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Tribuna

¿Por qué lo llaman civilización cuando quieren decir racismo?

Se instala un proyecto de exclusión que señala a los elementos inasimilables, a los inmigrantes pobres, que supuestamente amenazan la estabilidad interna de la civilización huésped, que es, por supuesto, superior

Eva Vázquez

En 1853 el francés Joseph Arthur de Gobineau publicó Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, el pilar intelectual del racismo moderno. En la primera frase de su libro dijo que “la caída de la civilización es el más destacado y, al mismo tiempo, el objeto más oscuro de todos los fenómenos históricos”. Él iba a explicarlo. Gobineau afirmó que la mezcla de razas había dado lugar a la degeneración inexorable de Occidente, uno de cuyos ejemplos más evidentes era la raza mediterránea; los germanos, por el contrario, se habían mantenido puros. Al ligar razas y civilizaciones, este autor dio un nuevo y terrible impulso a un tema con una trayectoria muy larga.

La palabra civilización nació en el mundo clásico. Es una categoría que los griegos se atribuían a sí mismos, por contraposición a los pueblos bárbaros de las estepas que habitaban las orillas del Mar Negro. Ya entonces denotaba la tensión entre el orgullo de tener una cultura superior y el miedo a su colapso. Luego, la desaparición del Imperio Romano, interpretada como su caída violenta ante los invasores bárbaros, se convirtió en una obsesión entre los pensadores cristianos. Nadie reflejó mejor esta visión en el mundo moderno que el británico Edward Gibbon a finales del siglo XVIII en su Historia del declive y caída del Imperio romano. La influencia del pensamiento de Gibbon ha llegado hasta nuestros días, incluso en la cultura popular. Isaac Asimov se inspiró en él para su famosa trilogía de Las Fundaciones.

La preocupación sobre la decadencia de la civilización está muy vigente en el panorama político contemporáneo. Un ejemplo reciente es su uso por parte de la administración de Donald Trump en el documento Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América del pasado mes de noviembre. Allí se afirma que Europa va camino de perder su civilización en las próximas dos décadas. Esta idea fue repetida por Marco Rubio en la última Conferencia de Seguridad de Múnich. Por su parte, Vladímir Putin presenta la guerra en Ucrania como una lucha necesaria para la preservación de la civilización eslava y ortodoxa frente a un Occidente corrupto.

Estas afirmaciones no vienen de la nada sino que encajan en una tradición de trabajos académicos producidos en los últimos cien años en los que, con alguna excepción notable, destacan los intelectuales de lengua inglesa, para quienes abordar el tema de la civilización, o más bien de la historia de las civilizaciones y sus crisis, parece ser el billete imprescindible para entrar en la categoría de pensadores excelsos. Por desgracia, llegar a tales cimas de conocimiento exige también hacer previsiones. El alemán Oswald Spengler, en su muy popular La decadencia de Occidente, señaló poco después de la Primera Guerra Mundial que el mundo occidental entraría en crisis en torno al año 2000. Vista en perspectiva, la audacia de Spengler resulta bastante inofensiva. En los 12 volúmenes de Un estudio de la Historia, publicados entre 1934 y 1961, el británico Arnold Toynbee analizó nada menos que las causas del auge y caída, súbita, de 26 civilizaciones. La sabiduría adquirida le permitió certificar a mediados de los años treinta la buena voluntad de las promesas de paz de Adolf Hitler, el gran bárbaro.

La vieja tensión entre la gloria actual y una ruina inminente sigue siendo hoy una constante en los trabajos de los historiadores. A Toynbee ya nadie le lee, pero quizás porque enlaza con un tema más de actualidad, sí que está más presente el trabajo del escocés Niall Ferguson, un apologeta de los imperios británico y americano, quien en su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto, expuso en 2011 las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y por qué está en peligro. Como no podía ser de otro modo, se apoyó en el ejemplo de la caída de Roma para aleccionar a Occidente sobre el riesgo letal e inminente de la inmigración masiva.

Pero la obra en esta tradición más influyente en la política mundial actual es la del politólogo norteamericano Samuel Huntington, quien en 1993 expuso su teoría del “conflicto de las civilizaciones”. En esta predijo que los grandes enfrentamientos del futuro serían entre aquellas, que según él son nueve, y sobre todo entre la de Occidente y la del mundo musulmán. No es de extrañar su popularidad entre las derechas xenófobas e islamófobas.

El futuro no está escrito, pero el pasado sí que lo está, y casa mal con los análisis de Huntington. Si miramos a los dos siglos previos, veremos que los conflictos más mortíferos y extensos no se dieron entre civilizaciones, sino dentro de ellas. En el siglo XIX, el más letal fue la guerra civil china o Taiping (1850-1864), seguido por las muy europeas guerras napoleónicas (1803-1815) y la norteamericana Guerra de Secesión (1861-1865). En el siglo XX, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue ante todo europea y cristiana. La Segunda (1937-1945) también tuvo lugar en el seno de Occidente, y en Oriente sobre todo entre Japón y China (¡murieron 22 millones de chinos!), dos países asiáticos.

Hablar de civilizaciones para analizar la historia o la política es muy problemático. De entrada, el significado de la palabra civilización ha cambiado y mucho a lo largo del tiempo. Solo en los últimos cien años y en Europa lo ha hecho de forma sustancial. A principios del siglo anterior, los europeos oprimían a las poblaciones de sus grandes imperios en nombre de su civilización superior. Y eran muy belicosos: los vencedores de la Primera Guerra Mundial dieron a sus soldados una medalla para conmemorar “La Gran Guerra por la Civilización”; una forma curiosa de llamar a una carnicería innecesaria que costó decenas de millones de muertos. Fue entonces, por cierto, cuando se creó la asignatura, que sigue enseñándose hoy, de Civilización Occidental en las universidades americanas. Por su parte, los nazis, para justificar su guerra genocida en el Este de Europa, dijeron estar defendiendo a la civilización occidental de la barbarie asiática, eslava, judía y bolchevique. Sin embargo, después de Auschwitz y del mundo colonial, hoy Europa, y no solo ella, identifica a la civilización con los valores de la Carta de las Naciones Unidas de 1945 y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Pero es que, además, desde el punto de vista intelectual, cuando se habla de civilización, se comete más a menudo que no el fraude de envolver las complejidades y contradicciones del pasado, el presente y los proyectos de futuro en un término extremadamente ambiguo que intercambia significados con otros ya de por sí discutibles como cultura, etnia, idioma, imperio, raza, religión, etcétera.

Esto ya es grave, pero su uso en la política, y en especial el supuesto choque de civilizaciones como clave de la historia, nos debería preocupar más, pues funciona como sustitución, presuntamente sofisticada, del viejo lenguaje racista. Es también un concepto que justifica la primacía de la fuerza sobre la razón, ya que esta no valdría para negociar con quienes son enemigos naturales y eternos. Esconde también un proyecto de exclusión, pues ofrece un marco interpretativo en apariencia neutral para señalar a los elementos inasimilables, a los inmigrantes pobres, que supuestamente ponen en peligro mortal la cohesión y la estabilidad interna de la civilización huésped, que es, por supuesto, superior. Por último, al hablar de un ocaso civilizacional inminente se azuzan los miedos de la gente, a la que se le ofrece como solución la protección de unas élites cada vez más depredadoras, cuya vocación real es controlar el destino de todo lo que consideran suyo, que suele ser todo.

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