 el buen estado de su plantación de café, en la isla de Negros (Filipinas), tras el paso del tifón Tino.Rodrigo Santodomingo

Hace dos años, una terrible sequía provocada por El Niño se cebó especialmente con la isla de Negros, en el centro de Filipinas. Cosechas enteras se echaron a perder y cientos de campesinos tuvieron que recurrir a la ayuda alimentaria. La plantación de café de Teddy Cañete también sufrió los estragos de este fenómeno climático, pero mucho menos que otras explotaciones de la zona. “De 15.000 árboles, se me secaron solo unos 1.200”, rememora.

En noviembre de 2025, el tifón Kalmaegi, conocido localmente como Tino, descargó su furia en Negros. Murieron en toda la isla al menos 100 personas. Casas y cultivos volaron por los aires. De nuevo, la plantación de Cañete resultó relativamente poco damnificada. Tras hora y media de caminata bajo la lluvia por colinas de vegetación exuberante, este agricultor muestra orgulloso la salud imperante entre sus cafetos, que cultiva en una tierra comunitaria cedida por el Estado filipino a su comunidad, los bukidnon. “Mi padre era cazador y teníamos algunos cultivos de subsistencia. Cuando era pequeño, todo esto era mi zona de juegos”, explica abarcando con la mano un horizonte sin vallas ni cercados.

El secreto de Cañete para minimizar daños ante los caprichos de la naturaleza es bien sencillo. “Plantar otras especies para que el propio ecosistema proteja los cultivos”, resume. Tras unirse en 2020 a la Coalición de Café de la red de alimentación sostenible Slow Food, Cañete decidió amurallar su plantación con hileras de esbeltos árboles de bambú. Poco después, empezó a motearla con la frondosidad de cientos de árboles de mango indios.

Los primeros frenan el ímpetu del viento, mientras que los segundos evitan que el sol caiga sin descanso y a plomo cuando la sequía arrecia. Pero, en realidad, ambas especies dan sombra y sirven de escudo ante la fuerza de los tifones que azotan el archipiélago. Hay algo de épica en observar a Cañete palpando satisfecho el excelente estado de sus frutos y, de fondo, una red entrecruzada con troncos de bambú —algunos tronchados, pero casi todos enteros— a modo de muro vegetal. “Hicieron un buen trabajo”, afirma con una sonrisa.

Ante el agravamiento de la crisis climática, los más de 10 millones de agricultores filipinos están teniendo que ingeniárselas para dar con soluciones de resiliencia como la ideada por Cañete. Según el Informe Mundial de Riesgos, publicado anualmente por una alianza de entidades de ayuda al desarrollo, el país asiático es el más expuesto de todo el planeta a los desastres naturales. Y en el Índice de Riesgo Climático, a cargo de German Watch, Filipinas ocupa el séptimo lugar tras dos pequeños Estados caribeños, otros dos del Sahel africano, Papua Nueva Guinea y Nepal. Todo ello en un contexto de elevada fragilidad económica. Con salarios de poco más de un euro la hora, los campesinos del archipiélago cuentan con escaso margen frente a eventuales catástrofes.

Deberíamos hablar muchísimo más de nuestra inmensa vulnerabilidad climática y de cómo esto afecta a los agricultores
Javi Benítez, congresista

Por el momento, el cambio está surgiendo sobre todo desde abajo, de la imaginación y sabiduría del campesinado, de lo que los labriegos comparten entre ellos o aprenden por ahí. El congresista Javi Benítez sostiene que los políticos filipinos aún no ha tomado conciencia sobre la dimensión del problema. “Deberíamos hablar muchísimo más de nuestra inmensa vulnerabilidad climática y de cómo esto afecta a los agricultores”, admite en el marco de la feria de Slow Food que se celebró el pasado noviembre en Bacolod (capital de Negros).

Algunas iniciativas estatales sí están rompiendo esta tendencia a la inacción. Benítez cita como ejemplo el proyecto NOAH, que ha mapeado el territorio filipino para detectar probabilidades de desastre climático y mitigar sus efectos. Pero poco dice NOAH, prosigue Benítez, sobre el día a día del agricultor: “Saber mejor dónde plantar y cuáles son las prácticas más resistentes”.

Trabajo cooperativo

Todavía en fase de implementación, el proyecto Adaptando la agricultura filipina al cambio climático sí ataca el quid de la cuestión. Lo financia la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) de Naciones Unidas y, en mucha menor medida, el Gobierno filipino. El diseño y puesta en marcha corren a cargo del Fondo Verde del Clima, cuyo director para la región Asia-Pacífico, Hemant Mandal, señala por videoconferencia que se prevé “crear 1.500 grupos para que cada uno forme a 30 agricultores sobre tecnologías de agricultura climáticamente resiliente”.

A su vez, prosigue Mandal, se están seleccionando “cultivos prioritarios” para todo el país (arroz) y en cada región: maíz o mango en Cagayan (norte); piña o coco en Camarines (centro-norte). La idea es testar el rendimiento y la fortaleza de distintas variedades utilizando métodos variopintos: más intensivos o menos, tradicionales o novedosos, orgánicos o industriales, con métodos de riego únicos o alternos. Se trata de cabalgar a lomos del ensayo-error ante un panorama de alta incertidumbre. Y, con los resultados, ir elaborando repositorios con sugerencias escalables a otros lugares. El proyecto, detalla Mandal, avanza con la flexibilidad por bandera y otorgando protagonismo a la población local: “En el pasado se han tomado muchas decisiones centralizadas, sin tener en cuenta a las comunidades, que saben mejor que nadie lo que quieren”.

Enemigo de la química en los campos, el investigador y activista Chito Medina, que también acudió a la feria de Slow Food, apuesta por la agroecología como dique de contención contra la naturaleza desatada. Afirma que, aunque los tifones y otros fenómenos extremos son inherentes a la geografía filipina, “su virulencia ha aumentado en los últimos años”. En paralelo, también ha crecido la preocupación de los campesinos y su afán por ponerse manos a la obra para que potenciales catástrofes no lo sean tanto. “Llevo trabajando con pequeños agricultores desde los años ochenta, y en su discurso cada vez cobra mayor significado el concepto de resiliencia”, asegura.

En el pasado se han tomado muchas decisiones centralizadas, sin tener en cuenta a las comunidades, que saben mejor que nadie lo que quieren
Hemant Mandal, director para Asia-Pacífico del Fondo Verde del Clima

Tras años de reflexión empírica, Medina ha esquematizado lo que, a su juicio, han de ser los principales focos de acción. A destacar, que los que trabajan la tierra “repartan el riesgo” y “aumenten los cultivos de supervivencia” con alto valor calórico como la yuca, la batata o el plátano. La idea es que, ante un episodio especialmente destructivo, el agricultor siga pudiendo alimentarse y abasteciendo al mercado. “Si apuestas por la biodiversidad, ante una misma calamidad algunos cultivos van a destruirse, pero quizá otros no, de forma que aún tendrás algo que echarte a la boca y vender”.

Otra decisión clave, continúa Medina, atañe a las variedades elegidas: “En Filipinas tenemos 2.000 tipos diferentes de arroz. Algunos son más resistentes que otros a la sequía o las inundaciones”. En términos puramente financieros, Medina sugiere “reducir al máximo los costes de producción”, en especial evitando la tentación de usar fertilizantes y pesticidas químicos, que dopan las cosechas a costa de endeudar al agricultor. En este caso, no se trata tanto de una preferencia por lo orgánico, sino de ahuyentar el peligro de los números rojos. “El agricultor ha de poder ahorrar algo de dinero y tirar de él en caso de desastre”.

El último elemento de la receta que propone Medina es social. “Hemos de promover las redes de ayuda y el trabajo cooperativo, lo que en tagalo llamamos bayaniham. Se habla poco de esto, pero hace que los desafíos sean más soportables y los obstáculos más ligeros”. Ante la adversidad, aduce, mejor todos a una que cada uno por su cuenta.

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